Tayde Acosta Gamas

 

Para Silvia Lemus Fuentes

 

Carlos Fuentes es uno de los escritores más célebres de nuestro país, su vasta obra ha plasmado una huella perdurable en toda la literatura hispanoamericana y del mundo. En sus relatos ha dejado constancia de los tópicos, los hechos y la memoria de México desde un ángulo cosmopolita y actual. Su producción es una recolección de historias que se bifurcan entre el recuerdo y la imaginación.

La figura pública de Carlos Fuentes es, al mismo tiempo, tan significativa como su presencia literaria. El intelectual ávido de una curiosidad por el mundo que le rodea, al pendiente siempre de la agenda cultural, política y social de todo el orbe, su opinión nunca pasó inadvertida y ejerció un considerable influjo entre intelectuales, políticos y otras personalidades.

Es un artista como pocos, supo entender la complejidad del “tiempo mexicano”, su escritura es fuente permanente de reflexión que enriquece la apreciación que tenemos de nuestro presente y de nuestra realidad.

En el año de 1951, Carlos Fuentes regresa a México después de realizar estudios en la Universidad de Ginebra, se instala de forma permanente en la ciudad donde inicia su carrera de Leyes en la Universidad Nacional Autónoma de México. Bajo el influjo del gran Alfonso Reyes comienza su labor escritural.

Carlos Fuentes es junto a Miguel Alemán Velasco, Raúl Ortiz y Ortiz, Luis Prieto, Víctor Flores Olea, Enrique González Pedrero, Mario Moya Palencia y Porfirio Muñoz Ledo, parte de la generación de Medio Siglo de la Facultad de Derecho de la UNAM. El 15 de diciembre de 1952 funda la revista Medio Siglo, Expresión de los estudiantes de la Facultad de Derecho, con un Consejo Técnico constituido por Arturo González Cosío, Miguel Hisi Pedroza, Jenaro Vázquez Colmenares y Porfirio Muñoz Ledo. El Consejo de Redacción estaba conformado por el propio Fuentes, Sergio Pitol, Salvador Bermúdez Castro y Víctor Flores Olea.

En la nota Editorial se menciona que “…el medio siglo, reviste dos aspectos fundamentales; primera, ser el momento en que terminan cinco décadas abismales de nuestra centuria, para abrirse a los ojos humanos el panorama de un mundo nuevo. Pero el medio siglo, no sólo tiene la apariencia temporal, sino que reviste, además, una esencial dimensión humana: la de ser el nombre de una generación de individuos; de los individuos que han de hacer un balance de las circunstancias pasadas, para que, al transformarlas, planifiquen los caracteres de la sociedad futura…”, estos propósitos exponen la concepción que tienen estos jóvenes sobre su entorno, la ruptura entre la primera y la segunda mitad del siglo XX, la necesidad de reinventarse después de que el mundo ha pasado por un momento devastador, y parte substancial de este renacimiento es preciso que redunde en la transformación literaria.

En el primer número de la revista Medio Siglo, dentro del apartado denominado Proyección, aparece una colaboración de Carlos Fuentes, “Raíz de Orozco”, un ensayo dedicado a la vida y a la obra de José Clemente Orozco, en el cual se advierte de inmediato la esencia de Fuentes, con un impresionante bagaje cultural, el joven estudiante realiza una radiografía que va del siglo XIX hasta la primera mitad del siglo XX, retoma los principales aspectos políticos y sociales, literarios y plásticos, no deja de sorprender esa ebullición de ideas y el pleno desarrollo de cada una de ellas, y de este cartapacio emerge la figura de Orozco, una perfecta síntesis biográfica con los principales elementos de su plástica.

