Enfermedad de pobres y negocio de ricos

René Anaya

Cuando empezó en diciembre del año pasado, el brote epidémico del ébola parecía ser uno más de la veintena que se han presentado desde que se descubrió la enfermedad en 1976. Pero las condiciones de las regiones en donde surgió complicaron su control y propiciaron su propagación.

Así, en pocos meses, el brote pasó de la preocupación regional a la nacional en Guinea, Liberia, Sierra Leona y luego brincó al continente europeo y cruzó el Atlántico para llegar a los Estados Unidos, sin los efectos desastrosos que ha causado en los países africanos, pero sí con la fuerza suficiente para evidenciar a los negociantes de la salud.

 

De la fiebre del oro a la fiebre del ébola

El virus del ébola, inicialmente limitado a las regiones más pobres del África Occidental, no fue motivo de preocupación de los países con mejor tecnología médica, a pesar de que es más letal que el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) y que el AH1N1 (virus de la pandemia de influenza).

Aunque de cada diez pacientes infectados pueden fallecer hasta nueve, los grandes centros de investigación epidemiológica no le prestaron atención, como sí la ha tenido el sida, la propia influenza o, para tener una comparación más acorde, la enfermedad del legionario, que también se diagnosticó por primera vez en 1976.

La enfermedad del legionario causó la muerte de 29 estadounidenses que asistieron a la 58ª Convención de la Legión Americana del Estado de Pennsylvania en julio de 1976. Ese padecimiento no era conocido pero presentaba síntomas semejantes a los de la neumonía, por lo que los servicios médicos se dedicaron a la tarea de averiguar la causa. En pocos meses se descubrió la bacteria causante de la enfermedad, la bacteria Legionella pneumophila, el lugar donde se aloja: los ductos del aire acondicionado y los antibióticos indicados para combatirla.

En cambio, los 280 fallecimientos que causó el primer brote del ébola en 1976, en la República Democrática del Congo, no condujeron la movilización de los expertos epidemiólogos, ni mucho menos la búsqueda de vacunas o antivirales que curaran o controlaran el padecimiento.

Ese enorme contraste tiene una explicación muy sencilla que pinta de cuerpo completo el neoliberalismo: en el caso de la enfermedad del legionario se trata de un padecimiento que atacó a una agrupación emblemática de los Estados Unidos; además, su investigación y posterior creación de pruebas diagnósticas y tratamiento eran potencialmente redituables, pues sus “clientes” tiene un gran poder económico. En tanto que los pacientes con la fiebre del ébola no representaban ni representan un sector con grandes recursos, por lo tanto no son atractivos económicamente.

 

Padecimiento de la miseria

En tanto los brotes epidémicos no afectaron la economía de las naciones desarrolladas no hubo mucha preocupación por la suerte de los africanos contagiados, pero el avance de la epidemia a ciudades como Conakry, la capital de Guinea, y a países más desarrollados, como Nigeria, comenzó a inquietar a los sistemas de salud de los países europeos. La OMS ha reconocido que se tardó en reaccionar ante este brote, pues no pudo ver lo que se avecinaba.

Pero no fue sino hasta que el ébola saltó de África a Europa y luego a Estados Unidos que se convirtió en la pandemia del terror, pues médicamente es casi imposible que los brotes de ébola causen epidemias en los países desarrollados, ya que se tienen mejores medidas de aislamiento y hasta un esquema de rehidratación más efectivo para pacientes con diarrea.

Sin embargo, la presencia del ébola en Europa y América del Norte ha puesto en evidencia que con dinero baila la industria farmacéutica, pues como ha señalado Margaret Chan, directora general de la OMS: “El incentivo es prácticamente inexistente […] una industria con fines de lucro no invierte en productos para los mercados que no pueden pagar”.

Además, la directora de la OMS puso el dedo en la llaga, pues refirió que este brote evidenció “los peligros del aumento de las desigualdades sociales y económicas del mundo. Los ricos reciben mejor atención y a los pobres se les deja morir”.

Por supuesto que no han faltado los adeptos a las teorías de la conspiración, que consideran que esta epidemia es un truco más para que las grandes empresas farmacéuticas obtengan más utilidades. Pero lo cierto es que mientras en África morían miles de personas por este padecimiento, las grandes empresas no hacían ningún esfuerzo por investigar la creación de vacunas o antivirales y no lo harán si se logra controlar la epidemia, como es lo más seguro que suceda.

Así, seguirán los brotes del ébola en África y casos aislados en países desarrollados, pues ese virus alcanza una gran letalidad en sectores con poco poder adquisitivo, es otro más de los virus de la pobreza.

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