Cuando el poderoso los practica

                                                                 

Marco Antonio Aguilar Cortés

La tortura, el terrorismo, el espionaje tienen sus elementos específicos y distintivos señalados por las leyes de cada país; y cada norma que tipifica estos delitos establece las hipótesis jurídicas y las consecuencias de derecho para quienes con sus actos u omisiones actualizan los supuestos preceptivos.

En Estados Unidos de América, como en México y en la mayoría de las naciones del mundo, se encuentran tipificados esos delitos y, sin embargo, cuando importantes funcionarios los cometen, esos ilícitos quedan impunes.

Casos recientes los ha venido dando a conocer el propio presidente Barack Obama, entre confundido, franco, ingenuo, cínico, dubitativo, pero siempre enredado.

La franqueza se da cuando Obama confiesa que: “Tras los atentados del 11-S, Estados Unidos torturó a gente… hicimos algunas cosas malas, torturamos a personas, la CIA se encargó de ello. Fue un error lo cometido, y no hay argumentos legales para justificarlo. Comprometimos nuestros valores básicos al torturar. Hicimos lo que tanto reprochamos a otros. Cruzamos la raya”.

Ejerce el cinismo, la duda, y la ingenuidad, cuando pretende justificar explicando, sin lograr ni el análisis claro ni el descargo razonado: “No podemos juzgar con dureza a quienes siendo verdaderos patriotas trabajan bajo presión fuerte y miedo generalizado, aunque hicieron cosas malas. Ojalá no las vuelvan a hacer en un futuro”.

Se nota más que confundido y enredado en el momento que expresa: “No se aplicará ningún castigo ni le pediré la renuncia a nadie”.

Por si fuese poco lo anterior, el presidente Obama reconoce el espionaje que la CIA efectuó en la Cámara de Senadores de Estados Unidos, y de manera especial a los congresistas encargados de investigar todas las torturas que se han hecho por instrucciones presidenciales, o con la aceptación del presidente.

Con antelación había admitido Obama que algunas agencias gringas espiaban a los presidentes de todo el mundo, incluyendo a sus amigos: Alemania, México, Gran Bretaña, Francia, Italia, Canadá, por sólo nombrar a algunos.

Y si hay confesión presidencial en la tortura, en el espionaje, por parte de Estados Unidos, muchos actos de autoridad de suma y extrema violencia emanados o solapados por ese gobierno son una de las causas del terrorismo en el mundo.

John Brennan, jefe de esa agencia de inteligencia, acaba de pedir disculpas públicamente a la senadora Dianne Feinstein, que preside la comisión espiada, por el fisgoneo cometido en su perjuicio y el de sus colegisladores. Y es que aquí ya hay una confronta entre poderes dentro de Estados Unidos y una violación flagrante a la Cuarta Enmienda, y ya no se trata de extranjeros, aunque sean presidentes. Al poderoso no hay quién lo enjuicie. El razonamiento estadunidense es claro, y falto de ética: sólo nosotros podemos cometer terrorismo, espionaje y tortura.