CHARLAS DE CAFÉ
Charla con Sofía Buzali/Autora de Marguerite. Intensidad y dolor de una vida
Eve Gil
Escribir una novela sobre una personalidad tan compleja como Marguerite Duras (1914-1996), y hacerlo desde una primera persona, tomando en cuenta esa forma tan peculiar de conversar y contar que tenía, debió ser una labor titánica para Sofía Buzali, autora mexicana de la novela Marguerite. Intensidad y dolor de una vida (México, Lumen, 2014) que para quienes somos muy lectores de la autora francesa, nos puede llegar a erizar la carne: es la propia Marguerite hablando a través de Sofía.
“Descubrí a Duras en los años noventa —explica la también autora de Leonora antes de Leonora, novela inspirada en la vida de la pintora Leonora Carrington—. Llegó a mis manos Un dique contra el pacífico, después de El amante. Nunca más deje de leer, una a una, sus novelas. Moderato Cantabile, El arrebato de Lol V. Stein, Los caballitos de Tarquinia, Escribir. Me adentré en su mundo, en el estilo durasiano, en su vida personal, su alcoholismo, la relación con Yann, ese joven 38 años mayor que ella”.
Siempre ha estado en mí
Solo una lectura profunda de cada una de las obras de Duras, así como una relectura concienzuda de las mismas, pudo lograr el milagro de que la voz de Sofía se volviera una con la de Marguerite, quien además narra desde una edad que la autora mexicana está muy lejos de alcanzar. Se trata entonces de un doble reto: lograr, en cierta medida, asumirse una especie de médium sin recurrir a la transcripción literal, y narrar a partir de un cuerpo anciano y prácticamente destruido por los excesos, principalmente el alcohol.
¿No fue ese un reto demasiado pesado para ti?, pregunto a Sofía:
“Cuando terminé de escribir Leonora antes de Leonora, miré, sin más, el librero que tengo junto a mi cama; las novelas de Duras han estado siempre ahí como libros de cabecera. Y me dije, ¿por qué no si es una de mis escritoras preferidas? Su vida no sólo es su infancia en Indochina o la historia del amante chino, sino también es una mujer comprometida con el momento histórico que le toca vivir. La ocupación alemana en Francia, su paso por la Sorbona, el círculo de amigos con los que convivía, el paso por el Partido Comunista, su papel de madre. Por supuesto releí todo: novelas, diarios de guerra, una biografía, excelente, de Laura Adler, autorizada por ella, artículos, ensayos relacionados, y todo cuanto caía en mis manos sobre ella”.
“Por otro lado, imaginé —dice Sofía— la angustia de ella en la vejez. De una vida que termina, del pasado de esa mujer comprometida con lo humano más que humano, a pesar de sus propios dolores, de su propia soledad. Rebelde, honesta, extraordinariamente inteligente. Pienso que cuando estás ya identificada con el personaje, éste se apodera de ti. Yo me adentré en su personalidad al final de su vida para poder mirar atrás. Recordar con nostalgia, con alegría, mirar la vida pasar”.
Pero una cosa es admirar a un autor, experimentar una profunda emoción estética y emotiva al leerlo y otra muy distinta identificarse con él, con sus vivencias, que no deben tener mucha relación con las de una mujer enteramente dedicada al arte y a la familia como Sofía.
“Me identifiqué siempre —dice— con su forma de contar, concreto, conciso, frases cortas, escasos adjetivos. Su estilo me cautivó, así como el manejo de sentimientos. Partí de la base de que fuera una novela corta como las de ella; su influencia estaba ahí. Además, escribir en primera persona es fascinante porque te adentras en el alma del otro”.
Su tema, lo femenino
En Marguerite. Intensidad y dolor de una vida se menciona un detalle gracioso, gracioso porque se narra desde la voz de Marguerite, y en sus conocidas rivalidades con Simone de Beauvoir —sobre todo con ésta— y su tocaya, Marguerite Yourcenar.
De hecho no parece haber sido gran amiga de las mujeres: su círculo de amistad estaba compuesto casi en su totalidad por varones.
¿A qué atribuye esto Sofía?
“No me había puesto a meditar sobre ello porque el tema principal en sus novelas es sobre lo femenino, sus angustias, dolores. Su lectura produce en mí una conmoción que me lleva hasta la angustia, me desplaza hacia otro espacio corporal, a un espacio de mujer. En cambio, los hombres son su escape. Con ellos discute, aprende, vive, canta, baila, intercambia ideas, hace el amor, la engañan, la golpean, como el hermano mayor, pero también la rescatan, como el hermano más chico. Igual la hacen feliz”.
El interlocutor de Marguerite en la novela no podía ser otro que Yann Andréa, su último amante, que fue también un poco su hijo o su enfermero, entregado de ella de una manera absolutamente conmovedora pese a ser abiertamente homosexual.
¿Es la admiración tan susceptible de confundirse con el amor, incluso el amor erótico, más allá de cualquier impedimento?, porque Marguerite y Yann Andréa hacían el amor.
“Yann Andréa —dice Sofía— se enamora antes que nada de la escritora. Cuando se conocen, ella lo seduce como mujer. Quedan preñados hasta la muerte de la escritora. Sí, fue un amor loco, enfermo, codependiente, pero al final amor. De una compenetración total de ambas partes”.
¿Cuál de todos los libros de Duras es el favorito de Sofía?
“¡Difícil respuesta! Hay muchos que me fascinan. Mi preferido, Moderato Cantabile y El Arrebato de Lol V. Stein. Ambos hablan de la soledad de sus personajes femeninos, del amor, el huir a través del alcohol. Del abandono”.
¿Por qué ha elegido Sofía escribir sobre mujeres célebres, aunque cuenta con una novela de ficción titulada La casa del frontón?
“La decisión de escribir sobre mujeres —finaliza Sofía— fue casual, no premeditado. Muchas veces las cosas suceden y punto, se dan; mujeres comprometidas, creativas, grandes historias, momentos históricos importantes que son para mí una excusa para investigar, ya que la investigación es una de mis pasiones, me lleva a mundos inimaginables”.
