El Papa Francisco abogó durante su primer mensaje del año, porque la humanidad se apegue a situaciones y conceptos que permitan la concordia y armonía en todas las estructuras humanas

Gerardo Yong

La paz es fundamental en el desarrollo de las relaciones humanas. A menudo escuchamos que la gente quiere realizar proyectos personales, familiares o, incluso nacionales, pero tiene que enfrentarse a la violencia generada por los intereses de otros que buscan impedírselo. En esas condiciones, pareciera ser que tener un entorno de paz depende más de qué tanto se afecta y no de cuánto se armoniza con los demás. En esos casos, la máxima de Benito Juárez parece tomar una fuerza contundente al establecer que “entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno, es la paz”. Sin embargo, es una fórmula que ni los mismos grupos políticos o naciones han podido asumir en todo su contexto. La paz en sí, no debería ser tan complicada como eso, sino una simple situación de entendimiento humano.

Durante su mensaje del Angelus, el  primer domingo del año, el Papa Francisco advirtió que “no hay futuro sin propósitos y proyectos de paz”. Mencionó los diferentes conflictos bélicos que en pleno año 2015 llenan de sangre la historia de muchas poblaciones del mundo, y por ello insistió en que “debemos convencernos de que la concordia es siempre posible”. Y así comenzando el año y reviviendo el nacimiento del Señor, recordó que la paz fue anunciada como regalo especial de Dios con la llegada de su hijo, “Paz en la tierra a los hombres que aman al Señor” (Lc 2,14). Francisco explicó que cada uno de nosotros tiene una misión de combatir la guerra y de llegar a la paz, “todos estamos llamados a reencender en nuestro corazón un impulso de esperanza, que debe traducirse en concretas obras de paz, de reconciliación y de fraternidad”. En este contexto explicó que los pequeños gestos tienen mucho valor, “pueden ser semillas que dan esperanza”.

El silencio cómplice

“San Juan dice en el Evangelio que hemos leído hoy: «En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron». «La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre» (Jn. 1,1-18). Los hombres hablan tanto de la luz, pero a menudo prefieren la tranquilidad engañadora de la oscuridad. Nosotros hablamos mucho de la paz, pero a menudo recurrimos a la guerra o elegimos el silencio cómplice o no hacemos nada concreto para construir la paz. De hecho, San Juan dice: «Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Porque el juicio es éste: la luz – Jesús – ha venido al mundo, pero los hombres prefirieron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Cualquier persona, de hecho, que hace el mal, odia la luz. Y no viene a la luz para que sus obras no sean reprendidas. Así dice el Evangelio de San Juan. El corazón del hombre puede rechazar la luz y preferir las tinieblas, porque la luz descubre sus malas obras. ¡Quien hace el mal, odia la luz! ¡Quien hace el mal, odia la paz!

Según el pontífice, su auspicio es que se supere la explotación del hombre por parte del hombre, a la cual considera como una plaga social que mortifica las relaciones interpersonales e impide una vida de comunión marcada por el respeto, la justicia y la caridad. “Cada hombre y cada pueblo tiene hambre y sed de paz; cada hombre y cada pueblo tiene hambre y sed de paz…por lo que es necesario y urgente construir la paz”, destacó.

Armonía con los demás

En ese contexto, indicó que la paz no es solamente la ausencia de guerra, sino una condición general en la cual la persona humana está en armonía consigo misma, en armonía con la naturaleza y en armonía con los demás. “Ésta es la paz”.

Sin embargo, silenciar las armas y apagar los focos de guerra sigue siendo la condición inevitable para dar inicio a un camino que conduce al logro de la paz en sus diferentes aspectos. “Pienso en los conflictos que todavía ensangrientan demasiadas regiones del planeta, en las tensiones en las familias y comunidades: ¡en cuántas familias, en cuántas comunidades también parroquiales hay guerras! Así como también en los contrastes encendidos en nuestras ciudades, nuestros países, entre grupos de diferentes estratos culturales, étnicos y religiosos. Tenemos que convencernos, no obstante todas las apariencias en contrario, que la concordia es siempre posible, en todos los niveles y en todas las situaciones. ¡No hay futuro sin propósitos y proyectos de paz! ¡No hay futuro sin paz!

En los albores de este nuevo año, todos nosotros estamos llamados a reavivar en el corazón un impulso de esperanza, que debe traducirse en obras concretas de la paz. “¿Tú no estás bien con esto? ¡Haz la paz! En tu casa, ¡haz la paz! En tu comunidad,  ¡haz la paz! En tu trabajo, ¡haz la paz! Obras de paz, de reconciliación y fraternidad. Cada uno de nosotros debe cumplir gestos de fraternidad hacia su prójimo especialmente hacia quienes están extenuados por tensiones familiares o disidencias de diversa índole. Estos pequeños gestos tienen mucho valor: pueden ser semillas que dan esperanza, puede abrir caminos y perspectivas de paz.

Nota basada en información enviada a la revista Siempre! por la Nunciatura Apostólica.