Patricia Gutiérrez-Otero
Recientemente se inauguró la exposición titulada Retablos profanos en la Biblioteca Miguel Lerdo de Tejada, en el Centro, de la Ciudad de México, la que estará abierta al público hasta mediados de noviembre y que también puede visitarse enhttp://retablosprofanos.tumblr.com. Sobre esta exposición charlamos con el artista Mauricio Gómez Morín.
—El título en sí mismo es un oximorón: los retablos son objetos eminentemente religiosos, pero tú los desubicas con el adjetivo de profano. ¿Cuál es la intención de ligar estos dos elementos?
— Tienes razón en cuanto a la aparente contradicción pero yo asumo lo religioso como patrimonio humano, no eclesiástico, por ello busqué justo la provocación del contraste para señalar mi postura. Yo tuve una formación católica pero con el formidable aderezo de unos padres librepensadores. Y el título es importante para mí porque da cuenta de esa filia común. En el caso de “Retablos profanos” mi intención primaria fue hacer una exposición de “cajas” pues llevo muchos años haciéndolas pero de manera esporádica. Mis cajas se inspiran en los exvotos, en los altares de las iglesias populares, en las ferias de pueblo, sin embargo lo que yo intento es sacralizar ciudadanamente, por vía de la poética del objeto y la imagen, cosas que aparentemente no lo son.
—Tu exposición muestra objetos que dan pie a una pintura o a un collage. En el escrito que incluiste en el catálogo dices que desde niño tuviste la vocación de pepenador, lo que te valió el mote de “el conde mugres”, ¿qué significa para ti recoger cosas?, ¿qué sentido tiene transfigurarlos en tu obra?
—No sé si mi debilidad por la pepena sea una vocación. Mi madre te diría que es más bien un vicio. Yo juntaba tuercas viejas, clavos oxidados y pedazos de vidrio polvoso que habían atrapado un pedazo de arcoíris que guardaba en las noches debajo de la almohada. Esto me parecía fascinante e inexplicable y creo que ahí nació la señera inclinación. No me gustan las antigüedades como tales. Me encantan, como encantan las sirenas de los cuentos, las cosas y los objetos usados, con la impronta del tiempo y del desgaste, del rodar. Ahí, sobre las veredas y las banquetas del mundo yo percibo en esas chácharas, en esos objetos disminuidos la huella subjetiva de su humanidad, de la misma forma en que veneras un caracol desgastado que guarda el rumor eterno del padre océano.
Sin presunción alguna te digo que me asumo como un surrealista trasnochado y mi procedimiento simbólico es el ensamble, el collage. Esto, por supuesto lo he entendido a posteriori, por eso puedo declararlo así, nomás. Yo ya te confesé mis influencias evidentes pero mis deudas están también en los pintores y rotulistas populares tanto como en los collages y frottages de Max Ernst o en los ensamblajes del gran vidente Duchamp. A Joseph Cornell lo conocí después de que había empezado mis pininos objetuales y jamás me canso de revisitarlo. De tal suerte que siempre estoy ensamblando, siempre hago collages digitales, físicos o combinados.
—En tu quehacer artístico parece interesarte la menudencia de las cosas (como ejemplo esos objetos pequeños recogidos aquí y allá), y también la del tiempo, lo que te iba a llevar a subtitular tu exposición con una frase de Octavio Paz “la consagración del instante”: ¿qué es ese instante, además de ser lo efímero que pasa?
—Perdón que me autoplagie, pero debo citar lo que escribí al respecto en el catálogo pues me tardé bastante en aclarármelo: “ese instante es el instante en que una idea se afila; en que se percibe por un segundo la plenitud; en que nos sublima de ipsofacto la experiencia estética; en que nos arroba delgadamente el reino del placer; el reconocimiento instantáneo del kairós, ese tiempo de Dios al que llaman el momento oportuno”. Ese momento único en el que adquieres la radical conciencia peregrina de que ya una vez echado a andar no hay retorno posible. Yo quise intentar consagrar, en el sentido de ofrenda, esos instantes a modo de pequeñas estampas y minúsculos escenarios.
Pero ciertamente le diste a un clavo que yo no había visto: quizás el leitmotiv clandestino de la serie sea eso, el implacable Cronos; el tiempo del que esos pequeños, ínfimos y mansos objetos desacralizados son posibles y potentes claves. De la misma forma, más que magnificar los momentos estelares de la vida me interesa trabajar con los momentos insignificantes, velados, solitarios, difíciles, que son los más. Cómo dijera el poeta Silvio Rodríguez, indagar en “la hora que nunca brilla”.