Con un mayor peso, Carlos Fuentes pertenece también a la otra generación de Medio Siglo, la de la Literatura, integrada por una pléyade de intelectuales como Elena Garro, Jorge Ibargüengoitia, Inés Arredondo, Tomás Segovia, Elena Poniatowska, Sergio Pitol, Luis Rius, Salvador Elizondo, Emmanuel Carballo, Juan García Ponce, Rosario Castellanos, Eduardo Lizalde, José Emilio Pacheco, Vicente Leñero…

En el mes de septiembre de 1955 presenta la Revista Mexicana de Literatura junto a Emmanuel Carballo, cuenta con la participación de un Comité de Colaboración en el que destaca Antonio Alatorre, Carlos Blanco Aguinaga, Archibaldo Burns, Manuel Calvillo, Alí Chumacero, Jomi García Ascot, José Luis Martínez, Marco Antonio Montes de Oca, Jorge Portilla, Juan Rulfo y Ramón Xirau. Es la etapa en la que dirige también, junto con Octavio Paz, la “Colección Literaria Obregón”.

En el segundo número de la revista, correspondiente a noviembre de 1955, Fuentes publica un texto al que titula “La línea de la vida”, es un adelanto de la primera parte del capítulo “Gervasio Pola” de su novela La región más transparente, llama la atención que para la incorporación de este texto en la novela, sólo cambia un renglón y un par de palabras.

En el intermedio de estos dos periodos, el 11 de noviembre de 1954, el día de su cumpleaños 26, aparece su primer libro, Los días enmascarados, dentro de la Colección “Los Presentes” de Juan José Arreola, que también edita Lilus Kikus de Elena Poniatowska, Primavera muda de Tomás Segovia, Algunas Prosas de Max Aub o Parentalia de Alfonso Reyes.

Los días enmascarados, un asombroso libro de relatos compuesto por seis historias que enmudecen al lector: “Chac Mool; En defensa de la Trigolibia; Tlactocatzine, del jardín de Flandes; Letanía de la orquídea; Por boca de los dioses y El que inventó la pólvora”.

Hace unos días localicé en la Biblioteca Nacional de la UNAM, el ejemplar de Los días enmascarados que Carlos Fuentes obsequió a Jaime Torres Bodet, en el cual se lee la siguiente dedicatoria: A Don Jaime Torres Bodet (a cambio de una Frontera definitiva, esta aduana engorrosa y provisional) con el respeto, cariño y admiración muy profunda de Carlos Fuentes, México, Noviembre, 1954, el joven escritor hace referencia al magnífico poemario Fronteras, que publicó Jaime Torres Bodet en ese mismo año.

Carlos Fuentes decide el título de Los días enmascarados en alusión al poema “El ídolo del atrio” de José Juan Tablada, publicado en el libro La feria de 1928, en el cual se revelan los días denominados como “Nemontemi”, los días aciagos, los días baldíos de los Aztecas: “Y al final los días rezagados / los Nemontemi… ¡Cinco enmascarados / con pencas de maguey!…”

Pero en 1954, los “días enmascarados” del orbe eran otros: por una parte la obsesión destructiva de los Estados Unidos con su Operation Castle; el inolvidable lleno de 45 mil personas que logra Jesús Córdoba en la Plaza de Toros México; el suicidio de Getúlio Vargas en Río de Janeiro; el Premio Nobel de Literatura para Ernest Hemingway; la intempestiva muerte de Robert Capa en Indochina; la presentación de una de las cintas más célebres del Neorrealismo italiano, La Strada de Federico Fellini; Salvador Dalí exhibe uno de sus cuadros más soberbios, La desintegración de la persistencia de la memoria; Luis Buñuel dirige El río y la muerte; Edith Piaf canta al mundo Sous le ciel de Paris; Audrey Hepburn, Humphrey Bogart y William Holden lucen en Sabrina; el estreno de La Vestale en La Scala con Maria Callas bajo la dirección de Luchino Visconti; el fallecimiento de Frida Kahlo…

