Patricia Gutiérrez-Otero

Escuchar “anarquista” suele causar incomodidad y rechazo. Hace pensar en desorden, caos, desorganización, protesta… Nada más lejano de lo que habría pensado ninguno de los grandes teóricos del anarquismo del siglo XVIII, XIX y XX. En realidad, su idea de la razón humana les hacía pensar en individuo o en una sociedad capaz de vivir y convivir sin necesidad de amo ni soberano ni gobierno ni Estado. Es decir, capaz de regirse por sí misma al ser dueña de sí mismo. El resto era una represión indebida sobre un ser libre (de ahí la otra designación con la que se le conoce: libertarismo). De ahí que actualmente muchos preferimos hablar de anarquismo y no de anarquía, dejando que la segunda palabra cargue con todo el peso negativo del término.

Hago mías las palabras de Humberto Beck para señalar los dos puntos clave de los diversos anarquismos: “la crítica de todos los modos de autoridad coercitiva, jerarquía o dominación, y la creación de una sociedad descentralizada en la que las personas puedan organizarse y cooperar libremente, fuera de cualquier control jerárquico, sea estatal, económico o intelectual” (Ixtus, número 50). El ideal anarquista es en sí muy alto, por eso es utópico, y como tal es más bien un faro.

A lo largo de la historia se han dado de facto diversas sociedades donde el control social ha mantenido a raya a la autoridad de tal manera que ésta nunca ha podido volverse un poder impositivo. Incluso el teólogo calvinista, Jacques Ellul, escribió en el libro Anarquía y cristianismo: “Ya que quieren un rey, ¡lo tendrán! Pero es necesario que sepan lo que hará: tomará a sus hijos para hacerlos soldados, tomará a sus hijas para su harem o para hacerlas criadas, elevará los impuestos y confiscará sus tierras (dijo el Dios de Israel)”.

Un servidor, esto es lo que debería ser alguien electo en una democracia que no se ha desvirtuado. Sin embargo, cuando por sus dimensiones, su flojedad o el abuso del poder, la sociedad pierde la capacidad de control de los gobernantes que ella puso, la recuperación del control social se vuelve casi imposible. Es lo que ha sucedido en México, salvo casos como los territorios zapatistas. Algunos pensadores anarquistas propusieron la “propaganda por el hecho” apoyada por Kropotkin quien dijo que “un acto puede, en unos pocos días, hacer más propaganda que miles de panfletos”. Pero a finales del XIX, dudó de estas formas violentas diciendo: “Una estructura basada en siglos de historia no puede ser destruida con unos cuantos siglos de explosivos” (La Révolte).

Además, opino que hay que respetar los Acuerdos San Andrés, anular las reformas a la Constitución, bajar los salarios a los grandes burócratas y aparecer a los 43 normalistas de Ayotzinapa.