Juan Antonio Rosado

Las culturas prehispánicas eran verdaderas sociedades de consumos en el sentido propio del término: se cosechaba para consumir los productos sin capitalizarlos, sin acaparar la producción ni controlar los precios a fin de obtener beneficios personalistas. La cultura incaica, en particular, era una estructura socio-ecónomica firme, de carácter colectivista y de tipo tributario. Se concentraba la producción mediante la división del trabajo. Todo era con fines colectivos y esta estructura fue aprovechada en gran medida por la encomienda después de la conquista. No se trata de idealizar los viejos sistemas de producción o consumo, pues siempre ha habido abusos. En buena medida, lo que reclaman las posturas indigenistas es que la forma capitalista —y ahora neoliberal— se contrapone a la visión grupal, colectivista, tradicional de las culturas ancestrales. El reclamo de una obra como Hombres de maíz, de Miguel Ángel Asturias, es en buena parte que el capitalista prostituye a la Madre Tierra. Se talan árboles y se destruyen bosques para sembrar más maíz, dada la demanda, es decir, para vender a la propia madre. Tanto Huasipungo, del ecuatoriano Jorge Icaza, como la mencionada obra, mantienen una visión proindígena y a favor de la visión económica tradicional.
Se llama en quechua “huasipungo” a la microparcela donde el campesino sembraba para sobrevivir a cambio de trabajos serviles para el amo. Desde el título de la novela, ya es claro el carácter colectivista y no individualista. La obra no se titula con el nombre de ninún protagonista, sino con el vocablo con que se designa esa microparcela. Esta novela amarga, calificada a menudo como “épica de la humillación”, nos muestra una sociedad polarizada: por un lado, un bloque en el poder, con los terratenientes, la inversión extranjera, los grandes negociantes, el alto mando del ejército y la Iglesia; por otro, una clase sometida, sin participación política importante, ignorante porque no se le ha proporcionado educación, y sobre todo explotada y humillada, pues no se le permite salir de su nivel de pobreza. Para Jorge Icaza, el campesino es el “subhombre”, la fuerza de trabajo de la que se extrae la plusvalía mediante la explotación.
El prurito de la obra, con personajes como la familia Pereira, Mr. Chapy, Andrés y la Cunshi, el sotanudo y el grupo de cholos, ha sido impactar al lector y lo ha logrado durante ochenta años. Huasipungo es una obra desgarradora, de denuncia, que retrata con crudeza un fenómeno que desgraciadamente sigue siendo actual. Arrebatarle de algún modo su escaso patrimonio a la gente pobre ha sido siempre un juego de niños para los gobernantes (o negociantes que supuestamente gobiernan). ¿Es Huasipungo novela o documento social? Las dos cosas. Como novela, se trata de una obra maestra que debe ser leída y asimilada por todos, a pesar de la franca postura del narrador. Finalmente, su objetivo no es sólo producir arte, sino también despertar la indignación de los lectores y, aunque sea por medio de la palabra escrita, intentar convertir este mundo en un lugar menos infeliz de lo que ya es.