Juan Antonio Rosado

Hay autores, como Julio Cortázar y Juan José Arreola, que en algunos textos revelan cierta zona casi insospechada de la condición humana: el poder invisible, incomprensible e inconmensurable que subyace tras un infinito aparato burocrático o corporativo, tras un laberíntico sistema de jerarquización que nos conduce al sinsentido. Si es cierto que en ambos artistas existen coincidencias con Borges, es sobre todo Franz Kafka en quien hallamos las más profundas raíces. “El guardavías”, de Dickens, influye poco en “El Guardagujas”, de Arreola: sólo en la figura del hombre con la luz y en la referencia a los trenes. Pero Arreola nada tiene que ver con Dickens. Más bien hay una situación kafkiana, un manejo del humorismo absurdo e irónico, a veces próximo a la sátira, como lo haría luego Monterroso: una sátira con función crítica.
En este sentido, un recurso retórico muy común en Arreola y en Cortázar es la hipérbole para convertir al ser humano en ente atrapado por una circunstancia absurda. En el cuento de Arreola, se percibe un poder oculto que mueve todo sin que nadie se percate. Es clara la denuncia de un mundo deshumanizado, insertado en el culto a la técnica y a las jerarquías infinitas. Ya Martín Luis Guzmán lo había planteado en “Cómo acabó la guerra en 1917”: la tecnolatría vuelve loco al protagonista. En “El Guardagujas” leemos: “Se aspira a que un día se entreguen plenamente al azar, en manos de una empresa omnipotente, y que ya no les importe saber adónde van ni de dónde vienen”. El visitante posee una certeza: debe llegar a T, pero está atrapado. Sometido al poder invisible, el humano pierde su libertad (lo mismo que en Kafka). Es un poder poco claro. En El proceso o El Castillo, el protagonista no tiene un nombre claro. Hay despersonalización. En Arreola, al final, ¿a dónde va el hombre? A X… Una incógnita. Son situaciones en que la hipérbole diagnostica una realidad donde estamos sometidos a las grandes corporaciones y nada podemos hacer para cambiarlo. Todo es apariencia, simulación. Nadie se responsabiliza de nada y la compañía es omnipotente.
En “La autopista del sur”, de Cortázar, ocurre algo similar. Los personajes adquieren los nombres de sus coches: se cosifican. El embotellamiento es la enajenante vida actual; el escenario, un microcosmos de la sociedad; y la libertad, sólo apariencia. De nuevo, la tecnología y la civilización esclavizan. En Hombres y engranajes (1951), Ernesto Sabato había reflexionado sobre esto. Pero ¿por qué se produjo el embotellamiento en el cuento de Cortázar? No se sabe y nunca se sabrá. Abandonar el coche no es opción: el hombre es su coche. Sólo uno se va y ¿cómo lo tachan? Se dice que “huye”. Es desertor, pero a la vez el único que regresa a su condición humana (y lo hace a escondidas). También se organiza una sociedad dentro de los límites de la autopista y no sabemos cuánto tiempo transcurre. Se infiere que son meses porque el microcosmos es cada vez más complejo. En El ángel exterminador, de Luis Buñuel, pasa algo similar. Atrapadas en una habitación por una fuerza misteriosa, las personas nunca saben por qué, pero cada una saca su ser oculto: las relaciones se complejizan. En “Casa tomada”, de Cortázar, hay una situación similar. No obstante, en “La autopista…” se trata de un espacio abierto, lo cual es paradójico. Esta forma de alegorizar una sociedad mediante la construcción de un microcosmos existe en obras como “El matadero”, de Echeverría; La casa de Bernarda Alba, de García Lorca; La mordaza, de Alfonso Sastre, o Casa de campo, de Donoso. En “La autopista…” lo más desconcertante es la despersonalización. Es “absurdo” mas no inverosímil. Hay coherencia y causalidad: se sigue la lógica del mundo planteado, pero en el fondo, como en las obras mencionadas, es el mundo que hemos construido, donde nadie sabe quién o qué yace detrás de las cosas, ni a qué intereses obedecen: un mundo donde el hombre unidimensional, para evocar a Marcuse, podría morir por su coche.