Los jóvenes han pagado una buena cuota de sangre
René Avilés Fabila
Las condiciones para la protesta inteligente, justa y bien sustentada por lineamientos ideológicos que fue 1968 se han desdibujado. Por décadas nos quedó la rabia que produjo el fatal desenlace y eso movía a miles de jóvenes a salir a las calles a destruir y gritar ofensas que a nadie mellan, salvo a quienes se movilizaban sin antes pensarlo bien.
Aparecieron artículos en los medios escritos, opiniones en los medios electrónicos y protestas en las redes sociales: ¿tenía sentido conmemorar el 2 de octubre mentando madres y arrojando piedras contra comercios y edificios públicos? Realmente no.
El sistema político mexicano se ha hecho resistente a ese tipo de manifestaciones, las aguanta un rato y al día siguiente todo vuelve a la normalidad y nada pasó. Hay que esperar otro año para repetir la dudosa hazaña.
Pero luego de la matanza de estudiantes normalistas en Guerrero, algo que evidencia la brutalidad de todos aquéllos que hablan de tolerancia, democracia y libertad, los jóvenes han madurado. La enorme manifestación llevada a cabo en Acapulco, a donde llegaron contingentes de apoyo de diversos puntos del estado y del país, es la prueba de que la inquietud ha madurado y se ha hecho inteligente. Se trata de organizar a la juventud y que ella, con mejores armas ideológicas, vayan captando la atención de obreros y campesinos, de la clase trabajadora en general. De este modo, el sistema político, los partidos tradicionales, tendrán que mejorar o hundirse dentro de su habitual simulación.
Ayotzinapa puede ser el principio que hemos esperado tantos años. La respuesta que en 1968 se buscó por medios sensatos y que sólo se topó con la violencia estatal y la incomprensión de los medios de comunicación. El país ha cambiado en casi medio siglo. Sólo los problemas permanecen. La globalización los agudizó y los políticos profesionales no tienen mayor utilidad para buscar una transformación profunda y positiva. Los jóvenes han pagado una buena cuota de sangre, pero al parecer no están dispuestos a seguir siendo las eternas víctimas de la insensibilidad oficial.
El Estado no va a cambiar y menos con la globalización capitalista que borra los aspectos sociales, a lo sumo será más dadivoso y seguirá con la penosa tarea de paliar la miseria a través de limosnas.
Ante la parálisis de obreros y campesinos, en manos de sindicatos y organizaciones todas corruptas, los jóvenes buscan un nuevo camino. Sólo lo encontrarán con métodos agudos que atraigan a la sociedad en su conjunto.
De lo contrario, seguiremos saliendo cada año a protestar un rato, más como desahogo que como intento liberador. La política tradicional ha llegado a ser un estorbo y es el peor enemigo de la imaginación.
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