Despliegue de asombros ante un dios

Efraín Huerta

 

 

A Margarita Peña

A Salvador Amelio

 

 

Lo primero es el cielo. Después viene

el espléndido dios que todo lo atruena

con su nariz agujereada y sus miembros

comidos por el hambre de siglos.

 

El dios vivo y marcado, ungido

con cenizas y lágrimas en cada poro.

El dios traído a un templo a través de otros

templos y otras catedrales y otros misterios.

 

El dios puesto de pie, venerado,

herido de dolor y de miseria.

 

Oh dios de cielos y caminos, dios

de agua y furor, dios maldito de misericordia,

devóranos con tu boca sin labios

y tu dura palabra de serpientes heladas.

 

Oh sordo, ciego y luminoso dios,

enciende alguna vez el rostro del pueblo,

de este bosque sin dueño, propiedad

de todos y de nadie. Patria de espejos

y mediodías, patria embriagada de muerte.

 

Húndela, inúndala, oh dios sacado

del secreto, dios que miró abrirse

vientres mestizos y padeció la primera herradura.