Charla con Antonio Deltoro/Poeta y ensayista

 

 

Eve Gil

Por lo general, Antonio Deltoro trabaja, paralelamente, ensayos y poemas. En el caso concreto de sus más recientes libros, Favores recibidos (Fondo de Cultura Económica, 2013) y Los árboles que poblarán el ártico (Era, 2013), parecen misteriosamente vinculados por una obsesión: el silencio y la mesura, y todo lo que pareciera tener relación con ambos: la paz, lo íntimo, lo secreto, la naturaleza, la reflexión, la metafísica y, ¿por qué no?: la elocuencia. El silencio, en particular, puede ser conversador y, para quien tiene la habilidad de leer entre líneas, puede decir mucho más que lo que está escrito.

“Soy lector de poesía desde los once años —confiesa el poeta, cuyo vaivén de voz parece asimilado del su poesía y el de los poemas que él acarrea en la memoria—. Mis compañías han ido variando, pero todos los poetas que me acompañan, que puedo leer en cualquier circunstancia y me reconfortan, como por ejemplo, Eliseo Diego, Jorge Luis Borges, Octavio Paz, han estado conmigo siempre; hay poetas que admiro muchísimo, como Vicente Huidobro”.

Hablante de lengua española

Deltoro es un poeta particularmente agradecido, no solo con sus influencias literarias, también con los poetas de carne y hueso que le han aportado momentos, frases, pretextos, retos. Ese acto de agradecimiento se transforma en poema, en tributo crítico, ajeno a la alabanza fútil y, en cambio, atento a detalles al extremo de lo quisquilloso, de lo suspicaz. El título de su más reciente libro de ensayos, Favores recibidos, no puede ser más elocuente al respecto.

“Es un libro de deudas como lector con algunos poetas y algunos poemas —señala—. Estoy convencido de que si no hubieran llegado a mis manos, mi vida habría sido diferente. Tomé el título de una antigua sección de los periódicos que se llamaba «Favores recibidos», donde la gente daba las gracias a los santos por los milagros. Es una especie de autobiografía de lector, aunque no están todos los poetas ni los poemas que me interesan”.

Se lee en la página 92 de Favores recibidos: “Como lector y como poeta, me han enseñado a esperar la luz perseverando; llevo años leyéndolos y todavía tienen muchas cosas que decirme del arte de pescar peces que después e pescados sigan vivos…”

“Intenté hacer ensayos —agrega— sobre poetas que puedo entender lo más plenamente posible y yo soy un hablante de lengua española. No tengo dominio de lenguas, pero ahora mismo acabo de hacer un ensayo sobre Pessoa (Ricardo Reiss), aunque el portugués es una lengua accesible para nosotros, es muy difícil captarla como un hablante nativo, así que manejo diferentes traducciones; comparo una traducción con otra porque me siento inseguro respecto a cuál rescata el original más plenamente. También quiero escribir un ensayo sobre Emily Dickinson y poseo muchas traducciones, y me voy a quedar no con la más perfecta, sino con la que me complazca más como lector”.

Poeta de sobremesa, de tertulia, según se autorretrata en uno de los versos de su poema “Conversación” —“nos reunimos a limpiar el lenguaje, a acicalarnos…—”; siempre dispuesto a revisar la poesía de sus amigos, nuevos y viejos; a dejarse cautivar por unos versos sencillos pero bien construidos, Deltoro no tiene empacho en escribir sobre sus contemporáneos y coetáneos, y hacerlo con la misma seriedad con que lo hace de sus “poetas portátiles”.

“Con mis contemporáneos —dice— fue algo en dos polos: no escribo sobre ninguna obra o poeta que no me simpatice como poeta, en algún caso, además de ser poetas que me gustan, son mis amigos, pero eso no quiere decir que alguno no me caiga bien y deje de escribir sobre él. Tengo la virtud de la honestidad”.

Paz y Villaurrutia

Resulta difícil, sin embargo, discernir quiénes son esos amigos de sobremesa, pues su familiaridad con Borges o Machado, por ejemplo, es exactamente la misma que manifiesta hacia Fabio Morabito o Eduardo Hurtado. No comete el “sacrilegio” de colocar a estos autores vivos al nivel de semidioses de los clásicos, más bien baja —respetuosamente— a los clásicos de su nicho y los incorpora a la tertulia. Asombra cómo, sin dejar de ser crítico, Deltoro nos hace sentir que abraza a cualquiera de los poetas que aborda, incluido Gorostiza, que, sin embargo, le inspira un respeto que no consigue superar.

Deltoro también echa de menos a sus amigos: a Octavio Paz lo denomina “poeta de la presencia”, mientras que Villaurrutia es “poeta de ausencia”.

“Paz —dice— no es solo un poeta de la presencia, incluso él habla de la presencia, sino también de la vivacidad; en cambio Villaurrutia, incluso la escasez de su obra, salta a la vista que es un poeta de la ausencia. Uno es un poeta solar, el otro es un poeta de la noche. Por ejemplo, Villaurrutia sería una especie de escritor que fuera ahuecando una piedra hasta llegar a hacerla útil. Paz no solo es un poeta de la presencia, sino eminentemente contemporáneo”.

Los poemas le hablan, a su vez, de otras obras, no necesariamente poéticas. Es muy usual que Deltoro visualice los poemas como la obra que pudieron plasmar en un lienzo determinados artistas plásticos. Un vínculo misterioso entre palabra e imagen.

Más que vivir inmerso en la poesía, Deltoro, ganador del Premio Aguascalientes con su libro Balanza de sombras, se ha mimetizado en ella. Poesía es todo cuanto lo rodea, cualquier circunstancia u objeto es digno de ser señalado en un verso. Por el mero hecho de existir, aunque sea silenciosamente.

Antonio Deltoro nació en la ciudad de México en 1947.