Fernando Hernández González
Borges decía que él escribía para sus amigos; Alfonso Reyes, que cuando escribía, sus amigos aparecían ante él como una alucinación. Sloterdijk, en sus Normas para el Parque humano, describe al humanismo como el hecho de escribir cartas a los amigos. Pues bien, al terminar de leer El insomnio de clío (¡qué título!), de mi amigo Ramón Gerónimo Olvera, no pude dejar de imaginarme a mí mismo como el orgulloso lector de una carta redactada quizás en algún lugar de la ciudad de Chihuahua. Yo acá en la gran Ciudad de México, de pronto me sentí un poco como el teólogo y novelista chihuahuense, Alberto Rembao, quien desde Montevideo y Buenos Aires iniciaba su Chihuahua de mis amores y otros despachos de mexicanidad neoyorquina (1949) diciendo: “Chihuahua, la de 1910, […] se me sube al epicentro […] a no sé cuantos miles de kilómetros de distancia”. En aquel libro, entregado ahora “a la crítica de los ratones”, Rembao hablaba de una estética chihuahuense y en la dedicatoria se leía: “A Carlos M. Cinta, amigo viejo y fiel”. Otro ejemplo más que confirma la consigna borgiana: “los libros son cartas a los amigos”.
El insomnio de clío. Ensayos sobre Fuentes Mares y Solares (Editado por Colección Flor de Arena y la Universidad Autónoma de Chihuahua, 2013) es un libro amical, fraterno, lleno de una prosa vivaz y atrevida. Como un irónico delator, Ramón Gerónimo, sin proponérselo nos revela las conspiraciones de la historia oficial y sus mitoides, los contrasentidos de la historia académica y sus benditas “verificaciones”. Lejos de todo esto, la historia con minúscula se nos presenta sin tapujos, como un juego de artificio, como una estetización de la seriedad del discurso historiográfico y de la “alta” política revolucionaria. No se confunda el lector, no está frente a una investigación rigurosa. Se trata nada menos que de una historia con insomnio, que deambula de aquí para allá y que, como lo ha dicho Cioran, viene a “sacudirnos nuestra carne y orgullo”. Una pequeña historia sin ideas grandilocuentes, sin metodologías serias y eficientes. Una historia, no sé si soñada o alucinada, el insomnio es una zona fronteriza e indeterminable… La historia insomne que Olvera nos cuenta llega a nosotros a través del ojo novelístico de dos grandes figuras chihuahuenses: José Fuentes Mares e Ignacio Solares. ¿Qué es lo que escribe Fuentes Mares? ¿Novela o Historia? ¿Qué es lo que nos novela Solares? ¿Una historia de héroes o de las alucinaciones de éstos? Qué delicia es constatar, bajo esas risas secretas y delatoras, la complicidad con que Olvera lee a dos de sus grandes maestros que en voz baja le murmuran: “la historia no es más que un relato”. Hayden White lo había dicho ya en su Metahistoria, palabras más palabras menos: la historiografía es más una ramificación de la literatura que de la ciencia. No es necesario demostrar o comprobar esto. Olvera nos lo muestra en un ágil y penetrante ensayo. Las coincidencias halladas entre las “historias noveladas” de Fuentes Mares y las “novelas históricas” de Solares se entrelazan a partir de sus incertidumbres frente a la objetividad de la gran Historia. La forma en que se distancian ambos autores de la Historia científica, más allá de posiciones o simpatías, no es tan diferente como podría parecernos. El núcleo esencial de El insomnio de clío es en todo caso poético, estético. Es el lugar de convergencia en donde se desplaza una verdad histórica que difiere en tanto se recrea a sí misma. Y es allí precisamente, en esa hiancia, en esa zona desértica del discurso historiográfico, cubierta por el insomnio y sus ensoñaciones, espejismos y alucinaciones, donde Solares y Fuentes Mares configuran sus originalísimas estéticas como modos de narrar la historia, sin tener que reconstruir la Historia como Metarrelato. “Lo que tiene historia por definición —nos dice Olvera— necesita una reconstrucción imaginaria”. Desde un ateísmo culposo, “soy un ateo al modo de Buñuel, que se angustia por la culpa de quienes sí creen en Dios”, desde la afición compartida con Solares y Fuentes Mares por la Fiesta brava y desde un guiño a la muerte (esa “putilla del rubor helado”), Ramón Gerónimo Olvera nos cuenta cómo las narrativas de estos dos escritores chihuahuenses se articulan en el espacio imaginado del paisaje chihuahuense. “El desierto crece” —decía Nietzsche. Y cuando crece como interioridad estética, como paisaje contenido en el pecho, entonces, “esta geografía se representa como el terreno de los alucinados, de los profetas carcomidos por el sol, de la infame frontera física y de los parcos diálogos que narran la insalvable frontera de los monólogos de nuestros rancheros”. Si para Olvera hay una estética chihuahuense detrás de la narrativa de Solares y Fuentes Mares y tras su imaginación histórica no habría que buscarla en la geografía del desierto. Fuera todo regionalismo, resultado de la mirada “romántica y candorosa” —nos dice. Cuando en Montevideo le preguntaron a Rembao sobre su pretendida estética chihuahuense, él respondió: “escribo para la eternidad (…), para la eternidad del aquí y del ahora”. No es otra cosa de la que nos habla Olvera al representarnos las visiones de clío en su insomnio, bajo las miradas de dos grandes escritores de su natal Chihuahua.
