Eve Gil
Pocos saben quién fue Lou Andreas Salomé, cosa que no deja de sorprenderme. Y eso que sus méritos no se restringen al hecho de haber sido una prolífica musa; inspirar, entre otras, las mejores obras de Friedrich Nietzsche y Rainer Maria Rilke, sin contar su injerencia en varias de las conjeturas de Sigmund Freud, hombre difícil de conmover donde los haya, que sin embargo quedó fascinado con ella y con su forma de asumir su vida. La propia Lou aportó una significativa obra novelística, ensayística y psicoanalítica, se me ocurre, un poco al estilo de una gran contemporánea nuestra, francesa pero rusa de origen: Julia Kristeva. Y sin embargo, y como suele suceder tratándose de tantas otras mujeres geniales, su presencia en la Historia escrita por los hombres es minimizada cuando no eclipsada. Rezagada, en el mejor de los casos, al ámbito de lo anecdótico, lo doméstico o lo terrenal en las biografías de los genios que la amaron.
Por eso se agradece que una autora amante de la indagación histórica con enfoque de género como María Elena Sarmiento, se haya consagrado a recrear la singular existencia de esta mujer, que representaba una anomalía en la época que le tocó vivir, finales del siglo XIX y principios, casi mediados, del XX, pues entre sus singularidades podemos citar su longevidad extraordinaria en tiempos en que el promedio de vida de una mujer era de cuarenta años: Lou vivió setenta y seis años. Esta es la primera novela que se escribe sobre Lou en plan protagónico, aunque existen dos antecedentes fílmicos: la reciente adaptación cinematográfica de la novela El día que Nietzsche lloró, de Irvin D. Yalom, donde, por supuesto, la culpable de esas lágrimas es una Lou Salomé retratada como vampiresa de gran escote, y otra del año 1977 que desconozco pero habría qué ver, dirigida por la gran directora italiana Liliana Cavani, titulada Más allá del bien y del mal. La Lou de Elena me parece mucho más verosímil que la mujercita bobalicona y danzarina del doctor Yalom, aunque también la Lou que nos ocupa es un personaje exultante de feminidad y sensualidad, características que, salta a la vista, Yalom no logró conciliar con aptitudes, digamos “masculinas” como la inteligencia, el talento, una gran capacidad para el trabajo intelectual y, ante todo, resolución y capacidad de decidir su propio destino, algo difícil de llevar a cabo hasta para un varón.
Aunque se trata de una exhaustiva y cuidadosa reconstrucción de la vida de Lou, desde su adolescencia hasta su muerte, hay que alabar el empeño de su autora por regalarnos una mujer de carne y hueso y no una acartonada mártir del feminismo, que es el riesgo que se corre al abordar personajes de estas características. Prácticamente cualquier lectora contemporánea, sin importar su edad, puede sentirse identificada con el personaje creado por María Elena Sarmiento. A los diecisiete años, en su natal San Petersburgo, Lou inicia su periplo en pos del conocimiento, y el lugar donde seguro lo encontrará es la biblioteca del pastor Gillot, el hombre más sabio de su comunidad, quien pone reparos a hacerse cargo de la educación de una muchachita. Lou se las ingenia para convencerlo y el santo hombre terminará perdidamente enamorado de la largirucha chica de diecisiete años, al grado de manifestarse resuelto a divorciarse de su esposa de varios años con tal de tenerla en cuerpo y alma. Lou corresponde a sus sentimientos, pero opta por poner tierra de por medio, no tanto por evitar un escándalo o resguardar el buen nombre de su familia. La principal motivación de Lou para no ceder al reclamo pasional del hombre maduro, es que se ha propuesto ser una mujer libre, y está convencida de que esa libertad exige un precio que está decidida a pagar: no involucrarse sexualmente con ningún varón, y eso implica no casarse jamás. Está convencida de que la vía más segura para dejar de pertenecerse es pertenecerle a alguien más, y durante muchos años mantendrá esa solemne promesa hecha a