Juan Antonio Rosado

Dijo el protagonista del Génesis: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, para que domine sobre los peces del mar, sobre las aves del firmamento, sobre las bestias de la tierra y sobre cuantos animales se mueven en ella”. Luego extrajo a la mujer de su costilla para que ella sea también dominada (mulier non est facta ad imaginem dei, es decir, la mujer no está hecha a imagen de Dios, sino del varón). Puede afirmarse que sólo se trata de un mito, pero justo allí radica su peligrosidad. Un mito es una narración expresada de forma simbólica que explica cómo y por qué existe una realidad; el mito le otorga sentido a la vida y siempre ha sido necesario para el ser humano. Sin embargo, el poderoso carácter vivificador del mito también manipula a las masas, las conduce a la acción, regula su conducta y las hace actuar de formas determinadas. Considerar la naturaleza como algo creado para servir al ser humano corresponde a una visión típicamente judeocristiana, ajena a las culturas prehispánicas o a las mal llamadas “paganas” (adjetivo que significa “campesino”, empleado despectivamente por los cristianos para designar a quienes le rendían culto al sol, a la luna, a los ríos, bosques o árboles).
Es verdad: el desarrollo cultural humano obedece en una gran medida a los mitos, ya porque se les sigue ciegamente, ya porque se disiente de ellos y se les cuestiona (siempre para crear otros o reciclar los viejos). ¿Cómo explicar en parte los desastres ecológicos que vive el planeta? La explicación inmediata y superficial está en los negocios de las grandes corporaciones, en la ambición desmesurada de los ricos, que siempre necesitan ser más ricos de lo que son. Sin embargo, ¿por qué se ha permitido desde hace casi dos mil años esta desmesura? Antes de nuestra era, lo sagrado rodeaba al ser humano, quien vivía la naturaleza. Había bosques sagrados, árboles y piedras sagrados. Talar un árbol sagrado era castigado con la muerte. Los primeros cristianos, tan antropocéntricos como la religión que los originó (un judaísmo mezclado con ideas platónicas, entre otros ingredientes), despojaron a la naturaleza de su carácter sacro: la hicieron profana, la profanaron en el sentido etimológico. En una flor veían al diablo, echaban agua bendita en los bosques para expulsar demonios, se burlaban de las creencias de los “paganos”, a quienes llamaron “idólatras”. Pan, dios de la naturaleza, fue convertido en la imagen misma del diablo. Lo más grave es que —con excepción de las sectas gnósticas— predicaron su fe con carácter universal, fuera de los círculos judíos. Una vez que masacraron a los paganos, se fueron contra los arrianos (igual de intolerantes) y contra otros “herejes”. Desde entonces, el hombre es rey de la creación: puede servirse de todo lo que le rodea a su antojo.
Ante los muchos desastres ocasionados por el rey de la creación, se ha inventado la ecología, que retoma el término logos, vinculado al razonamiento. En un ensayo contenido en el libro colectivo El árbol de la vida, el filósofo hindú Raimon Panikkar ha acuñado un nuevo concepto: ecosofía. No el razonamiento, sino la sabiduría: vivir la naturaleza y no fuera. Afirma Panikkar: “Conocer los lirios es más que situarlos en el espacio, o en el tiempo, o analizar sus funciones y sus partes. Conocer es más que clasificar y que ser capaces de predecir comportamientos”. No se trata de analizar y controlar la naturaleza. La ecología es por ello ineficaz y se ha convertido en otro negocio. En países como México, incluso no deja de ser un simple distractor verde para que los negociantes sigan acabando racionalmente con los recursos naturales. Sin duda, la ecosofía propuesta por Panikkar debería suscitar mayor reflexión, antes de que el planeta vuelva de otro modo al caos primigenio.