CIENCIA
Aterrizó en un cometa a 510 millones de km de la Tierra
René Anaya
El aterrizaje no fue tan espectacular como los logrados por sondas espaciales que han llegado a Marte; sin embargo, la llegada del primer artefacto humano a un cometa es una gran hazaña, que debería haber conmovido a toda la gente. En nuestro continente no sucedió así, tal vez porque la misión es de la Agencia Espacial Europea (ESA, por sus siglas en inglés).
La hazaña ha sido muy importante, pues demuestra los avances científicos y tecnológicos que han logrado que una nave se pose en un cuerpo a 510 millones de kilómetros de la Tierra y envíe información del cometa.
Una larga misión de dos décadas
Todo empezó hace unos 20 años, cuando la ESA aprobó la misión para colocar una nave en un cometa. Hace diez años, el 2 de marzo de 2004, se lanzó la nave Rosetta con el robot Philae a bordo, con destino al cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko, llamado así porque fue el cometa periódico número 67, descubierto en 1969 por Klim Churyumov gracias a una fotografía tomada por Svetlana Gerasimenko, ambos de la antigua Unión Soviética.
El cometa se acerca al Sol cada seis años y medio a una distancia de hasta 185 millones de kilómetros, un poco más alejado que la Tierra, que está a 150 millones de kilómetros. Actualmente, se encuentra a 510 millones de kilómetros de la Tierra, entre las órbitas de Júpiter y Marte.
El encuentro con 67P/Churyumov-Gerasimenko se produjo después de que la nave Rosetta recorrió 6400 millones de kilómetros, en una trayectoria en que se acercó tres veces a la Tierra y una a Marte, para obtener el impulso gravitatorio necesario para alcanzar la órbita del cometa, según refirió la ESA.
En su trayecto también estudió dos asteroides, el Steins y el Lutetia; finalmente el 6 de agosto de este año, Rosetta se convirtió en la primera nave en reunirse con un cometa. Asimismo, su cercanía con el cometa permitió revelar que emite 300 mililitros de vapor de agua por segundo, su temperatura promedio es de -70°C, está cubierto en su mayor parte de polvo oscuro, y no de hielo. También se descubrió que su núcleo lo forman dos masas independientes o lóbulos unidos por una especie de cuello, con forma de pato.
Estos hallazgos podrán contribuir a conocer mejor nuestro origen, ya que se ha planteado que los cometas son una especie de ladrillos primitivos o agregados de polvo y hielo con los que se formó el Sistema Solar y que, incluso, fueron los responsables de traer agua a nuestro planeta. “Los planetas ahora están muy alterados por las transformaciones que han sufrido a lo largo de su evolución, mientras que los cometas no, ellos conservan el material original”, ha afirmado el británico Martin Kessler, de la ESA.
El aterrizaje de Philae
Después de estudiar las imágenes captadas por la nave, los investigadores de la ESA decidieron que Agilkia era el mejor lugar para el descenso del robot Philae. Agilkia es la región menos accidentada, ya que “la mayor parte de la superficie del cometa está cubierta de rocas —algunas del tamaño de una casa— y de pronunciadas pendientes, fosas profundas y grandes acantilados”, según describió la ESA en un comunicado.
El 12 de noviembre descendió el robot en el cometa, pero unos arpones que lo fijarían al suelo no se desplegaron como debía de ser, por lo que rebotó dos veces en su superficie y se alejó un kilómetro de Agilkia. Durante el descenso, se obtuvieron imágenes que muestran la superficie del cometa cubierta de polvo y fragmentos que van de un milímetro a varios metros. En su lugar de aterrizaje, Philae, del tamaño de un refrigerador y peso de 100 kilogramos en la Tierra y de un gramo en el cometa, sólo desplegó dos de sus tres arpones.
Además de esa probable inestabilidad, el lugar no estará tan iluminado como Agilkia, que cuenta con seis horas de luz solar, lo cual ayudaría a Philae a cargar sus baterías con sus paneles solares. En contraste, en el sitio donde se posó solamente recibe luz solar durante 90 minutos, lo cual ha impedido la recarga del robot.
Aun así, la misión ha sido un éxito. Con el resto de sus baterías, los científicos lograron elevar el robot cuatro centímetros y lo hicieron girar 35 grados, con el propósito de que reciba más luz; asimismo, pusieron a funcionar un taladro que recogió muestras del suelo, las cuales serán analizadas por el equipo que lleva a bordo.
Estas maniobras, a 510 millones de kilómetros de la Tierra, probablemente permitan que Philae recargue sus baterías en las próximas semanas, cuando los paneles queden más expuestos a la luz solar. Entonces, podrían desvelarse algunos misterios de nuestro origen.
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