Se nota que acaba el verano porque hay que ponerse un abrigo para salir a la calle. Las hojas de los árboles comienzan a amarillear y a caer al suelo, crujientes y resecas. Así los árboles se convierten en el capricho de un pintor con buen ojo para los matices verdes, amarillos, naranjas, ocres y rojos vivos.

Al contrario de los artistas, la naturaleza no tiene por qué ser caprichosa. Y el hecho de que haya tantos colores responde a una cuestión puramente práctica. El motivo en primer término es que las plantas acumulan pigmentos en sus hojas para absorber la luz y con ella la energía necesaria para crecer y sobrevivir a través de la fotosíntesis. En segundo término es que muchas de ellas también producen pigmentos para algo muy distinto, o sea, protegerse de la radiación solar.

Al igual que la luz del sol no es igual de intensa ni tiene el mismo color en todas partes, por ejemplo en la copa de un árbol, en las profundidades del bosque o en una ciudad brumosa, las hojas de las plantas tampoco pueden serlo, por eso acumulan distintos pigmentos y las hojas tienen colores muy variados. Pero entonces, ¿a qué se deben los cambios de color?

La producción de clorofila requiere temperaturas cálidas y luz solar. Cuando llega el otoño y los días se hacen más cortos, la cantidad de luz disminuye y por eso la producción de este pigmento también decrece. Como resultado, las hojas de las plantas de hoja caduca, pierden su coloración verdosa en otoño.

Abc.es/gonzalo lópez sánchez/bbb