Rubén Sánchez Monsiváis
Quiero referirme a la relación personal que tuve con la doctora María del Carmen Millán, que simplemente se limitó a la que se establece entre alumno y maestra.
Recuerdo que en 1969 cuando volvimos a clases, luego del movimiento de 1968, nos reintegramos a las actividades académicas normales de la carrera de Letras Españolas, con el sentimiento de frustración y miedo que nos había dejado la matanza de Tlatelolco.
Los días previos al inicio de clases nos acercábamos a las vitrinas, donde aparecían las asignaturas curriculares y los maestros que las impartían, para escoger las materias y los horarios. Entonces preguntábamos a los compañeros que ya habían cursado esa materia, qué tal era el maestro, las referencias que nos daban nos ayudaba a tener una idea de lo que podíamos esperar. Había maestros que acaparaban las recomendaciones favorables, entre ellos Sergio Fernández, que gozaba de gran fama, hasta el punto de que muchos asistían a sus clases en calidad de oyentes, aunque se decía que era temperamental; también se mencionaba a Rosario Castellanos, a Adolfo Sánchez Vázquez, a Juan Manuel Lope Blanch, a Juan José Arreola, a Luis Rius (el preferido de las mujeres) y a María del Carmen Millán, que según todas los comentarios era muy exigente y solía ridiculizar a los alumnos que respondían mal sus preguntas o que cometían algún error o una falta de ortografía.
Ese tercer semestre teníamos que llevar Investigaciones Literarias I, que era precisamente la materia que impartía la doctora Millán. Todos los alumnos estábamos apercibidos de que debíamos andar con pies de plomo y sólo participar en la clase cuando estuviéramos seguros de poder dar la respuesta acertada.
Cuando acudimos a la primera clase, nos enfrentamos al gesto adusto de la maestra Millán, que nos esperaba sentada ante su escritorio y nos miraba directamente a los ojos, al menos esa fue nuestra percepción. En el salón había 70 pupitres y todos estaban ocupados, pero aun así no se escuchaba un solo ruido. La doctora habló con voz enérgica y nos explicó la mecánica de la clase, las lecturas obligatorias y los materiales que serían útiles para el curso. Al final dijo que para la siguiente clase deberíamos leer un cuento del Llano en Llamas de Juan Rulfo, “Diles que no me maten”.
La segunda clase quedó grabada en mi memoria de manera indeleble. Una vez que pasó lista de asistencia, la doctora María del Carmen Millán se puso de pie (era de baja estatura, pero aún así imponía su presencia) y preguntó quién había leído el cuento. Vi con sorpresa que casi todos levantaron la mano; entonces se dirigió a una de las alumnas que deseaba demostrar que había cumplido con la tarea: “Muy bien, dígame de qué trata, Diles que no me maten. Nuestra compañera, un tanto desconcertada ante la pregunta, titubeó antes de iniciar su narración: “Bueno… trata de un señor que estaba sentado…” La maestra la interrumpió “¿Dónde dice que estaba sentado?, ¿de veras leyó el cuento? A ver quién más quiere seguir con el resumen sin agregar nada a lo que está escrito”. Se levantó otro alumno y reinició el relato: “es un campesino que le dice a un amigo que vaya a..”. Una nueva interrupción: “¿Dónde dice que es un campesino?”. Seleccionó a cinco alumnos más, que cometieron errores semejantes. A continuación el tono de su voz se hizo metálico, y nos dio una reprimenda; he de admitir que merecida, porque en su opinión no sabíamos leer. “Lean lo que escribió el autor, no inventen. Cuando aprendan a leer apreciarán realmente las obras.”
Aunque tenía cierto hábito de lectura, y me preciaba de poder citar más de tres obras que habían marcado mi vida, el temor a responder mal una pregunta o de cometer alguna equivocación, hizo que releyera el cuento de Rulfo y que en lo sucesivo me apegara estrictamente a lo escrito por los autores.
En las clases sucesivas tuve participaciones que por lo menos no merecieron sus comentarios sarcásticos. Conforme avanzó el curso, pude darme cuenta de que su método de investigación era un tanto rígido y tradicional, aunque detallado. Cito un ejemplo, teníamos que trabajar con tarjetas, que debíamos llenar por ambos lados con nuestras observaciones sobre los personajes, el argumento de la obra, el tema, la estructura, etc. Además, estas tarjetas debían ser archivadas en un tarjetero con divisiones para que pudiéramos mantenerlas en orden. Esta forma de trabajo era contraria a mis tendencias al caos o al desorden, pero no tuve más remedio que adoptarlas, pues deseaba aprobar la materia y ganarme el aprecio de la doctora Millán.
