La capacidad de los seres humanos para sobreponerse y hacerle frente a los desastres, la experiencia y conocimientos que han acumulado a lo largo de sus vidas, nos ayudan a comprender estas situaciones de emergencia y a planificar la respuesta. Las contribuciones y necesidades específicas de este colectivo social deben por tanto ser incorporadas en el marco para la reducción de los desastres que se elabora para el 2015.
Tengamos presente que el grado de devastación, en pérdida de vidas humanas y daños materiales, que causan las manifestaciones extremas de fenómenos naturales, como son las inundaciones, sequías, ciclones, terremotos o erupciones volcánicas, resulta de la combinación entre las fuerzas de la naturaleza y la actividad humana.
El efecto que estos peligros naturales tienen sobre las poblaciones depende en gran medida de decisiones que tomamos, a nivel individual o colectivo, respecto a nuestras formas de vida y al medio ambiente: desde la planificación de nuestras ciudades y el cultivo de los alimentos, hasta la enseñanza que recibimos en las escuelas. Es más, la actividad humana también influye en la frecuencia y la intensidad de estos fenómenos, por ejemplo, a través del calentamiento global.
La puesta en marcha de sistemas de prevención, alerta temprana, preparación y recuperación rápida disminuyen el riesgo y mitigan los efectos devastadores de las fuerzas de la naturaleza.
Por ello, la Asamblea General de la ONU decidió designar el 13 de octubre como Día Internacional para la Reducción de los Desastres con el objetivo de concienciar a los gobiernos y a las personas para que tomen medidas encaminadas a minimizar estos riesgos.
