Rafael Luna Rosales

Una faceta poco conocida de Julio Cortázar es su afición al boxeo. Cuentos como “Torito” y “La noche de Mantequilla” son prueba de esta afición. Y es que para Cortázar, la escritura, el jazz y el box tienen un íntimo ritmo y una cadencia que los equipara, así como el importante papel que tiene en ellos la improvisación. Cuando era niño, en el patio de su casa de Banfield, vivió desde la naciente radio la naciente pelea del boxeo argentino entre Luis Ángel Firpo, el Toro Salvaje de las Pampas, y Jack Dempsey, en el Polo Grounds de Nueva York, en 1923. Hasta llegó a catalogarla como “uno de los acontecimientos más extraordinarios de este siglo”. De joven practicó su deporte por excelencia y la simbiosis tuvo sus primeros capítulos. “Leía todo lo que se publicaba sobre boxeo y escuchaba por radio las peleas más importantes. Desde luego, como vivía en una casa llena de mujeres, no había nadie dispuesto a llevarme a ver una pelea”. Cortázar estaba maravillado por la perfección de Ray Sugar Robinson, el descaro de Muhammad Ali, el baile del intocable Nicolino Locche y el impacto demoledor de Carlos Monzón.
No obstante que “Torito” es más un ejercicio estilístico en lunfardo, con un interesante trasfondo psicosocial, y que “La noche de Mantequilla” sea una historia de gángsters que se encuentran en la pelea de Mantequilla Nápoles contra Carlos Monzón en París, algo que se nota es que la afición de Cortázar por el pugilismo rebasa el punto de vista de un aficionado; el escritor sabía de box, sus exponentes, su técnica y el contexto social en el que se boxeaba, tanto en Buenos Aires como en París. Ahora presentamos el testimonio de esta afición, entresacada de una entrevista que concedió en Madrid a Antonio Trilla en Madrid en 1983:
El boxeo me interesó desde muy niño. En la Argentina, el boxeo es un deporte muy popular. Cuando yo era niño tuvimos un gran campeón de peso pesado, Luis Ángel Firpo, que tuvo una carrera espectacular. Él fue a pelear a Estados Unidos, y disputó el título mundial de peso pesado con el norteamericano Jack Dempsey, en 1923. Dempsey era un gran campeón y terminó venciendo a Firpo, pero después de que Firpo lo hubiera noqueado y de que el referee y el público ayudaran a Dempsey a levantarse. Técnicamente Firpo había ganado la pelea y Dempsey debió haber sido descalificado. Pero el combate siguió y finalmente, Dempsey le ganó a Firpo. Todo esto está contado en La vuelta al día. Yo tenía en ese momento nueve años y aquello fue como una tragedia nacional, porque en la Argentina se consideró un robo al país aquella pelea. No faltaron los que pedían romper las relaciones diplomáticas con Estados Unidos. Aquella pelea creo que definió mi pasión por el boxeo, porque yo quedé muy impresionado por lo de Firpo y empecé a interesarme por ese deporte que, en esos años, ocupaba mucho espacio en los periódicos. Leía todo lo que se publicaba sobre boxeo y escuchaba por radio las peleas más importantes. Desde luego, que, como vivía en una casa llena de mujeres no había nadie dispuesto a llevarme a ver una pelea.
“Torito”, el boxeador, es un personaje que recrea a Justo Suárez, un boxeador deslumbrante… Cuando yo era adolescente o quizás algo más adelante, la aparición en Argentina de Justo Suárez, el “Torito de Mataderos”, fue otra conmoción. Era un boxeador extraordinario… Suárez era brillante, espectacular y de una gran simpatía. Conectaba muy fácil con la gente. Y curiosamente, también terminó perdiendo al final en Estados Unidos, como está contado en Torito. Justo Suárez terminó de un modo trágico, abandonado por todos después de la derrota y murió tuberculoso en un hospital de provincia en Córdoba. Para mí, su muerte fue un acontecimiento importante. No me perdía una sola pelea suya. Un día, estando yo en París, en la época en que vivía todavía en la ciudad universitaria, recordé todo aquello y de golpe me senté a la máquina. En dos horas escribí el cuento, con datos muy precisos sobre sus combates, porque lo había seguido a lo largo de toda su carrera. Durante dos horas me sentí Justo Suárez y escribí como un boxeador.
