CIENCIA
Según estudios del Instituto Weizmann de Ciencias de Israel
René Anaya
Los edulcorantes artificiales, que en su momento se creyó eran una dulce solución para personas con niveles elevados de glucosa en sangre, podría ser lo contrario, un factor que contribuya a elevar el azúcar en sangre en personas con cierta predisposición a la obesidad y a la diabetes.
Según los resultados de un estudio realizado por investigadores del Instituto Weizmann de Ciencias, de Israel, la sacarina, el aspartame y la sucralosa son productos que pueden provocar en algunas personas intolerancia a la glucosa y alteraciones de su metabolismo que se relacionan con la obesidad.
Historia dulce con final ¿amargo?
De esta manera, los endulzantes artificiales que tienen una breve pero intensa historia en nuestra dieta, podrían empezar a desaparecer de ella. A principios de este siglo, la sacarina comenzó a emplearse como sustituto del azúcar para personas diabéticas, con resultados placenteros para quienes no deseaban privarse de los postres.
Pero en la década de 1970, cuando un estudio en ratones demostró que podía inducir el cáncer de vejiga, algunos grupos estadounidenses propusieron su prohibición. Sin embargo, médicos y organizaciones de diabéticos evitaron que se retirara del mercado, aunque se mantuvo la amenaza hasta 2001, año en que la sacarina fue declarada apta para el consumo humano.
Mientras la sacarina libraba esa batalla, otro edulcorante, el aspartame, descubierto en 1965, comenzó a comercializarse a principios de la década de 1980, con mejores resultados. En la siguiente década, la sucralosa, descubierta en 1976, llegó a los comercios de todo el mundo.
De estos tres edulcorantes, dos de ellos, el aspartame y la sucralosa, invadieron el mundo en este siglo. Según investigaciones estadounidenses, cerca de cuatro mil productos con edulcorantes artificiales fueron lanzados al mercado de Estados Unidos entre 2000 y 2005 y, en consecuencia, sus ventas crecieron hasta más de 200 millones de dólares al año.
En México no hay datos precisos al respecto, pero una visita rápida a supermercados puede corroborar el aumento de productos comerciales con edulcorantes artificiales, comenzando por los refrescos y continuando con galletas, mermeladas y otros productos que se anuncian como libres de azúcar.
En esas condiciones, la aparición del artículo “Artificial Sweeteners Induce Glucose Intolerance by Altering the Gut Microbiota” (“Edulcorantes artificiales inducen intolerancia a la glucosa por alteraciones de la flora intestinal”), el 17 de septiembre en la revista Nature, ha causado preocupación tanto a la comunidad médica como a los millones de consumidores, pero principalmente ha causado malestar en los fabricantes de esos productos, que podrían ver el amargo final de sus negocios.
Un amargo sabor de boca
Los investigadores del Instituto Weizmann de Ciencias, encabezados por Eran Elinav, del Departamento de Inmunología y Eran Segal, del Departamento de Matemáticas Aplicadas y Ciencias de la Computación, realizaron un estudio en ratones, que consistió en dividirlos en tres grupos, a uno le dieron agua mezclada con alguno de los tres edulcorantes (sacarina, aspartame y sucralosa), a otro grupo agua con azúcar y al tercero solamente agua.
Se encontró que los ratones que recibieron edulcorantes desarrollaron intolerancia a la glucosa (valores elevados de azúcar en sangre, pero menores a los de una diabetes tipo 2), pero no así los otros dos grupos de ratones que bebieron agua con azúcar.
Con estos resultados, supusieron que la flora bacteriana podría ser la responsable de la intolerancia. Para demostrarlo les dieron antibióticos que eliminan la flora bacteriana y, efectivamente, desapareció la intolerancia. En otro estudio, trasplantaron las heces de los ratones tratados con edulcorantes a ratones sanos, lo que causó la elevación de los niveles de azúcar en sangre de estos.
Por último, se analizó la flora intestinal de siete personas no consumidoras habituales de edulcorantes, se encontró que cuatro de ellas tenían una composición diferente a la de las otras tres. Posteriormente, se pidió a los siete voluntarios que tomaran 360 miligramos diarios de sacarina por una semana, que es la dosis máxima recomendada por la Agencia Estadounidense de Drogas y Alimentos. Se descubrió que las cuatro personas con la flora intestinal distinta presentaron intolerancia a la glucosa.
Eran Elinav ha señalado, como parte de sus conclusiones que es “especialmente interesante la relación entre el uso de edulcorantes artificiales, a través de las bacterias en nuestros intestinos, con una tendencia a desarrollar los mismos trastornos contra los que fueron diseñados, lo que exige una reevaluación del consumo masivo actual”.
Por lo tanto, es conveniente revisar los efectos de los edulcorantes en el organismo, ya que fueron evaluados hace varios años, cuando no se tenían los avances en epigenética, genómica y microbiota o flora intestinal con los que actualmente se cuenta.
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