Marcela Rodríguez Loreto

Strajov, el biógrafo oficial de Dostoievski, escribe en una carta a Tolstoi en 1883: “Supongo que habrá recibido mi biografía de Dostoievski (…). Por mi parte, debo hacerle una confesión. Mientras la escribía tuve que luchar con un íntimo sentimiento de disgusto… No puedo considerar a Dostoievski como un hombre bueno ni feliz (ambas cosas van realmente juntas). Era maligno, envidioso y disoluto, se pasó su vida en estado de excitación nerviosa que movían a piedad, y habrían movido a risa de no haber sido él tan malicioso y ladino…”.
Strajov, que en la biografía escribe puras cosas buenas, cuenta en privado a Tolstoi que Fiódor era pervertido, vicioso, y falto de gusto: “Los personajes que más se le parecen en el carácter son el héroe de las Memorias del subsuelo, el Svidrigailov de Crimen y castigo, y el Stavroguin de Demonios”.
Tolstoi responde sin pasar por alto la hipocresía de Strajov: “Fue usted víctima de una exageración al exaltar como un santo y un profeta a ese hombre que murió en la más aguda lucha interior entre el bien y el mal. Es patético, interesante, pero no se le podría elevar sobre un pedestal para edificación de la posteridad… Turgueniev sobrevivirá a Dostoievski”.
Como se sabe, ambos nombres han sobrevivido, pero si hay grados en la inmortalidad, la primacía corresponde al autor de Memorias del subsuelo. La primera parte de la novela se publica en el número inicial del diario La época, el 21 de marzo de 1864. Dostoievski la concibe desde el estado anímico que provoca la enfermedad y las malas rachas.
Regresa de un viaje por Europa donde pierde hasta la camiseta jugando a la ruleta; su amante Polina Suslova le destroza el corazón al abandonarlo cuando el hombre ya no tiene un rublo. Dostoievski le escribe a París rogándole que al menos le envíe para el pasaje de vuelta a Moscú. Ahí le esperan las hemorroides. Escribe la novela prácticamente de pie, mientras vela los últimos días de su mujer enferma de tisis.
Rafael Cansinos Assens (1882-1964), el traductor y estudioso de la obra completa del escritor, señala que Memorias del subsuelo marca la primera aparición explícita del espíritu demoniaco y subversivo de la obra de Dostoievski. Es la traducción de Cansinos Assens publicada por Aguilar en 1953, que Sexto Piso retomó en este 2014 con el agregado de las ilustraciones que el argentino Jorge González (1970) ha concebido para esta edición.
Memorias del subsuelo tiene por protagonista a un antihéroe anónimo con sus particulares odios. Huérfano de niño, unos parientes lejanos lo recogen. No tardan en convenir que es mejor internarlo en un colegio para pobres. ¡Humillación y prisión! Sin embargo, estudiará administración y conseguirá un empleo burócrata mal pagado en la Rusia zarista civil.
El ser de cuarenta años que se presenta a sí mismo como enfermo y malvado, recibe una herencia modesta que le permite abandonar el trabajo, escribir sus memorias, y ocupar un rincón en el extremo de Petersburgo. Prefiere vivir con limitaciones económicas dentro de la ciudad, que con cierta holgura fuera de ésta. Es una persona a la que el mundo no la merece. A todo el que conoce lo tiene por poca cosa.
Se da a aborrecer por impertinente y mala gente en el trabajo, con sus criados, con sus compañeros de escuela. Ha sido aplicado, un lector voraz que deja ver sus lecturas de Sand, Gogol, Lermotov… pero las novelas pocas veces son prácticas en la vida real. La figura osada, déspota y malvada que tiene de sí mismo, en los hechos es apocada, incapaz de ejecutar sus pensamientos de grandeza, y sí de lastimar lo que se mueve dentro de su pequeña parcela.
Desde su rincón, como llama al ático donde se instala, ha meditado sobre el sinsentido de la vida. Para subsistir necesita representar farsas, soñar despierto. Es consciente de la máscara que usa. El doble, la primera etapa de todo trastorno mental grave, capaz de conducir a un término fatal. El autoanálisis de sus conflictos se anticipa al pensamiento freudiano. Este rasgo del sujeto y su mirada crítica a la sociedad mantienen como novela actual a Memorias del subsuelo: “¿Queréis decirme qué es lo que suaviza en nosotros la civilización? La civilización se limita a desarrollar en el hombre la variedad de las sensaciones… ¿Quién sabe si ese gusto por las sensaciones variadas no hará que el hombre encuentre placer en la efusión de la sangre?… Si la civilización no ha hecho más sanguinario al hombre, éste, bajo su influjo, se ha vuelto más rastreramente cruel que antes. Hoy consideramos el hecho de verter sangre como una infamia; pero la cometemos de buen grado, y con más frecuencia que en otro tiempo”.
Quince años lo atormenta el recuerdo de una sola noche con Liza, la prostituta a la que, en un discurso sentido, quiso volver al redil. Un momento de vulnerabilidad que precipita su caída. Ella lo busca confiada en las palabras de rescate que le ha ofrecido. Lo sorprende en su rincón sin la máscara, sin guión: Encuentra a un hombre en un cuartucho, con la alacena vacía, las ropas raídas, desencajado por un coraje recién hecho con su sirviente al que para martirizarlo le esconde la paga.
Es como el alacrán de la fábula… es consciente de su naturaleza. Le es imposible amar, vivir, mientras no pueda tiranizar a alguien. No se salva purificado por el amor de ella que, conociendo la bajeza de él, está dispuesta a amarlo y redimirse. Liza es rechazada.
El protagonista había echado por tierra su pasado, y no fue capaz de construir su futuro. Vivía en un ático, las memorias son las del lugar profundo y oscuro de su mente.