Iba a ver boxeo al Luna Park con un libro bajo el brazo y era así. Era el joven esteta para el que el boxeo también era un espectáculo estético. En esa época yo miraba todo con un criterio exclusivamente estético, y lo veía como un fenómeno estético. Yo no lo veo violento ni cruel. A mí me parece un enfrentamiento muy honesto, muy noble. Me interesa el enfrentamiento de dos técnicas, de dos estilos, la habilidad de vencer siendo a veces, más débil. Casi siempre estuve del lado del más débil en el boxeo y muchas veces los vi vencer y es una maravilla. Por otra parte, lo que sucede es que no me interesan los deportes colectivos. Eso pareciera que va en contra de mi ideología, pero creo que no es así.
El futbol, por ejemplo, me es totalmente indiferente. Sé que decir esto, en boca de un argentino, es algo grave, capaz de desatar muchas iras… Pero me es tan indiferente como el rugby o el béisbol. Me gustan los deportes donde se enfrentan dos individuos, como sucede en el tenis o en el boxeo. Son dos destinos que se juegan el uno contra el otro. En el fútbol son once contra once, gana o pierde un equipo. La responsabilidad individual se diluye, todo se diluye; alguien pudo haber jugado muy bien o muy mal, pero nunca tiene la plena responsabilidad del triunfo o de la derrota. En el boxeo eso no es posible. Allí un hombre vence a otro. Gana porque es mejor o porque hizo mejor las cosas. Estéticamente es muy hermoso ver enfrentarse a dos grandes boxeadores. Contemplar sobre un ring, ver moverse a Sugar Ray Robinson, por ejemplo, es una maravilla. Por eso, nunca me gustaron los boxeadores sin talento.
En América Latina hay todavía una tendencia romántica a buscar metáforas que respondan a imágenes consideradas “nobles”. Yo desde muy joven sentí que debía desacralizar, quitarle a la literatura esa imagen “noble”; siempre pensé que había en la vida cotidiana elementos llenos de belleza, que era necesario incorporarlos a la literatura. Desde el comienzo hay en mis libros referencias del tipo que señalas. Un buen match de box puede ser tan hermoso como la metáfora más “noble”.
Me gustaba mucho Cassius Clay. Su descaro, sus bravuconadas, ese estilo de desafío permanente. Él decía que era “el más grande” y quizá lo haya sido. Lo que es seguro es que ha sido uno de los más grandes de la historia del boxeo. Y de la Argentina, admiré al “Intocable”, Nicolino Locche.
Carlos Monzón me gustaba mucho. Era un boxeador cerebral, que usaba la cabeza para pelear. Y era demoledor. De una finura cruel para boxear. La pelea con el italiano Benvenuti es inolvidable. Y también el combate con Boutier, que yo vi por televisión. A propósito, en los años veinte Ho Chi Minh era cronista de boxeo en París. En una ocasión, comentando para una revista francesa, un combate entre dos boxeadores norteamericanos, uno negro y otro blanco, él escribió un extraordinario alegato contra el racismo, desde luego sin utilizar ni una sola vez esa palabra… Recordé ahora ese alegato, porque cuando vi la transmisión de la pelea Boutier-Monzón me indignaron los comentarios racistas que hacía el relator.
El cuento La noche de Mantequilla es la historia de la pelea de Carlos Monzón y “Mantequilla” Nápoles en París, una pelea que me dejó un recuerdo muy especial. Así que cuando se me ocurrió la idea del cuento, que es una historia que tiene que ver con la política, la situé en aquella noche en el estadio.