Alejandro Alvarado
En El Águila y el Gusano (Penguin Random House) Hugo Hiriart presenta una novela escrita en el género llamado acción en prosa, al cual pertenecen La Dorotea o La Celestina. Son novelas teatrales escritas con puro diálogo. La situación que está viviéndose en México llevó al autor a manifestar su inconformidad, escribiendo una crónica de lo que está sucediendo.
—Como tantísima gente, yo me encuentro indignado —manifiesta el autor—, mi indignación va creciendo y en un momento me puse a escribir sobre eso. Me indigna que nada de lo que se hace en beneficio del país obtenga resultados, que nada traiga consecuencias; me enerva la mentira y el secreto en que se hace todo, me enfurece que aprehendan al Chapo Guzmán y no le decomisen su dinero, que lo dejen manteniéndose en su misma situación económica. Si el Chapo es un criminal de los más peligrosos y de los más ricos del mundo, dígame usted ¿por qué el gobierno de México le dejó su dinero cuando lo aprehendió?
—¿Nos puede hacer un balance más a fondo del México actual?
—Ha empeorado. Ahora la gente es más inepta, pero más astuta; igualmente decidida a no combatir de ninguna manera la corrupción, a dejarla pasar. Así es imposible hacer nada, no puede combatirse al crimen organizado, el cual está montado en la corrupción. La policía es la esencia de eso, está enlodada en todas las acciones negativas. Protege a las bandas de forajidos y ante los impresionantes delitos que éstos cometen, se hace de la vista gorda. Están enlodados todos: desde los policías del nivel más bajo, a los comandantes, o a sus superiores. Es muy triste enterarse de que la alcaldesa de no sé dónde, el hijo de tal gobernador y hasta ¡el secretario de gobierno de Michoacán! están inmiscuidos con el narco. Mientras eso no se ataque, no se ve una vía de solución a esto.
El temple social se ha desmoronado. Las personas sólo piensan en el dinero, son sádicas y mentirosas; en ellas, ya no hay honor ni cortesía. La sociedad está pasmada. No es posible que al cine sólo pueda ir el diez por ciento de la población. La gente está sometida a una marginación indescriptible, en la que está incluida la inmensa mayoría; y la minoría, en la que estamos nosotros que leemos periódicos y libros, no se da cuenta del grado de ansiedad y de dolor que padecen los otros. Yo, por eso, doy clases en la Universidad de la Ciudad de México, porque es la universidad proletaria. Mis alumnos, por lo regular, trabajan. Son proletarios que se cultivan y tratan de mejorar su vocabulario.
—¿Cree usted que la mayoría de ciudadanos en México vive desinteresada de cómo manejan los políticos al país?
—Es importante señalar que en México no se lee. La estadística no baja más porque estamos en la línea más inferior. Pero, ¿cree usted que una persona que vive en una colonia periférica y gana tres mil pesos al mes tiene ganas de leer nada? No puede leer porque está marginado culturalmente. La mayor parte de la gente que sale de la escuela es analfabeta funcional, dado que no puede leer. Empieza un párrafo y cuando llega al final ya se le olvidó lo que había leído antes. No nos damos cuenta pero la situación es espantosa. No sé si sea grave pero la gente está completamente pasiva. Es lógico que estas personas desinteresadas no viajan en automóvil propio ni van a la casa de alguien a comentar sus problemas o los del país, o sobre el estreno de alguna obra de teatro. No entienden ni les importa la opinión de los otros. Muchas personas que viven en los poblados más atrasados no saben siquiera quién es el presidente o, al menos el nombre de su diputado o de un secretario de estado. Esto es muy triste. Entonces, apenas una novela fársica, como El Águila y el Gusano refleja un poco el desamparo en que estamos, un poco de la burla de estos cabrones.
—En su novela El Águila y el Gusano los personajes parecieran moverse muy independientes de la trama…
—Los personajes son más importantes que la trama. Una novela, como El Quijote, con una trama muy débil pero con buenos personajes queda bien; en cambio, en los libros de trama muy ingeniosa llama la atención, pero no estos no son libros sólidos. Aunque en una historia, las dos cosas se necesitan; por débil que sea la trama alguna debe tener.
—¿Cómo maneja usted el humor en hechos reales?
—El humor no se maneja. A veces a algunos autores, como a mí, así nos salen las cosas, con gracia. No sabemos por qué. Yo no soy chistoso, nunca en mi vida he contado un chiste pero cuando escribo, lo que escribo a veces provoca la risa. Creo que eso viene en parte de una actitud que tengo ante la literatura y ante la existencia. Soy una persona que detesta la solemnidad. La solemnidad es una posición que nunca me ha gustado, es muy sospechosa. Me parece que esconde estrategias de dominio y, además, es ridícula. Como mi libro no contiene solemnidad es muy fluido.