sí misma lo que, en efecto, le permite acceder al conocimiento sin distraerse en asuntos mundanos pero no le impedirá enamorarse “intelectualmente” de Friedrich Nietzsche, que a su vez se enamora de ella de una manera algo más que meramente intelectual, y le pide matrimonio. Él, que también había resuelto no casarse jamás por la desconfianza que le inspiraban las mujeres. Tras el rechazo de Lou, el afamado filósofo no volverá a involucrarse con alguna mujer y morirá soltero, aunque la sífilis que habrá de llevarlo a la tumba nos hace ver que su celibato no era tan radical como el de Lou. Quien la convence de cambiar de estado civil es el doctor Carl Friedrich Andreas, un erudito en culturas orientales, por el que también experimenta una fuerte atracción, también de tipo intelectual. Andreas, sin embargo, está decidido a hacerla su esposa, y esta vez Lou no tendrá más remedio que aceptar pues el hombre amenaza con suicidarse ante sus ojos si no acepta. Tras impedir aquel desatino, Lou expone sus propias condiciones que Andreas acatará sin pestañear: será un matrimonio casto. Por consiguiente: estéril. Él no luce tan ansioso de descendencia, pero uno nunca termina de explicarse cómo consigue reprimir su deseo sexual por la portentosa mujer con la que se ha casado. El matrimonio resulta provechoso, sin embargo, debido a la retroalimentación de ideas que los robustece a ambos en sus respectivas áreas de trabajo.
Es justo cuando Lou cree haber dominado sus pasiones y ser dueña absoluta de su cuerpo, que conoce al hombre que habrá de enseñarle que no posee tal dominio; que negarse placer sexual y a las sensaciones eróticas no la vuelve más receptiva al conocimiento. A los treinta y cinco años de edad, Lou opta por olvidar su virginidad en brazos del prometedor poeta Rainer Maria Rilke, de sólo veintidós. Vive la experiencia del amor ampliamente correspondido que le permite, contrario a lo que supuso de inicio, incrementar su capacidad para descifrar al mundo. Incapacitada para ejercer la tan necesaria hipocresía, no disimula su amor en público y eso la convertirá en núcleo de un escándalo del que, el último en reclamarle, será el propio Andreas que ha dejado embarazada a su fiel criada María. Tras la experiencia con Rilke, que conlleva momentos tan dolorosos como un aborto, Lou, lejos de perder dominio sobre sí misma, incrementa su vivencia de la libertad a través del ejercicio de su erotismo, más que de su sexualidad, tema sobre el que investigará y escribirá abundantemente. Posteriormente se convertirá en la discípula favorita de Sigmund Freud quien, por supuesto, también caerá rendido a sus pies pese a tratarse, por entonces, de una respetable matrona.
Lou empieza a levantar pasiones abrasadoras recién salida de la infancia y continuará haciéndolo aún en su lecho de muerte, incompleta por la diabetes y el cáncer, pero extraordinariamente lúcida. Su belleza física parecía ser lo único equiparable en el mundo a su inteligencia, lo cual representa un demoledor desmentido a uno de los tantos mitos que han mantenido a las mujeres “a raya”: que las “bonitas son tontas”. La historia universal, y más recientemente la reescritura de la misma emprendida por feministas o historiadores con visión de género, ha extraído del baúl a otras tantas mujeres tan guapas como geniales, pero que a diferencia de Lou Andreas Salomé pretendieron actuar como hombres, incluso vestirse como ellos, o prescindir del maquillaje, renuncia por la que, en su momento, fue aplaudida la muy ingenua —o astuta— Simone de Beauvoir, cuya evidente hermosura no requería afeites para manifestarse en todo su esplendor.
La más amada es, pues, una muy “agraciada” novela, que se complementa de maravilla con su antecesora, Jantipa, ¿el verdadero amor de Sócrates?, cuya lectura recomiendo de paso pues me permitió descubrir una de las voces femeninas más refrescantes, risueñas, exquisitas y seductoras de la literatura mexicana reciente: la de María Elena Sarmiento.
