Jaime Luis Albores Téllez

La novela El ajedrecista de la Ciudadela, de Bruno Estañol, es una obra que compara la existencia del ser humano como una espiral donde nos dice que “tiene un fin y un principio, pero en los extremos siempre está acechando lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande…”. En fin, la vida y la muerte, la vida como lo pequeño, lo efímero, donde los sueños, el amor, y cuanto nos suceda es consumido por un tiempo infinitamente pequeño: los segundos, minutos, horas, meses y años, el que nos toca vivir; y la muerte eterna, sin tiempo, donde aparece el cielo y el infierno como un tiempo sin tiempo, donde un instante se repite infinidad de veces: “¡Estaba muerto y casi sin darme cuenta! Cuando llegué allá me dijeron que si escogía el Infierno, podía otra vez vivir el instante en que vi relumbrar el oro y lo oí retiñir, a la primera luz del alba. Desde entonces cada vez que puedo revivo el momento crucial de mi vida; no hay nada más que pueda interesarme”. Y es así que Bruno Estañol retrata a través del personaje al ser humano como un obsesivo, más bien como un poseso demoniaco, donde una idea fija se apodera de su voluntad, a la cual se vuelve sin cesar, aunque se esté muerto: “Le digo que cuando uno muere no se da cuenta de que está muerto; la vida sigue como siempre…”. Y en el capítulo “La vida como apuesta”, nos dice: “¿Será la vida en realidad un gran juego? ¿Un juego que uno juega contra los otros, contra los padres y hermanos, o contra uno mismo? ¿No es la vida una perenne y perdida partida contra Dios? ¿O una encarnizada partida contra el azar y lo fortuito? ¿No es la vida en realidad la gran ilusión de que uno lleva las riendas y que el azar no existe?”. El autor a través del ajedrecista de la Ciudadela, quien cuenta su biografía a un interlocutor que no se sabe quién es y puede ser el mismo lector o simplemente no existe, deja en claro que inventamos un juego con nuestras propias reglas para que la existencia sea menos efímera y que a la vez tratamos de ganar siempre, y que somos capaces de escoger el infierno para ver cómo ganamos una y otra vez. Y es así que vemos a unos en el gimnasio jugando a tener un cuerpo atlético, a otros en otros lugares tratando de cumplir sus obsesivos deseos de ganar su juego, ya sea obteniendo riqueza, fama, etcétera. Y que cuando por insistencia o azar ganan, sienten esa felicidad pasajera que los lleva a crear otro juego para crear la ilusión de eternidad en la vida. Pero el autor también nos dice que hay otros tipos de juegos en los cuales nos involucramos y no para crear esa ilusión de eternidad, pues se juega para no perder, como es el caso de los ajedrecistas quienes desconocen a sus rivales y juegan para no sentirse humillados. Podemos decir que otro juego es la obsesión de los creadores que también juegan para no perder, pues se enfrentan —a un rival— a lo desconocido al empezar una obra. El escritor Daniel Sada me platicaba que para llevar a cabo una obra tenemos que enfrentarnos siempre a las vicisitudes de la vida tratando de no perder la concentración —como sucede en un juego de ajedrez— ante lo que se nos presente durante el tiempo de creación, y él lo demostró escribiendo durante toda su enfermedad. Siempre escribió para no perder, para sobrellevar la vida y no para crear la ilusión de eternidad.
Bruno Estañol también narra la vida del protagonista quien juega partidas con un fantasma, Raúl Casablanca, de una forma delirante conversa con él, entremezclando el destino y la locura que llegan a vivir los grandes ajedrecistas: “Miran casi sin parpadear el pedazo de madera de sesenta y cuatro cuadros blanquinegros y no levantan la vista para ver la cara del adversario o si está lloviendo o si se cae la noche y no sienten el frío ni el calor; no tienen otro pensamiento que el juego que están jugando…”.

Bruno Estañol, El ajedrecista de la Ciudadela. Nexos Sociedad Ciencia y Literatura,
México, 2013; 208 pp.