Cárdenas Solórzano fue una esperanza, ya no lo es

René Avilés Fabila

 La rebeldía o malestar juvenil no es una novedad, se repite generación tras generación, con mayor o menor intensidad. Por lo general, siempre es razonable y es natural: piensa en el futuro, en el suyo propio. Los jóvenes son sagaces para descubrir los males de un país por perfecto que parezca. Y cuando encuentran la oportunidad saltan a las calles o sueñan con una revolución que modifique la situación en la que viven.

En 1968, miles de jóvenes estudiantes salieron a las calles a demandar mejoras en la educación. Pronto, y ante la terquedad del gobierno, pasaron a las exigencias políticas. Baste decir que el movimiento creció, se consolidó y comenzó a ser un imán para los obreros y campesinos, tradicionalmente sometidos y vejados. Poco he leído sobre esta faceta del movimiento estudiantil de 68. Pero antes de culminar a causa de la represión draconiana de Díaz Ordaz y su gobierno, a los muchachos estudiantes comenzaron a llegar poco a poco, sindicatos independientes, campesinos con algún grado de organización y oficinistas sin futuro. El movimiento estudiantil había desbordado los cauces y amenazaba crecer y atraer a sectores con mayores humillaciones.

Hoy los jóvenes padecen infinidad de problemas, la lista es larga. Muchos están en el futuro cercano, la mayoría es el presente. De tal modo se han hecho sensibles en extremo. La diferencia con el 68 es que, hace casi cincuenta años, la juventud tenía una ideología, proyectos revolucionarios como Cuba y el Che Guevara, pacíficos como Chile y Salvador Allende. El marxismo era una realidad tangible pese a sus imperfecciones. Ahora, la globalización triunfante del capitalismo, el pasmoso derrumbe del socialismo, la desaparición de figuras revolucionarias, muertas o asimiladas, han dejado a los jóvenes sin apoyos ideológicos. Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano fue una esperanza, ya no lo es. Los nuevos jóvenes en rebeldía lo abuchean y agreden.

Ni los partidos políticos ni la globalización satisfacen a una muchachada inquieta y desesperanzada. Son millones y su futuro nada tiene de luminoso. En su desesperación suponen que en el anarquismo encontrarán la salvación: pero lo desconocen, no saben más que lo fundamental: desea la destrucción de los viejos y anacrónicos valores, entre ellos el Estado, la propiedad privada, los monopolios, la deshumanización de la vida cotidiana.  A su alrededor no hallan los personajes que los orienten.

Sin embargo, siguen siendo combativos y tarde o temprano sus luchas fructificarán. El mundo no les gusta y tienen mucha razón. El capitalismo, es obvio, no es humanismo; es una máquina asesina que destruye los mejores valores. En este contexto debemos entender la rebeldía juvenil. En México cada año aumentan los partidos políticos, los tenemos con distintas máscaras, en el fondo sólo quieren fortuna y poder. ¿Contar con infinidad de organismos significa mejor democracia y más justicia social? ¿O es una costosa farsa a los ojos de los muchachos, estudiantes o no?

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