“La solución no puede ser tan simple como
la de una renuncia, sea la de quien sea”
En tiempos violentos, o de paz
Marco Antonio Aguilar Cortés
Pronto celebraremos 104 años del inicio de la llamada Revolución Mexicana. Su cumpleaños se preestableció, antes de su nacimiento, en el Plan de San Luis, suscrito y publicitado desde Estados Unidos de América.
Así, esa Revolución de 1910, independientemente de sus causas internas innegables, tuvo en su etiología la voluntad, los dólares, armas y municiones provenientes del gobierno gringo.
El millón de muertos los puso el pueblo de México y, también, es incuestionable que en su desenvolvimiento generó aportes importantes para el desarrollo de los mexicanos.
Todo en este mundo tiene pros, y posee contras; la Revolución Mexicana no es la excepción de esta regla. Curiosamente, los mismos que anduvieron en ella le denominaron la Bola.
El abogado y escritor mexicano Emilio Rabasa (1856-1930) de esa manera tituló su novela, y el país: “Éste es el país de los hechos consumados… el país de las aberraciones… el de la ¡Bola!”
Y ese término bola, en una de sus acepciones, significa masa; es decir, ambos conceptos equivalen a un numeroso conjunto de humanos enlazados, pero totalmente deshumanizados, ya que se comportan como un simple rebaño que no razona, no piensa ni valora, sino que obedece ciegamente a sus impulsos, o a quien los maneja a su antojo en virtud de intereses inconfesables.
Esas bolas o esas masas no son exclusivas de la violencia, sino también se dan en la paz; y, en ambos casos, toman lo peor de sus circunstancias.
Por ejemplo, en la paz son manipuladas estas masas para creer religiosamente en algo, ir de compras bajo el inductivo lema de El buen fin, o para votar por alguien.
En la vorágine de la violencia son usadas estas bolas para linchar mediáticamente a cualquiera, quemar autos, destruir edificios catalogados, arrasar a su paso cuanto dispongan sus manejadores, aplaudir a los asesinos, y maldecir a los inocentes.
En el tiempo que vivimos estamos padeciendo, entre otras cosas, una serie de manipulaciones de masas, de todos los signos, de todos los partidos, en todas las direcciones. Esto agudiza y reactiva la mayor de las crisis sociales que México ha vivido en los últimos años.
Ya no son aquellas masas que analizara con talento en los años veinte del pasado siglo el ameritado maestro español José Ortega y Gasset (1883-1955) Su obra La rebelión de las masas era referida a quienes advenían a la vida y ya no encontraban lugar fácilmente.
Ahora nuestras masas son devastadoras, sembradoras de la destrucción en la violencia como en la paz. Catastróficas, pacífica como furiosamente.
Y la solución no puede ser tan simple como la de una renuncia, sea la de quien sea. Lo que vivimos es otra cosa. Requerimos apaciguarnos. Dejar de hacer polvaredas, para poder visualizar todas los caminos de solución; y, entre todos, resolver reflexivamente.
