Alejandro Alvarado
Con motivo del cincuenta aniversario de la Cámara de la Industria Editorial Mexicana se convocó en la Biblioteca José Vasconcelos a los editores de México. Porfirio Romo, editor de Lectorum y también escritor, en cuyo último libro A vuelo de página presenta un ensayo sobre el mercado editorial mexicano, en esta entrevista aborda el papel del editor y los diversos retos del libro-objeto y su posible destino.
—La lectura es fundamental para el desarrollo de un país y para que ésta se lleve a cabo es indispensable la labor de un editor. Gracias a los editores es posible que las obras lleguen a nuestras manos, se combata el analfabetismo y el espíritu del hombre se enriquezca por medio de las palabras; sin embargo, las bibliotecas están casi vacías, no hay un fomento a la lectura, por los muchos problemas que enfrentan las librerías, ni hay puntos de ventas para éstas; las nuevas tecnologías y el e-book amenazan la muerte del libro objeto.
—¿La edición de libros en computadora está acabando con el oficio de editor?
—Le facilita el trabajo. Las nuevas tecnologías llegaron para bien. Antes era muy penoso el armado de un libro. En la computadora el trabajo se realiza muy rápido. Gracias a las nuevas tecnologías un autor puede subir sus libros y autopublicarse. Podría pensarse que los editores salimos sobrando. Pero no es así: su papel no solamente consiste en hacer libros sino también en seleccionar. Un buen editor siempre será una garantía de calidad.
—¿Las editoriales pequeñas de qué manera compiten con las trasnacionales?
—Las trasnacionales han ido absorbiendo a las editoriales pequeñas. Además, aquéllas, no sólo son editoriales sino empresas de entretenimiento, que lo mismo venden películas o juegos de consolas. Las editoriales pequeñas mantienen todavía el vínculo con los autores, lo que les permite realizar un trabajo de selección más cuidadoso, más de saber quiénes son los autores que valen la pena de ser publicados. Las grandes editoriales no toman el riesgo de que estos nuevos autores pueden ser, y lo son muchas de las veces, de calidad, pero malos en cuanto a ventas; además, dentro de ellas se ha ido eliminando a los editores. Las decisiones más importantes que se toman no son a partir de los textos publicados, sino de los números generados. Son compañías a las que se les exige rentabilidad, y ésta es un agudo problema que necesitan resolver más allá de nuevas apuestas; por eso prefieren a los autores ya reconocidos, y empobrecen el panorama cultural de las librerías. El papel de las pequeñas editoriales es enriquecer este panorama. Tienen una importancia específica que va más allá de lo comercial.
—La piratería, ¿de qué manera perjudica el mundo editorial?
—Los libros de papel son fáciles de ser copiados y la piratería se apropia de los que tienen éxito. Para editar un libro de éxito se necesita publicar antes una veintena de títulos con ventas modestas. El pirata se roba no sólo los derechos de autor del que lo escribe, sino también los del editor, del librero y del distribuidor. A esta gente, que es la cadena del libro para que el autor llegue al lector, se la brinca en su beneficio el que reproduce libros ilegalmente o el que los fotocopia. La piratería afecta también el comercio del libro electrónico, y si éste no ha crecido es por causa de ella. En México y en Latinoamérica en general, las personas piensan que todo lo que se consigue en Internet es gratuito, buscan portales piratas que, a veces, lo hacen sin sacar ningún beneficio, sino como una especie de altruismo, entre comillas, y ponen a disposición novedades. El comercio del libro electrónico no puede prosperar en el país porque todos los editores temen poner a disposición sus libros y que al rato cualquiera los baje sin pagar, y se acabe su negocio.
—El gobierno ha intentado equilibrar el mercado editorial legislando con la Ley del Libro…
—La Ley del libro propone la unificación del precio, que debe definir al editor, para que se respete en todos los puntos de venta, procura que no haya esta orientación tan desigual de que en ciertos lugares se venden los libros a un mismo precio y en otros se venden más caros. Pero esto no se ha llevado a la práctica porque esta ley no implica ninguna sanción para el que la infringe.
—Actualmente, cada semana aparecen diferentes títulos en las mesas de novedades de las librerías: de temas políticos, de autoayuda, técnicos o bestsellers; ¿la ficción literaria más elaborada, los libros con mayor profundidad en su contenido, está relegándose?
—Sí. Existe una tendencia, obviamente económica, a exhibir los libros que se venden bien, frente a una inhibición de exhibir los libros duros, los cuales son más difíciles de comercializar. La cantidad de novedades que está publicándose tiene como búsqueda, evidentemente, el atraer a un público, sacarle provecho y el hacer de esto un negocio.
—Si se dice que el mexicano no lee, ¿a qué se debe, cree usted, que estén saturadas las librerías de tantas novedades?
—Hay una baja de la lectura. Nuestro rango de lectores es menor respecto a otros países. En Alemania se leen casi veinte libros per cápita; en México, el dato objetivo es que son menos de tres, y si quitamos los libros de texto, es uno. Esto hace que el mercado sea muy acotado, y que las novedades sean una fórmula comercial para hacerse atractivo a un público. Se han convertido en el catalizador de una dinámica que cada día se hace más fuerte y más compleja. Al sacar más novedades, el editor logra mayor ventaja sobre la competencia y, en consecuencia, los otros editores hacen lo mismo. Esta cantidad de novedades recorta de manera importante el periodo de exhibición de cada título nuevo. Es algo que difícilmente vamos a recortar porque cada editor lo hace por sobrevivencia propia.
—Las librerías, ¿cree usted que van a desparecer?
—Si no a desaparecer del todo, sí están reduciéndose de manera importante y se mantendrán en esta tendencia. En esta época, ser librero no es un negocio interesante. Los que nos dedicamos a la edición hemos encontrando que la mayor forma de salir adelante es llevando libros a sitios que no se dedican específicamente a su venta: a papelerías, a tiendas departamentales, lugares donde hay una notable afluencia de personas.
—Considerando todos estos fenómenos, ¿cuáles son los retos actuales de un editor?
—Gutenberg nos legó la letra impresa, la cual, en realidad, no está cambiando, lo que está cambiando son las formas de llegar a ella; ya no es por medio de una maquinaria y de un método mecánico, sino por un medio electrónico. El reto está en poder seguir siendo editores, continuar trabajando con la palabra, con la letra impresa. De alguna forma, es una suerte de impresión evolucionar con los dispositivos y la tinta electrónica. Es muy compleja la distribución de los libros, definir el tiro de una novedad, porque, quizás, el librero imprime una buena cantidad de ellos que coloca en librerías y se la devuelven toda; o la cantidad que imprime es demasiado corta y cuando va otra vez al mercado, éste ya se distrajo en otras novedades y perdió. Pero si los libros electrónicos en verdad estuvieran funcionando, todo eso no se perdería dado que, cualquier lector con acceso a Internet conseguiría cualquier libro sin enfrentarse a los problemas de la distancia. Pero es necesario que el libro no sea gratuito, que se pague por él. Creo que tardaremos todavía mucho tiempo en seguir imprimiendo libros de papel, según mi parecer, veinte o treinta años. En el futuro, los libros se convertirán en una curiosidad. Así es el mundo, así son los resultados del empuje de la tecnología, que va a terminar imponiéndose, si no con las cosas que hoy conocemos, sí será con las nuevas que de repente lleguen y nos ayuden a evolucionar de un golpe. Tengo la certeza de que, tarde o temprano, eso llegará. Después de todo, sí es más barato hacer libros electrónicos que libros de papel.
