Segundo Informe

Alfredo Ríos Camarena

El informe presidencial constituyó una de las reuniones de la liturgia cívica más importante, pues no sólo se trataba de informar el estado que guarda la nación, sino representaba la sólida unidad política en torno al enorme poder del presidente imperial; el desfile en el viejo Lincoln descapotable, resguardado por los marciales cadetes del Colegio Militar, la algarabía popular, el tradicional “besamanos” y la contestación a modo —y siempre laudatoria— del discurso presidencial, significaron toda una época que algunos recuerdan con nostalgia.

En este informe, el presidente ya ni siquiera aparece en la formalidad constitucional, y esto ha sido reprochado injustamente por la oposición perredista y panista, quizá porque no recuerden —o no quieran recordar— cuál fue el origen de la frívola y coyuntural reforma constitucional, que en vez de abrir una puerta de diálogo democrático entre el Congreso y el Ejecutivo, simplemente alejó ambas instancias federales, dejando un hueco que hoy lamentamos.

Recordemos cómo fue la reforma que se generó después de que el presidente Fox no pudo entregar el informe, ni subir al presídium de la Cámara de Diputados, permaneciendo en el dintel de la entrada, en una situación ridícula y lamentable; poco tiempo después, quien no podía tomar posesión como presidente era Felipe Calderón, y no hubo crisis constitucional gracias a la intervención de la fracción más minoritaria que tuvo el PRI en la Cámara de Diputados.

Estos acontecimientos provocaron que tanto el PRD como el PAN no quisieran la presencia del Ejecutivo en la apertura de las sesiones del Congreso; el PRD por considerarlo “ilegítimo” y el PAN para evitar que fuera vulnerada la figura presidencial.

Hoy se critica severamente al presidente, pero es absurdo, porque no fue su decisión cambiar la Constitución, sino de los mismos que actualmente formulan su justa crítica, pero no atribuible a este Ejecutivo federal; pues la realidad es que quien impulsó este cambio fue el expresidente Calderón, quien inventó —para sustituir el acto republicano de informar al Congreso— una reunión que le permitiera difundir su mensaje, misma reunión que esta vez utilizó el presidente Peña Nieto, que en su formato impactó, por haber sido flanqueado por los presidentes de las cámaras de Diputados y Senadores, militantes del partido que más fustigó al Ejecutivo, el PRD, con motivo de la reciente reforma energética; esta relación inteligente es un acto democrático que acredita una vez más la capacidad negociadora del presidente Peña Nieto y sus operadores.

Hacia el futuro se requiere una reforma que abra la posibilidad de que el Ejecutivo dialogue directamente con el Legislativo, y que las preguntas parlamentarias —que se incluyeron en la última reforma y que no sirven para nada— puedan ejercitarse de viva voz en el recinto del Congreso.

El discurso del presidente Peña Nieto no tuvo mayores novedades, sino, como era de esperarse, justificó y apoyó su política reformista haciendo algunos anuncios de importancia hacia el futuro, en los que destaca la construcción del nuevo aeropuerto internacional de la ciudad de México.

La retórica de esta alocución corresponde al desarrollo que no ha perdido ruta ni rumbo, sostenido, una y otra vez, por el Ejecutivo federal.

Así cambiamos la fiesta presidencial por un acto protocolario, en el que el secretario de Gobernación entrega el informe al presidente del Congreso, sin pena ni gloria, un acto desangelado y gris, donde las posiciones de los partidos se pierden por la falta de interés de la ciudadanía.