Marco Muñoz
La noticia del asesinato a unos empleados de alguna panadería levantó llagas en la memoria de Aurelio, o más bien de José Antonio, porque su verdadero nombre, o con el que lo habían bautizado, lo sepultó junto con el cadáver de Alfredo Montiel. No se trató de un asesinato a sangre fría, sino de un asesinato con consentimiento. Aurelio, digo, José Antonio, ya siendo adulto, entraba en pavor cada vez que recordaba y se aseguraba para sí mismo que arrojó al chamaco a un agujero que los dos habían cavado para guardar las monedas que robaron de la panadería del centro del pueblo.
Ambos pequeños rufianes se habían escapado del internado en que estuvieron no más de dos años. Y tanto la mamá como el internado cerraron el caso porque con ella estaba su hijo, aunque nomás de palabra, porque él se había ido quién sabe a dónde con su amigo —al que ya nadie buscaba— por meses. Eran buenos compañeros en las buenas y en las malas pero uno era de mucha avaricia y el otro anhelaba tener una familia, y Alfredo tenía mamá, eso ya era familia, y el otro a nadie. Entre sus confidencias se dijo que Aurelio —el nombre sólo para entonces— envidiaba, con envidia de la buena, a su amigo porque él nunca tuvo familia, sólo el maldito nombre que por nada —ahora— intenta arrancarlo de aquella tumba.
Del atraco que le venía a la memoria, tanto el arribo, como la fuga, tenían muy bien calculado todo y los planes salieron excelentes, salvo por el problema que hizo que Fredy, como le llamaba Aurelio —¡otra vez!—, quise decir José Antonio, terminara en lo que terminó: con un enterramiento.
Las cinco bolsas que atracaron llegaron a su destino pero Fredy dijo que tenían que dividirlas en el sesenta por ciento para él y el cuarenta para su amigo, como lo habían acordado, lo que los obligaba a contarlas. Ya saben, el otro muchachito no estuvo de acuerdo y le insistió que debían enterrarlas y regresar después a repartirlas como debía ser pero Fredy dijo que no estaba de acuerdo. Tenían que decidir pronto.
—Yo necesito mi parte exacta —dijo Fredy—, porque yo ya no regreso, me voy pa’l Norte; a fin que mi mamá ya murió.
—¿Murió?, tú me dijiste… —preguntó con sorpresa José Antonio.
—Sí, yo ya no la quise porque tuvo un hijo de don Alonso y ella murió cuando le nació una hija de quién sabe quién…
—mencionó sin soltar las tres bolsas que robó.
—¿Y dónde están tus hermanos?
—Todavía están en casa de doña Ema, ¿te acuerdas?, pero no sé qué hagan con ellos.
José Antonio le extendió sus dos bolsas y le dijo que se las regalaba si prometía no regresar jamás. Así lo hizo y Aurelio, o José Antonio, rellenó el agujero mientras veía irse a su amigo con las cinco bolsas de monedas. Luego él fue a la casa de Fredy y así se llamó un tiempo para reclamar a sus medios hermanos con la señora Ema, y luego se cambió a José Antonio, pero el nombre es lo de menos.
