Juan Antonio Rosado
En 1986, tres años antes de su muerte, se le entregó una medalla a la sinaloense Inés Arredondo (1928-1989) por sus méritos literarios. Durante la ceremonia, los representantes oficiales emitieron, como buenos políticos, sus elogiosos discursos. En la mesa, Arredondo le preguntó a su vecino, el gobernador del estado, si él la había leído. El político permaneció callado. Con ironía, la escritora le preguntó entonces si la medalla era realmente de oro. Después del acto, Arredondo le dijo a un periodista: “Los gobernantes siempre se han adornado con los artistas, aunque los maten de hambre”. Como Juan Rulfo o Josefina Vicens, Arredondo escribió una obra breve: supo decir porque supo callar. Al recibir el Premio Xavier Villaurrutia, comentó que le daba gusto el premio, pero “los actos sociales de la literatura no me interesan, son vacuos”, pues el creador debe permanecer en la marginalidad.
Extraigo estas anécdotas del libro Luna menguante: vida y obra de Inés Arredondo, de Claudia Albarrán, quien sostuvo un intenso y penetrante diálogo con la obra literaria y crítica de la cuentista. Para Albarrán, Arredondo forma parte de un mito “constituido más por el silencio que por las palabras”. La vida de la sinaloense, su relación con autores como Juan García Ponce, Juan Vicente Melo, Huberto Batis o Tomás Segovia ha dado lugar a habladurías, pero sus cuentos —lo verdaderamente trascendental de su vida— se siguen leyendo poco y a veces mal. Entre las malas lecturas está la feminista, criticada por la autora, entre otras cosas porque siempre se resistió a que la incluyeran entre las feministas: ella era una artista y el arte carece de sexo: es impersonal, atemporal y va siempre más lejos de quien lo produce: “no creo en el feminismo, no existe para mí —dice Arredondo—; a mí me gustaría estar entre los cuentistas, pero sin distingos de sexo, simplemente con los cuentistas”. Por fortuna, su obra ha recibido ya la mirada de una crítica especializada.
Arredondo, quien enfatizaba las situaciones interiores de sus personajes, estaba obsesionada con la palabra y rumiaba “la verdad de cada una de las palabras” que se integrarían a su cuento: “En mi prosa no hay desperdicios. Me impongo la disciplina de buscar la palabra exacta, no me conformo con sinónimos”. Esta voluntad de perfección dio frutos exquisitos en los que además, como afirma Albarrán, “se pone en duda el maniqueísmo de la moral al uso: el bien y el mal, la bondad y la maldad, la inocencia y la culpa no son en los cuentos nociones ni valores establecidos, sino que se entremezclan, se tocan hasta confundirse mutuamente”. En otras palabras, se rompen las dualidades y se llega a una extrema ambigüedad. Por ello uno de los leit motiv de estos cuentos es la constante puesta en duda de los valores establecidos, de la moral tradicional. La señal, Río subterráneo y Los espejos siguen siendo obras reveladoras e inagotables desde el punto de vista semántico.
