¿Somos un país o un cementerio?
René Avilés Fabila
La tragedia de Guerrero es la tragedia de México. No existe un punto de la nación donde no haya violencia. Cada vez que se llevan a cabo excavaciones, las autoridades encuentran restos de personas asesinadas. No hay estado que carezca de amplias zonas donde los más variados asesinos depositan los cuerpos de sus víctimas. No hay hasta ahora un filme de terror que vea la monstruosidad que los mexicanos vemos diariamente. La realidad mexicana supera toda fantasía de terror. A diario vemos, escuchamos o leemos, en el mejor de los casos, balaceras, asesinatos, violencia desatada. La reacción de los funcionarios es minimizarla y prometer que habrá justicia, que caerán cabezas y todas las sandeces habituales del lenguaje político mexicano.
Según datos de la PGR —datos que nunca han sido satisfactorios— señalan que entre 2007 y 2013 fueron encontrados mil 263 cuerpos en fosas clandestinas, de ellos sólo 651 pudieron ser identificados; 583 permanecen como “no identificados”. Pero habrá que añadir que en el vasto territorio que poseemos hay muchas más víctimas que no fueron denunciadas como desaparecidas o que lo fueron pero jamás hubo una investigación seria, responsable. La violencia, encontrar en calles y campos cadáveres desembrados, brutalmente mutilados, cenizas o cabezas, pareciera ser algo rutinario, algo a lo que nos habíamos acostumbrado. Pero todo tiene un límite: la desaparición y posible asesinato de 43 jóvenes estudiantes ha levantado una indignada protesta social donde no sólo participan los muchachos sino los medios y amplios sectores de la población.
El problema es que el gobierno de la república y los estatales, incluido el capitalino, no tiene capacidad de respuesta, no están preparados para rápidamente dar con los culpables. Los partidos políticos viven más preocupados por los procesos electorales y cuántos votos van a obtener que por convertir la nación en una zona de paz, tranquilidad y progreso, donde la democracia y la justicia social triunfen de modo rotundo.
Por tal razón, la protesta crece, la indignación aumenta. No hay partido político con las manos limpias. La corrupción y los asesinatos masivos son el resultado de una larga lista de errores políticos, de irrespeto a las leyes, de ver la política como un próspero negocio.
No es fácil prever hasta dónde llegará el movimiento estudiantil, ya se suman trabajadores, campesinos, oficinistas. El resto del mundo que tuvo esperanzas en el nuevo gobierno, y pensó que los pactos que cada tanto firman entre partidos políticos tendrían resultados positivos, ha terminado por condenarnos. Somos noticia internacional. Qué pena que no sea por vernos como una nación avanzada y en paz.
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