—Nos conocimos cuando trabajabas en el Fondo de Cultura Económica ilustrando libros para niños. Ahora tú te defines como un dibujador. Yo creo que eres un pintor que cubre una amplia gama de estilos. Sin embargo, en el mismo escrito al que ya me referí dices que quizás tu estilo puede ser llamado neofigurativismo churrigueresco transvanguardista. Curioso nombre que podríamos diseccionar, pero que prefiero que tú nos expliques.
—La verdad (risas) es que yo me río y me divierto mucho con las etiquetas pero realmente me parecen engañabobos, en el mejor de los casos, y, en el peor, camisas de fuerza. De muchas maneras y sentidos todo el arte es objetual y conceptual. Es la dialéctica y la fuerza de su esencia, cualesquiera que haya sido, sea y será. Ahora rifa lo “conceptual” como si los pintores de antes hubieran sido mostrencos. Por eso tampoco me sitúo en el nicho “Arte Objeto”. De la misma forma en que me parece una soberana estupidez la categoría insulsa de “Arte Contemporáneo”.
Por otro lado debo decir que no me preocupa en lo más mínimo si lo que estoy haciendo es arte. Me preocupa y ocupa que las imágenes que genero sostengan un poco la mirada del espectador y me sentiría muy alegre y honrado si lo llegan a conmover. Así he aprendido que todas las prácticas y las herramientas pictóricas y gráficas son igual de eficaces, de un cabito de lápiz a una Mac, y que lo importante es la mano, el corazón y el pensamiento de quien las usa. Igual la ilustración infantil que el mural.
Cuando digo que soy un dibujador, lo digo sin falsa modestia. El substrato de todas las cajas, ensambles, pinturas, ilustraciones y demás garabatos que hago es el dibujo. Sin él no habría más que efectismo, epidermis y oropel. Me gusta pensar que se irán cayendo los ropajes y sólo me quedará la línea escueta y su infinitud, liberada de lo anecdótico.
—En la serie de objetos pinturizados de Retablos profanos, hay una especie de viaje triple. Uno: el lúdico, te diviertes con el objeto, con la pintura. Otro, por no encontrar mejor nombre, el diáfano, donde algo se trasluce, mariposas, ojos, hojas. Y tercero: el apocalíptico, algo del mundo y sus horrores se manifiesta. ¿Hay conciencia de estos “temas” cuando creas o surgen de ti de manera natural sin que lo sepas?
—Gracias por tus lecturas de los Retablos. Respecto a los temas me sorprenden gratamente también tus descubrimientos. En general no soy afecto a explicar con palabras mis imágenes, prefiero el vértigo de quedarse frente a una visión sin la mediación del lenguaje. En todo caso te diré que trato de que los títulos establezcan una pista y un sentido para que cada quién lo averigüe y amplíe en la contemplación. También puedo decirte que los asuntos temáticos de esta exposición son muy subjetivos, muy personales sin que esto quiera decir que sean indescifrables o crípticos pero es verdad que permea toda la serie un espíritu lúdico y chacotero, irónico y en cierto modo de auto escarnio. Quizá lo diáfano tenga que ver con esa comanda del ilustrador de hacer visible y común lo poético, o por lo menos yo así lo asumo. Y lo apocalíptico es inevitable, pero yo intento abordarlo no desde el fatalismo y la desesperación sino desde la gran consigna de Italo Calvino: “El infierno de los vivos no es algo que será: existe ya aquí y es el que habitamos todos los días, el que formamos estando juntos”.
—Finalmente, ¿por qué dedicar esta exposición de Retablos profanos a tu señor padre, Maurico Gómez Morín Torres?
—Porque ya no la pudo ver y se la debía. Porque me enseñó que lo católico no está reñido con lo comunista, que nada de lo humano nos es ajeno, que lo cortés no quita lo cuauhtémoc y que no es lo mismo méndigo que mendigo. Porque siempre fue mi más duro juez y parte. Y porque si él no me hubiera trepado de chiquillo a los techos del Ex Convento del Carmen en San Ángel a dibujar las cúpulas, a lo mejor hubiera sido un mal dentista o un abogado próspero, pero nunca un feliz garabatero.
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