La prueba final vino cuando nos dividió en equipos de cinco alumnos, para que cada grupo realizara un trabajo de investigación sobre la obra de un escritor mexicano. A nosotros nos asignó la obra de José Revueltas. He de aclarar que ninguno de los miembros del equipo había leído uno solo de sus cuentos, no se diga ya una de sus novelas. Así que la primera actividad que realizamos consistió en dividir, de manera inequitativa, la lectura de sus novelas y cuentos. En el equipo había dos mujeres que trabajaban medio día, y ellas pidieron que les dejáramos los libros con menos páginas. Los hombres también trabajábamos, pero aceptamos hacernos cargo de los más voluminosos. De hecho, la mayor carga de trabajo la llevamos Eleazar López Zamora, quien llegó a ser el primer director de la fototeca, y yo. Los dos estábamos entusiasmados en esa época con las ideas marxistas, así que cuando leímos Los Muros de Agua, nos propusimos leer todos los libros escritos por Revueltas, y no sólo éstos, sino otros títulos que nos sirvieran para entender mejor a este notable autor. Me tocó leer Desciende Moisés de William Faulkner, porque algunos críticos decían que Revueltas tenía influencia de este escritor estadounidense; pude darme cuenta de que esta idea era absurda. En esa época apareció una entrevista a José Revueltas en la que se le preguntó si reconocía tal influjo, pero él contestó que nunca había leído a este autor. Leímos además, Las ideas estéticas de Marx, de Adolfo Sánchez Vázquez, la Estética de Georg Lukács y Los Hermanos Karamazov de Fedor Dostoievsky, porque todos los críticos coincidían en que era evidente la impronta del escritor ruso en el mexicano.
Mientras tanto, proseguían las clases de la doctora Millán, quien iba llamando a los capitanes de los equipos para revisar el avance de sus trabajos. Inexorablemente llegó mi turno, y me presenté para mostrarle el tarjetero, muy bien elaborado por nuestras compañeras que tenían estudios secretariales, y comentarle nuestra apreciación general de las obras leídas. Naturalmente prodigué todos los elogios que se me ocurrieron en torno a la obra de Revueltas, sobre todo por su ideología. La doctora Millán me miró un tanto decepcionada, y me dijo que infortunadamente ese era un error común en el que caían quienes leían a este autor, pues si concordaban con su ideología lo consideraban magnífico, o si tenían una opinión opuesta, lo denostaban. Me dijo que se trataba de analizar su obra literaria, no su ideología.
Afuera del salón me esperaban los demás miembros del equipo, quienes al ver mi expresión intuyeron que no me había ido bien. Les comenté las observaciones que me había hecho la maestra y les dije que tendríamos que rehacer el trabajo. La noticia los dejó paralizados, pues faltaba poco para la entrega final, y la verdad no sabíamos por dónde empezar.
Totalmente desconcertado acudí a ver a mi guía, cuando de literatura se trataba, Carlos Monsiváis, quien se limitó a sugerirme que leyera La Condición Humana de André Malraux. Con la lectura de este libro pude cambiar mi perspectiva sobre la obra de José Revueltas, y apreciar sus cualidades como escritor, desde una perspectiva literaria. Me reuní de nuevo con los miembros del equipo, pero quedaban ya sólo dos días para la entrega final. Escribimos casi sin descanso, pero no logramos terminar bien el trabajo.
Cuando la doctora Millán nos llamó para darnos la calificación, que era de ocho, nos sentimos frustrados porque habíamos realizado un gran esfuerzo. Sin duda lo leyó en nuestra expresión, pero se dirigió especialmente a mí, pues era el principal responsable: “Se perdió en el bosque, Rubén”.
Medité en sus palabras y tuve que reconocer que de paso había extraviado a mis compañeros, por fortuna no me lo reclamaron. Se puede pensar que de esta experiencia no saqué mucho provecho, y así lo creí durante algún tiempo, pero meses después empecé a trabajar en una editorial trasnacional y me percaté de que la forma de lectura que había aprendido con la doctora Millán era de gran utilidad al momento de evaluar los manuscritos originales que presentaban diversos autores para su publicación. Gracias a la lectura textual podía ver sus deficiencias o sus aciertos, y recomendar o no su publicación. Además era capaz de encontrar las fallas en la estructura de las obras, que sobre todo eran textos escolares, y de guardar cierta objetividad en mis evaluaciones. Por fortuna persistió mi afán de indagación lo que me permitió aprender jergas profesionales como económica, psicológica y médica.
En los años siguientes, vi en varias ocasiones a la doctora María del Carmen Millán en la facultad o en actividades culturales, incluso cuando ya era directora del Canal 13, y siempre me saludó con mucha amabilidad; me preguntaba a qué me dedicaba. Creo que le comenté que era editor de libros escolares, sin embargo, nunca le agradecí sus enseñanzas, las huellas imborrables que dejó en mi formación profesional.
