Patricia Gutiérrez-Otero
(Segunda y última parte)

 

A Myriam Fracchia

 

La no-violencia no es una pasividad ante el mal, es una forma de vida y de lucha. El 15 de octubre de este año, Pietro Ameglio recibió en Washington el premio El-Hibri por su aportación en la educación para la paz.

En su discurso mencionó que el trabajo por la paz “se construye más en las contradicciones y preguntas que en las certezas y respuestas”. Por ello hay que empezar por el pensamiento o por una “epistemología de la paz”. Este pensar en forma original (Fromm) o autónoma (el movimiento zapatista, Piaget, Marín) consiste en observar en nosotros el proceso a través del cual “la inhumanidad del orden social se nos instala en una parte del cuerpo y (cómo) la reproducimos sin una toma de conciencia”: el ser humano está en vías de humanización, cuyo punto central es “pensar autónomamente”.

Para Ameglio la tarea más importante de este proceso consiste en construir tres principios. 1. Una “desobediencia debida a las órdenes inhumanas” (J. C. Marín[1]). Es un acto que pasa a través del conocimiento y la reflexión. 2. “Humanizar al Otro” para mediante la reflexión y/o la acción “desprocesar lo que de inhumano haya en su cuerpo e identidad”. 3. Considerar los “medios” como “fines”, como decía Gandhi: “de una semilla podrida no puede nacer un buen árbol”.

Para iniciar una lucha es necesario también construir una atinada construcción del principio de realidad. Debe iniciarse con un diagnóstico de esa situación y evitar partir de “recetas de acción noviolenta” que correspondan a otras realidades.

Asimismo es necesario acumular fuerza moral, es decir “ganar la disputa de impugnación moral frente al adversario”. Esto se logra a través de rupturas intelectuales, epistémicas y morales en uno y en el grupo.

El poder de las pequeñas comunidades que se construye a partir del conocimiento y de la fuerza moral es inmenso, y más aún si éstas se articulan con más cuerpos, y si se desnuda “públicamente la verdad del objetivo de esa lucha”. Entonces los espacios de lucha se amplían fuera de fronteras imaginadas, e incluso se logra que una parte de la sociedad salga a la calle con acciones no-violentas. “La reserva moral de una sociedad aparece en situaciones de elevada inhumanidad”.

En cuanto a las formas de acción, se olvida con frecuencia que “la radicalidad de una acción no está marcada primero por los instrumentos-armas usados en ella […] sino por el ‘tipo de acción’, el lugar donde se realiza y el actor a quien va dirigida, y, sobre todo, por la relación que guarda con la intensidad de las acciones del adversario”.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés…

[1] J. C. Marín, Conversaciones sobre el poder. Universidad de Buenos Aires, 1999.