David Moreno Soto
Una gran parte de la obra de José Revueltas son ensayos. En estos escritos, que abarcan la mitad de los 26 tomos publicados en Era, aborda temas de crítica literaria, de estética, políticos, de historia, cinematografía, etc. Pero también teóricos. De hecho se trata de una parte de sus ensayos políticos, pero en los que intenta reflexiones de fondo o de estrategia o de principios. En ellos se esfuerza por resumir, sintetizar y hacer balance de resultados del conjunto de su actividad literaria y política, teórica y práctica, de su experiencia como militante político de izquierda y de las reflexiones que desarrolla en su narrativa y en sus trabajos de crítica literaria.
Sus principales trabajos teóricos son el Ensayo sobre un proletariado sin cabeza, de 1960, y el Ensayo sobre la dialéctica de la conciencia, escrito entre 1970 y 1975, un año antes de su muerte. El primero es el más conocido, de una celebridad incluso emblemática, por su crítica a la izquierda mexicana de la época, principalmente al Partido Comunista Mexicano (PCM), y la reivindicación de la autonomía ideológica del proletariado y por lo tanto de los militantes revolucionarios. El segundo es menos conocido pero viene a ser algo así como un intento de balance no sólo de su experiencia militante sino de la de todo el movimiento socialista del siglo XX. Es, pues, su testamento político.
Ambos ensayos guardan una estrecha relación entre sí y con las principales novelas de Revueltas, Los días terrenales (1949) y Los errores (1964). En estas obras reflexiona los mismos problemas que aborda en aquellos ensayos y son, junto con éstos resultados de sus principales esfuerzos, en los que pone en juego su mayor empeño por comprender su mundo y a sí mismo. Pero sobre todo son intervenciones políticas. Cuando escribe el Proletariado sin cabeza está saliendo de un largo periodo de profunda depresión que duró una década a raíz de la polémica suscitada por su novela Los días terrenales, publicada en 1949, y su retractación respecto de las ideas plasmadas en ella. En esta novela critica implacablemente a los estalinistas mexicanos, sus métodos y formas de acción, a través de sus modos personales de pensar, de actuar y de sentir. Sin embargo, es evidente que esos modos personales no son exclusivos de los estalinistas mexicanos sino de todos los estalinistas. Se trata pues de una crítica del estalinisno en general. Es justamente ese carácter personal, concreto, sólo posible mediante la narrativa, lo que le da a su crítica la profundidad y el alcance de una crítica del estalinismo.
Hay que destacar que comienza a escribirla en 1943 —tras su expulsión del PCM, ese mismo año—, es decir en plena guerra mundial, apenas a seis años de los procesos de Moscú y a tres del asesinato de Trotsky, pero 13 años antes del XX Congreso del PCUS, en el que el entonces primer secretario del Partido Comunista de la Unión Soviética, Nikita Jruschov denunciara los “crímenes de Stalin” y del “culto a la personalidad”.
La novela fue motivo de una encendida polémica, atacada virulentamente por distintos personajes de izquierda de diverso nivel, desde celebridades como Pablo Neruda y Vicente Lombardo Toledano hasta otros de menor fama y nivel, hoy olvidados. Al principio de la polémica Revueltas contesta de modo brillante y contundente. pero al cabo de unos meses termina derrotado y aceptando las críticas de sus polemistas. Comienza así un periodo oscuro de su vida, de derrota moral y degradación, que culmina con su reingreso en el PCM en 1956, y del que pudo salir con el impulso de la desestalinización parcial que se iniciara aquel mismo año con el XX Congreso del PCUS.
En el Proletariado sin cabeza, Revueltas retoma las críticas desarrolladas en su novela para denunciar los errores de estalinistas mexicanos y las lleva más lejos, hasta la crítica de la tesis del “socialismo en un solo país” como la condición de posibilidad del ascenso del estalinismo. Pero también cree que esta premisa es abolida por la existencia de un sistema de países socialistas, es decir que el socialismo, que estuvo estancado y desviado al permanecer encerrado en un país aislado, puede realizarse al salir de Rusia y expandirse en un “sistema de países socialistas”, lo que le permite extenderse en cada vez más países e ir más allá del estalinismo. Es decir pues, que el socialismo sólo es posible en el plano internacional.