Los relatos de Carlos Fuentes, inmersos en la Literatura Fantástica, son un espejo donde se reflejan estos y otros acontecimientos de la humanidad, con un fuerte influjo de “La cena” de Alfonso Reyes, Orphée de Jean Cocteau o Un chien andalou de Luis Buñuel, es una obra extraordinaria que expresa el momento exacto de su nacimiento, han pasado nueve años de la Segunda Guerra Mundial y la Posguerra y la Guerra Fría emergen de entre las ruinas. Fuentes transita entre la tradición cultural mexicana y un mundo onírico que a veces ocasiona horror y decadencia. Los días enmascarados son este reflejo, los días aciagos a los cuales ha concurrido la humanidad. Con una prosa novedosa, es una construcción espléndida que devela el rostro de lo nuevo, lo moderno, es el parteaguas literario del México del siglo XX, ha dejado atrás el nacionalismo, la revolución mexicana, los tópicos del “ser mexicano”, es una obra que entra de lleno a la modernidad, a la nueva forma de construir la literatura.

Meses antes de la aparición de Los días enmascarados, en agosto de 1954, Carlos Fuentes publica en el número 12 de la revista Universidad de México, el cuento “Chac Mool”, se presenta ilustrado con un magnífico dibujo de Vicente Rojo y junto al poema “Los caballos” de Alfonso Reyes. “Chac Mool” es considerado como uno de los relatos más elevados de la literatura mexicana, Fuentes le confía en una entrevista a Emmanuel Carballo que: “El Chac Mool surgió, como numerosas obras literarias, de la lectura de una gacetilla de periódico. Una exposición de arte mexicano visitó Europa en 1952. En ella figuraba el Chac Mool, dios de la lluvia. Éste, a su paso, produjo tempestades y cataclismos. La gente le ponía centavos en la barriga, e inmediatamente se desataba una tormenta espantosa. Los datos de la nota roja artística enfocaron mi atención en un hecho evidente para todos los mexicanos: hasta qué grado siguen vivas las formas cosmológicas de un México perdido para siempre y que, sin embargo, se resiste a morir y se manifiesta, de tarde en tarde, a través de un misterio, una aparición, un reflejo. La anécdota gira en torno a la persistencia de nuestras viejas formas de vida”.

Ocho años después de la publicación de Los días enmascarados, Carlos Fuentes se reinventa y forma parte de uno de los movimientos más destacados del siglo XX, el “Boom Latinoamericano”, junto a Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, Fuentes confirma su universalidad, su madurez literaria, su presencia en la literatura moderna en el sentido más estricto de lo novedoso, lo contemporáneo, si bien Los días enmascarados y La región más transparente colocan a Carlos Fuentes en uno de los momentos más significativos de la generación de Medio Siglo, es con La muerte de Artemio Cruz y poco después con Aura, como se supera a sí mismo y emprende el camino del escritor cosmopolita que siempre se encuentra a la vanguardia del tiempo y del espacio mexicano.

Carlos Fuentes, el escritor prominente que abrevó de la más amplia tradición universal, realizó el gran retrato de México, espejo de nuestra vida, nostálgico pero también dramático, con claroscuros de aspectos irrebatibles, supo interpretar y develar de forma exacta nuestra propia identidad.

Hoy nos hace tanta falta su presencia, su opinión, su crítica, en un momento en que México transita por una serie de cambios que todavía vislumbramos entre neblinas, cuánta necesidad tenemos de su voz, de su escritura, de su explicación del mundo que tenemos frente a nuestros ojos y que no alcanzamos a comprender.

A dos años de su muerte y a unos meses de observar el Homenaje que el presidente de Francia, François Hollande, rindió a Carlos Fuentes con motivo de la inauguración de la “Pérgola Ixca Cienfuegos” que diseñó Vicente Rojo, y al escuchar cómo el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, se refería a él en el Homenaje a Gabriel García Márquez, se hace más vivo lo que dijo Héctor Aguilar Camín: “No penemos su muerte. Celebremos la fiesta de su vida, que mejoró la nuestra”.