Juan Antonio Rosado

En el discurso narrativo, es casi un lugar común afirmar que la primera persona gramatical (el narrador protagonista o testigo) fortalece al yo, se arraiga en la personalidad y con trazos firmes dibuja un carácter, una sicología, un temperamento. Persiste, sin embargo, una debilidad: el entorno, los cronotopos y los demás personajes se perciben sólo desde ese punto de vista. Cuando una novela de extensión media está narrada de esa manera, y si además la protagonista es de cierta clase social y debe expresarse acorde con esa clase, en un tono bien definido, y en la obra hay absoluta ausencia de referentes literarios o de la llamada “alta” cultura, resulta toda una proeza lograr que el lector quede capturado desde la primera hasta la última página.

Lo anterior ocurre en La Plaza del Diamante, concluida en 1960 y publicada dos años después, de la escritora catalana Mercé Rodoreda (1908-1983). Natalia, llamada también Colometa, mujer común y corriente, simple, inmersa en la más cotidiana de las cotidianidades, narra en primera persona con un discurso tan simple como ella, con palabras sencillas y deliberadas repeticiones, por ejemplo: la del nexo “y”, lo que acentúa no sólo el orden secuencial del relato, sino también el carácter del personaje, y le confiere mayor intensidad a sus ya de por sí intensas vivencias. El resultado es que la protagonista se vuelve entrañable: “Mi madre muerta hacía años y sin poder aconsejarme y mi padre casado con otra. Mi padre casado con otra y yo sin madre, que sólo había vivido para cuidarme. Y mi padre casado y yo jovencita y sola en la Plaza del Diamante…”.

Natalia nos narra la normalidad de su vida, su matrimonio con el Quimet, el nacimiento de dos hijos, hasta que llega al hartazgo, y llega también la guerra (se infiere que se trata de la guerra civil española, aunque nunca se diga explícitamente). Hay varias experiencias de dolor y muerte, de pérdidas y carencias, de pobreza y desolación; situaciones límite que desembocan incluso en el deseo de matar a sus propios hijos y luego suicidarse. ¿Y el marido? En la guerra. Pero Natalia, con tono impasible, relata todo como si tan sólo relatara el flujo de lo cotidiano indiferente ante el inexorable paso del tiempo. Hay algo del Meursault (de Camus) en Natalia: ella descubre el significado de la expresión “tal persona es de corcho” porque ella es de corcho, y su corazón de nieve. Una situación fortuita la salva (a ella y a los niños), pero la incertidumbre persiste.

Intriga tras intriga, al lector no le queda sino continuar en este prodigioso engranaje verbal, donde las reflexiones en torno a la guerra siguen vigentes. En tal sentido, es común hallar narraciones sobre la guerra en general: el frente, los combates, cuarteles y soldados, armas, heridos, sangre y daños colaterales… Sin embargo, ¿qué ocurre con las personas sencillas y comunes como Natalia, quien impotente, al igual que su nuevo marido, ignora en verdad lo que sucede, pero se encuentra al borde de la desesperación mientras un país se cae y todo alrededor se apaga? No importa qué guerra sea. La autora, quizás intencionalmente, proporciona, como ya dije, escasos referentes. Le basta y sobra dibujar un carácter y desarrollarlo desde su propia y desgarradora experiencia.