En 1960, Revueltas es de nuevo expulsado, del Partido Comunista, con el que rompe ahora de forma definitiva, y publica el Proletariado sin cabeza. Esta organización será la plataforma programática sobre la cual funda la Liga Leninista Espartaco, de la que será también expulsado en 1963, y al año siguiente publica la novela Los errores, en la que retoma y profundiza su crítica del estalinismo.
Por otro lado, el Ensayo sobre la dialéctica de la conciencia, que comienza a escribir en la cárcel en 1973 y termina al salir libre, en 1975, comienza como una reivindicación del movimiento estudiantil en polémica con el periodista Víctor Rico Galán, preso desde 1966, que intenta descalificarlo por no aportar nada original como experiencia política. En contra de esta perspectiva, José Revueltas intenta sistematizar el carácter autogestivo como el aporte específico del movimiento estudiantil a la política de izquierda en general y a la revolucionaria en particular.
Hay que subrayar que esta revaloración política del movimiento estudiantil continúa la perspectiva de la autonomía organizativa e ideológica del movimiento socialista que Revueltas defiende en el Proletariado sin cabeza, en el que señala que precisamente esta falta de autonomía es el factor que aísla a la organización revolucionaria de las masas y de los procesos reales de la vida nacional y, dentro del partido, escinde las masas de la dirección. Esta falta de autonomía impide la acción política eficaz y cancela la posibilidad de la crítica ideológica y teórica y por lo tanto de la comprensión de las realidades y los procesos políticos nacionales.
Sin embargo, el escrito de JR pasa de la reivindicación de la política autogestionaria y deriva en una crítica del sectarismo en su aspecto de “actividad grupuscular” en la izquierda, obviamente desde la perspectiva leninista, y desemboca en un balance de la historia del siglo XX desde la perspectiva de la experiencia del movimiento socialista.
En ambos trabajos, Revueltas se esfuerza por darle a sus tesis un sustento teórico marxista. Así, en el Proletariado sin cabeza Revueltas glosa las obras del joven Marx —la introducción a la Crítica de la filosofía hegeliana del derecho, La sagrada familia, los Manuscritos económico-filosóficos de 1844— y en Dialéctica de la conciencia también, comenta los Manuscritos de 1844 e intenta conectarlos con El capital, además de las obras de Karel Kosik, Georg Lukacs, Henri Lefebvre… Más aún, se trata de una discusión directamente con Adolfo Sánchez Vázquez, otro intelectual y hombre de partido (comunista español). La discusión es más bien implícita, pero a fondo.
El balance es oscuro, siniestro. Concluye en la derrota del socialismo, el fracaso de todo intento de emancipación de la humanidad. Se trata de la misma conclusión a la que llega en Los errores. El gran error no estriba en el modo en que se intentó la revolución sino en el hecho de haberlo intentado.
Sin embargo, la pretensión de fundamentación teórica de una postura política indica ante todo una seriedad muy poco frecuente entre los militantes de izquierda no obstante que resultan fallidos sus esfuerzos por superar las premisas de sus enemigos que sin embargo no puede dejar de compartir.
Son pues textos poco leídos y valorados, pero de gran importancia para Revueltas como militante de izquierda, hombre de letras e intelectual. Son ciertamente textos contradictorios, lo que desde el punto de vista teórico es una debilidad. Revueltas no logra sustentar un pensamiento coherente pero, paradójicamente, porque él quería ser congruente. Así asumió las contradicciones de su condición como hombre de partido y de izquierda tal como él podía entender en su tiempo esa condición.
En su época sólo se podía ser militante de izquierda como marxista, pero sobre la base de la ortodoxia leninista y del compromiso, incluso previo, con el régimen estalinista de los partidos comunistas. Este compromiso contradecía el intento de criticar y orientar la lucha a partir de la teoría marxista. Pero él simplemente intentaba lo que había que hacer y que nadie más hacía, y al hacerlo se vio obligado a desplegar esas contradicciones, a llevarlas hasta sus últimas consecuencias.
Esta congruencia plantea un problema que preocupa a mucha gente incluso hoy día: cómo ser de izquierda. En su tiempo la cuestión no era fácil pero sí simple: ser de izquierda era ser marxista ortodoxo. Pero en su tiempo la gran dificultad que él quiso enfrentar, en la que finalmente sucumbió, era la imposibilidad de orientar la ortodoxia marxista contra el estalinismo.
Texto presentado en la Feria del Libro del Zócalo
Octubre de 2014
