Juan Antonio Rosado

En 1924 apareció La vorágine, del colombiano José Eustasio Rivera. En su momento, el narrador uruguayo Horacio Quiroga calificó esta novela como el libro más trascendental que se ha publicado en el continente. Muchas obras se han escrito después sobre la selva, o que se desarrollan en la selva, pero ninguna —ni siquiera Los pasos perdidos, una obra maestra de Alejo Carpen­tier— supera a La vorágine en intensidad y verosimilitud logradas con simples recursos descriptivos, en capacidad de horrorizar al lector, en la denuncia contra la corrupción de las autoridades y contra la explotación despiadada del ser humano. La razón es simple: Rivera vivió en la selva, la padeció con fiebres y enfermedades e incluso estuvo a punto de morir de paludismo. Pero no sólo eso; conoció al peor: al monstruo humano.
Más allá de todo naturalismo literario, Rivera aprovechó sus dotes poéticas. Este abogado que, por su trabajo legal, tuvo que viajar al interior de Colombia, primero a los llanos y después, en 1922, como miembro de una comisión de límites, a la región amazónica, ya que había problemas entre Venezuela y Colombia por la cuestión de los límites, dio a la luz pública en 1921 su poemario Tierra de promisión, donde pintaba la acción de la naturaleza colombiana, que conocía a la perfección dada su necesidad de explorar las llanuras desde la infancia, y luego como pescador y cazador. El poeta finalmente mató al abogado, pero sin el abogado, acaso el poeta jamás se hubiera internado en el Amazonas. Leemos en Horizonte humano: vida de José Eustasio Rivera, de Eduardo Neale Silva: “El 19 de septiembre de 1922 salía el poeta de Bogotá en compañía de ingenieros y geógrafos. Traía una escopeta, aperos de caza, cuadernos para tomar notas, mapas, ropa ligera, sombrero de explorador y un caudal de bellas ilusiones”.
La experiencia en el Amazonas fue decisiva. Allí la malaria invadió los campamentos de las comisiones. Los hombres, como se lee en el diario del sr. Escobar Larrazábal, adquirieron aspecto de desenterrados: “piel marchita, terrosa y opaca, ojos vidriosos y amarillos”. Además, Rivera se enteró de la existencia del coronel Funes, uno de esos muchos criminales que llegan al poder, y a quien ni el dictador Juan Vicente Gómez se atrevía a tocar. Hasta poco antes de su muerte, llevaba más de quinientos homicidios. No sólo el aspecto monstruoso de la selva, sino también del ser humano es exhibido en La vorágine, obra que empezó a redactar en la misma selva, aun enfermo y débil. Como escribe el doctor Ramón Ignacio Méndez: a veces, para matar el tiempo, se reunían varios expertos de las comisiones venezolana y colombiana para escuchar pasajes de La vorágine. El autor se había enterado del destino de unos miserables llaneros vendidos en 1910 como esclavos por un tal Julio Barrera al “turco” Miguel Pezil, empresario brasileño dueño de una cauchera. De los 72 llaneros, en 1922 sólo quedaban siete vivos.
Pero independientemente del intenso y terrible sustento real e histórico que posee esta obra, Arturo Cova, el protagonista, es uno de los personajes literarios más vivos y autónomos respecto de su autor. Su carácter, sus reacciones, todo en él es tan verosímil que incluso hubo algún crítico que creyó que la obra era en efecto las memorias de Cova, cuya foto aparecía en la primera edición (la imagen no era sino la del mismo Rivera). El autor tuvo la astucia de trazar una historia de pasión y narcisismo para unir lo sublime y lo grotesco, la denuncia y el paisaje, la actitud derrotista y el viaje iniciático, el descenso a los infiernos y la repentina adquisición de una conciencia social justo cuando Cova se transforma tras escuchar la dolorosa historia de Clemente Silva, una historia que marca a cualquier lector con un mínimo de sensibilidad. El universo humano que nos presenta Rivera sigue siendo desgraciadamente actual, como lo sigue siendo el que nos presenta el ecuatoriano Jorge Icaza en Huasipungo (1934), otra obra maestra.
Concluyo este modesto homenaje a José Eustasio Rivera con una cita de La vorágine: “¿Cuál es aquí la poesía de los retiros, dónde están las mariposas que parecen flores traslúcidas, los pájaros mágicos, el arroyo cantor? Pobre fantasía de los poetas que sólo conocen las soledades domesticadas”.