Eve Gil
Quería hacer un haikú —a la manera de Kaga no chiyo— pero el trazo del kanji le falló.
En su lugar salió un fonema hebreo, un árabe alifato modulante, un chorrillo prietito estilo Pollock…
(p. 86).
Aunque el epílogo de Ricardo Corona a Gladis Monogatari, de Víctor Sosa, explica en forma más que clara la arquitectura de este peculiar libro que, a la manera de Severo Sarduy, fluctúa, anárquico y fluido, entre la novela y la poesía, olvidó esclarecer dos detalles esenciales: ¿Qué es un “monogatari”? ¿Ha escrito Sosa un genuino “monogatari” en el doliente México de principios del siglo XXI?
Con Gladis Monogatari (Fondo de Cultura Económica, conaculta, coneculta, 2014) el poeta de origen uruguayo obtuvo el Premio Internacional Jaime Sabines 2012. Anteriormente ha publicado libros que se caracterizan, asimismo, por su carácter experimental que Cardoso califica —refiriéndose de manera específica a Los animales furiosos— como “fuga de escritura” y “prosa porosa”, entre otros muchos calificativos que omito porque no considero que guarden relación con el que nos ocupa. Con “fuga de escritura” se refiere a una aparente indefinición de género: puede ser novela, poema o cuento, y lo equipara, atinadamente, con Cantos de Maldoror, del también uruguayo Conde de Lautreámont. Por otra parte, la “prosa porosa”, es, cito textual “Prosa contaminada de poesía cuya trama es tejida con sucesivos fragmentos que se interrelacionan sin cesar, fragmentos hechos de restos de filosofías desmesuradas y reminiscencias de pensamientos despedazados”.
A todo esto, ¿qué relación existe entre las características antes citadas y el “monogatari”? El monogatari es un género literario japonés, del que desemboca la novela occidental moderna, y de hecho Sosa hace alusión a la mayor exponente del mismo, desde el epígrafe mismo: Murasaki Shikibu, quien dijo: “…seré considerada una cronista de escándalos, pero no puedo evitarlo”.
El monogatari, sin embargo, se parece mucho más a la épica —La Iliada, La Odisea— que se centra en grandes hazañas que se suceden una a la otra, y arrastran un interminable desfile de personajes y cientos de anécdotas entrecruzadas. En gran medida, Gladis monogatari es, efectivamente, un “monogatari”. El único aspecto que, alegaría algún estudioso, impediría que lo fuera en forma decisiva, es que los “relatos” que pareciera contar con una protagonista exclusiva que responde al nombre de Gladis. Pero no. El propio poeta nos lo revela desde las primeras líneas: Gladis es legión. Gladis es una, sí, pero con la capacidad de partirse en muchas (y muchos). Puede mudar de género, de nacionalidad y de religión. Pasar de diosa a paria. Incluso a cosa. Ser sujeto de contemplación voyerista o explicarse a sí misma. Convertirse en la mismísima Murasaki Shikibu, manipulando el peine imperial para entretejer las trenzas de su inolvidable Genji y, páginas más adelante, aparecer como una manifestante de Tiananmen capaz de diluirse en el tiempo y entre campos de arroz. Estas continuas transfiguraciones de un personaje, que en el fondo nunca de ser una definitiva Gladis, Ricardo Cardona lo califica “escritura performativa”, y en efecto: hay mucho de gestualidad teatral en este discurso. Cientos de “máscaras” intercambiables. Es una voz grandilocuente, hiperbólica, ampulosa, por completo apartada de lo que muchos poetas mexicanos asumen como “vanguardia”, pero puede llegar a ser onanista, demasiado pagada de sí misma o introvertida hasta la exasperación. Gladis monogatari es un monumento al exceso, rasgo que pocos se atreverían a asociar con el ejercicio poético. Se trata, en este caso, de un exceso —o desbordamiento— que remite, en efecto, a la grandiosidad del “monogatarismo”, justo lo opuesto del haikú con quien tiene en común un mismo origen: el Japón donde desde milenios conviven, en perfecta armonía, tradición y modernidad. Desmesura y brevedad. Brutalidad y sutileza.
Víctor Sosa se ha enfundado a conciencia esta virtud tan japonesa de lograr la convergencia de todas las cosas sin rebasar la justa medida. Puede pasar de la descripción de una violación tumultuaria al súmmum de la ternura; incursiona en detalles escatológicos, ataviándolos de palabras que no niegan —el eufemismo no es lo suyo—, antes bien, subrayan el hecho, pero trastocándolo en “eso” tan malentendido que sólo se atreven a llamar poesía sólo cuando no exhibe llagas putrefactas, supuraciones o sangre menstrual (el eterno pleito de la maravillosa Anne Sexton con sus críticos). La Gladis a la que alude el título no es la musa perfecta. Ni siquiera es una mujer. Tampoco La Mujer. En Gladis converge la también muy mal entendida “feminidad”, que no sólo está hecha de dulces aromas, curvas redondeadas y cabelleras fragantes. Femenino es también el dolor del parto, el insidioso sudor de las colegialas, la mujer prisionera en un cuerpo de varón… aquella otra prisionera de unas caderas que los cánones pasaron por alto… es también silencio estratégico y elocuencia lúdica; es aventurera y bonza; traficante de pieles y víctima colateral de un ultraje bélico. Gladis puede ser una escritora de la era Heian, una marroquí deambulando acarreando un canasto con olor a especias; la esposa celosa decidida a borrar a su rival de la historia de su esposo poeta; una paciente psiquiátrica que revolotea entre sus heces o la inquilina de la habitación 213. Es, en concreto, la renuencia a ser estereotípica.
El propio autor podría concretarlo en estas líneas:
…La violencia —de acuerdo— es la partera, pero —al fin— la poesía es lo que queda.
