Carmen Galindo

Sólo a últimas fechas se empiezan a localizar a escritores católicos en la literatura mexicana. No que no lo hayan sido e incluso es muy probable que sean la mayoría, pero no se identifican como católicos. Ramón López Velarde, que fue seminarista, toma incluso como el sello que lo singulariza al vocabulario de la liturgia y fue candidato del Partido Católico, pero se le llama el padre de la literatura moderna y, por eso, nuestro Baudelaire, lo que lo aleja, a pesar de su poesía y militancia, de las sacristías. Amado Nervo, que también estuvo en el seminario, dedica su primera novela El bachiller a un terrible problema religioso y después sigue reflexionando con esta temática con poemas que tal vez con cierta imprecisión se califican como místicos. Gabriel Zaid, en fin, redescubre al poeta Manuel Ponce. Sin embargo, en el teatro existe un grupo de escritores identificados como católicos: Rafael Solana, Luis G. Basurto y Rodolfo Usigli, entre la vieja guardia, y otra que ya anda también por la tercera edad, como Vicente Leñero e Ignacio Solares.

Entre las obras de Solares, una es de especial interés: El jefe máximo que se refiere a Plutarco Elías Calles. Mientras La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán, trata la lucha por el poder en las elecciones presidenciales, tema político por excelencia, Solares se dedica al conflicto religioso. Tanto la obra teatral como la novela condenan a muerte a Calles y si pudieran hasta lo fusilarían.

En El jefe máximo, el opositor de Calles es el Padre Pro, quien, por cierto, fue beatificado por Juan Pablo II en 1988. Creo que la obra está resuelta teatralmente de un modo excelente. Se supone que, nosotros, el público, asistimos a un ensayo en el cual los personajes son el director, interpretado en la representación por José Ramón Enríquez, y el asistente del director por Antonio Crestani. Los otros dos actores eran Jesús Ochoa y Miguel Flores, el primero en el papel de Calles y el otro en el del Padre Pro. Además, aprovechando la supuesta o real característica del Padre Pro de disfrazarse, Miguel Flores interactuaba con “Calles” en los papeles sucesivos de Madero (con enfundarse un jacquet y sombrero de hongo), Obregón (con casaca y sombrero), Zapata (con chaquetilla y su sombrero habitual) y Rodolfo Cruz, jefe de policía de Calles (con gabán y quepí). Calles, de igual modo, se identifica por una bata y un bastón. El diálogo corre de un modo natural y las sesiones espiritistas permiten invocar a los personajes. En pocas palabras, la obra es francamente excelente.

El tema es otro cantar. Madero es presentado como ingenuo y espiritista; Obregón. como reeleccionista; a Calles, claro, como reeleccionista, por el Maximato, y asesino del Padre Pro e incluso de Obregón por medio de Morones, ligado a León Toral, el asesino material. Se acepta el carácter clerical de Toral, pero nada más.

A Plutarco Elías Calles, el villano de la obra, le dice el Padre Pro:

“Desató la guerra religiosa más absurda y cruel que conozca el país, mandó eliminar con absoluta frialdad a todo el que se cruzó en su camino, su ambición de poder fue infinita”.

Se olvida que la Constitución de 1917, establecía dos limitantes, uno que la Iglesia no poseyera bienes y la otra que ciertas tareas administrativas fueran del Estado. Que el culto fuera en el interior de las iglesias y que se prohibía el uso de hábitos religiosos en la calle. Se omite que la Iglesia era el principal latifundista durante la Colonia y que la expropiación de sus bienes, indispensable para acabar con un orden digamos metafóricamente feudal, había comenzado desde la época de Juárez y se culminaría con la Revolución. Se atribuye, así, la separación de Iglesia y Estado, a la ambición de Calles y se califica como una guerra absurda y cruel. Y aquí, embona otro tema central: ¿quien inició la guerra cristera? Para unos, comenzó con la huelga de las iglesias a impartir los sacramentos y para otros, con el cierre de las iglesias por el gobierno mexicano. (El otro aspecto es la etapa de la educación en que se trató, con la llamada “educación socialista”, el monopolio educativo que incluso en la Colonia se puso en entredicho por el poder de los jesuitas. Pero es posterior a Calles, pues ya ocurre con Cárdenas y tiene como figura emblemática a los profesores desorejados por los cristeros, tema que trata Revueltas en uno de sus cuentos, por más que admirara el valor de los cristeros y conoció a la madre Conchita en las Islas Marías).

Sobre la guerra cristera, se dice en la obra en boca del Padre Pro: “Noventa mil muertos, general. Pobres campesinos soldados que combatían a otros pobres campesinos cristeros”. Se culpa a unos y a otros, por igual, y se olvida que México es un país rural y que los combatientes eran campesinos de uno y otro lado. De haber triunfado la guerra cristera estaríamos en el siglo XIX, la Revolución Mexicana le abre las puertas a la modernidad, al capitalismo. Y a pesar de lo dicho, reitero, la obra de Solares es excelente.

Hace unos días, se le otorgó a Ignacio Solares la medalla de Bellas Artes. A recibir este reconocimiento invitó a leer fragmentos de sus obras a José Ramón Enríquez, Antonio Crestani, Jesús Ochoa y Miguel Flores. Todos ellos actuaron cuando se representó El jefe máximo. Por cierto, José Ramón Enríquez, además de actuar de “Director”, fue el director de la puesta en escena.