Juan Antonio Rosado

Es célebre el impacto que Ignacio Ramírez, “El Nigromante”, uno de los más importantes intelectuales mexicanos, ocasionó en la Academia de Letrán cuando leyó en público la tesis que defendería a fin de ser aceptado: “No hay Dios; los seres de la naturaleza se sostienen por sí mismos”. Por desgracia, el desarrollo de esta postura se perdió, aunque nos queda un par de testimonios. El más importante o por lo menos el más citado es el de Hilarión Frías y Soto, quien afirma que Ramírez sostuvo la idea de que “la materia es indestructible, y por consiguiente eterna: en este sistema, podía suprimirse, por tanto, un Dios creador y conservador”. El discurso le valió a Ramírez la comparación con Voltaire: “El Voltaire mexicano”, pero este juicio es inexacto. El irónico Voltaire no fue ateo, sino deísta: a pesar de todo, creía en un dios.
Ignacio Ramírez, auténtico vanguardista y hombre lúcido como pocos en México, se adelantaba a muchos filósofos europeos de la segunda mitad del siglo XIX, y sólo tiene equivalentes aproximados en la ciencia actual y antes de nuestra era. En efecto, seis siglos antes de la era establecida por el tal Dionisus Exiguus, es decir, seiscientos años antes de nuestra era, surge en la India el jainismo, religión atea que considera el universo como algo increado y que las almas (ahora podríamos entender la energía) pueden adquirir distintas formas materiales (lo que se llama reencarnación o metempsicosis). Los jainas afirman que la creencia en una única verdad o en un dios nos vuelve intolerantes y soberbios; por ello, con su filosofía llamada Anekantebada, postulan que la verdad es relativa: hay muchas verdades y no una. Como ejemplo, hablan de varios ciegos que rodean a un elefante: para cada uno, cada parte del animal es algo que en realidad no es. Los jainas establecieron el vegetarianismo en la India y los más radicales aún caminan barriendo el piso para no aplastar ni a una hormiga. Tampoco pueden dedicarse a la agricultura, ya que matarían muchos bichos en el arado. Fueron los jainas quienes acuñaron el concepto de ahimsa (no violencia), y de ellos lo tomaría Gandhi en el siglo XX. También los jainas defendieron la filosofía Lokayata, un sistema de pensamiento materialista y ateo radical, surgido en India, y del cual poco se conserva, pues los textos lokayatas fueron destruidos por los brahmanes, tal y como siglos después los cristianos destruirían bibliotecas enteras, así como una de las obras más importantes de Porfirio (Suma contra los cristianos), la obra entera de Hipatia y casi el corpus completo de Safo, entre otros miles de libros; tal y como Diego de Landa y Zumárraga destruirían centenares de códices prehispánicos. Tal vez Ignacio Ramírez pueda identificarse más con los lokayatas que con los jainas, dado que estos últimos constituyen una religión, mientras que los primeros no, pero de Lokayata, como he dicho, casi no subsiste nada. Se sabe que para ellos, todo es materia.
Lo curioso es que en la actualidad, a más de cien años de Ignacio Ramírez y a dos mil seiscientos del nacimiento del jainismo, el científico Stephen Hawkins postula algo muy semejante: el universo es increado, no tiene principio ni fin, se sostiene por sí mismo y, por tanto, Dios no es necesario para explicarlo o justificarlo. Interesante coincidencia. En realidad, la palabra “dios” ha sido utilizada a lo largo de la historia como arma para atemorizar, manipular y matar, tal como lo señalan autores como Deschner o, más recientemente, Chsristopher Hitchens, en su libro Dios no es bueno. Sin embargo, Miguel de Unamuno también tiene razón: creer es querer creer, es decir, una cuestión del “corazón”, de la fe o de la necesidad o debilidad de cada quien. Lo vergonzoso a estas alturas es que persista la intolerancia y la propaganda religiosa, así como la discriminación contra ateos o agnósticos.