Juan Antonio Rosado
Hay distintos modos de resolver desacuerdos, discordias, malos entendidos, rencores, resentimientos, odios o recelos, sobre todo cuando se anteponen intereses personales (el dinero o la riqueza en general, el orgullo, el llamado “honor” u otras banalidades). La primera y más común manera de resolver un desacuerdo es a puñetazos, mediante la violencia, o la guerra si se trata de naciones. Se obedece al instinto destructivo contra el otro porque al anteponerse, nuestro interés intenta anular o modificar al otro. El segundo modo de resolver desacuerdos es a través de la persuasión: el chantaje, las promesas, los premios y recompensas, pero también amenazas y castigos, o cualquier otro elemento que ataque nuestras emociones y nos mueva, en la esfera pragmática, a actuar o a no actuar de determinada forma. Por último, la tercera y menos común manera de resolver discordias es por medio de la razón: intentar convencer (en la esfera mental) al otro, tratar de hacerlo cambiar de opinión (o cambiarla nosotros).
El concepto de ahimsa, que en lengua sánscrita significa “no-violencia” fue acuñado por los jainas alrededor del siglo vi antes de nuestra era. El origen de este concepto no es otro que la renuncia a la verdad. El jainismo (religión atea) utilizaba con frecuencia la célebre parábola de los seis ciegos que rodean a un elefante: un ciego toca la pata y afirma que el paquidermo es como una columna; otro toca la cola y sostiene que es una cuerda; uno más palpa la trompa y asegura que es como una rama; el que toca la oreja dice que es parecido a un abanico; quien toca la panza la confunde con una pared; por último, el que toca el colmillo asevera que es como un tubo. ¿Quién posee la verdad? Lo anterior impulsó a los jainas a renunciar a ella y afirmar que cada hombre, cada religión, cada filosofía no posee sino una parte de la verdad. Dios no existe y el universo es increado. Esta idea llevó al jainismo a una tolerancia inaudita. Aun hoy existen jainas que barren el piso para no pisar ni a una hormiga. Respetan toda forma de vida y fueron ellos, con seguridad, quienes introdujeron el vegetarianismo en India, pues hay testimonios de que antes la ingestión de carne era común.
“Mahatma” Gandhi, un hinduista ramaíta que murió exclamando “Herr Ram”, es decir, “Oh Rama”, creció cerca de una comunidad de jainas y desde pequeño asimiló el concepto ahimsa, con el que venció al imperio británico. Es lamentable que la ignorancia piense que Gandhi asimiló el concepto de no-violencia gracias al cristianismo, religión violenta por antonomasia (el mismo Jesús destruye las mercancías de los mercaderes del templo, que vivían gracias a ella; seca una higuera porque deseaba un higo y el árbol no se lo dio, y afirma que ha traído la espada, al mismo tiempo que predica el perdón y pone la otra mejilla). Gandhi pertenece a una tradición muy arraigada y es insensato adjudicarle influjos extraños, aun cuando haya vivido en una Inglaterra puritana e hipócrita. De las tres formas enunciadas al principio para resolver conflictos, Gandhi usó la persuasión y la razón. Sin embargo, ¿qué hubiera hecho si no se hubiera enfrentado contra el imperio británico sino contra Hitler, contra los nazis? ¿Es que con ellos hubiera funcionado la no-violencia? “¿La no-violencia serviría contra Hitler?!, le preguntó la periodista Margaret Bourke-White. Después de un sintomático silencio, Gandhi respondió: “No sin derrotas y grandes sufrimientos”. Pero nada se sabía sobre la maquinaria hitleriana de masacres masivas, lo que nos lleva a pensar que la no-violencia jamás hubiera funcionado contra Hitler. Moraleja: hay ocasiones en que sólo funciona la contraviolencia, es decir, la reacción violenta para contrarrestar a la violencia, de ahí que a lo largo de la historia hayan surgido guerrillas, levantamientos y revoluciones. Pero lo mejor es siempre dialogar con las antenas de la razón, creadora de normas, códigos y éticas.
