Claudio R. Delgado

 El pasado mes de octubre de 2014, en una nota publicada en un diario de circulación nacional, se informó de la creación del Premio UNESCO-UNAM Jaime Torres Bodet, el cual tiene como finalidad impulsar el papel de las Ciencias Sociales en el ámbito del pensamiento y la creación, el cual fue aprobado por unanimidad por la comunidad internacional, reunida en París durante el 195 Consejo Ejecutivo del organismo.

Desafortunadamente, dados los reprobables actos de violencia en Guerrero, la nota se vio opacada, y no tuvo mayor relevancia en nuestro país, por lo que se perdió entre el marasmo informativo causado por los calamitosos acontecimientos ocurridos en contra de los jóvenes estudiantes de la Normal de Ayotzinapa.

Sin embargo, pasados ya algunos meses, vale la pena retomar y ahondar en el tema con el fin de dar a conocer a los lectores de este suplemento, la importancia de un premio como éste, que busca reconocer y honrar a quienes con su labor y entrega han contribuido de manera significativa, individual o colectivamente, al avance y consolidación de las Ciencias Sociales, las Humanidades y las Artes, tanto en labores de enseñanza, como de investigación y de divulgación del saber.

Todas ellas, áreas en las que el Maestro Jaime Torres Bodet destacó como un impulsor y defensor tanto en México como en un nivel internacional, principalmente cuando de 1948 a 1952, encabezó la Dirección General de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).

Esta distinción, no sólo honra a México y a nuestra UNAM, sino que enaltece la memoria y labor de un intelectual, de un escritor, educador y diplomático del calibre de Torres Bodet, aún después de 40 años de ausencia, y 62 posteriores a que él llevará las riendas de un organismo como la UNESCO, del cual fue parte importante al participar en 1945 en la reunión preparatoria de su constitución.

El 26 de noviembre de 1948 don Jaime Torres Bodet, fue informado, a través de un cablegrama firmado por el entonces ministro de Relaciones Exteriores del Líbano, señor Suleiman Frangié, quien en ese momento actuaba como Presidente de la Conferencia General de la UNESCO, que había sido electo por unanimidad para dirigir al organismo, dependiente de la ONU, y encargado de promover a través de la educación, la ciencia y la cultura, la colaboración entre las naciones, a fin de garantizar el respeto universal de la justicia, el imperio de la ley, los derechos humanos y las libertades fundamentales que la Carta de las Naciones Unidas reconoce a todos los pueblos sin distinción de raza, sexo o religión.

Cuatro años más tarde, Torres Bodet dimitió al frente de la UNESCO, debido a la decepción provocada por la falta de compromiso de las naciones más desarrolladas en ese momento, para el impulso de las labores que el organismo internacional se había propuesto, ya que antes de apoyar el desarrollo de la ciencia y la cultura, estaban interesadas (y lo siguen estando, sólo que ahora el pretexto es “la guerra contra el terrorismo” y antes lo fue la Guerra fría) principalmente en invertir grandes, poderosas y millonarias cantidades de dinero en su carrera armamentista, situación que hizo a Don Jaime reflexionar en su labor “infructuosa” ante los poderosos para conseguir su real y comprometido apoyo para el desarrollo de la ciencia y la cultura, sobre todo en las naciones más pobres y necesitadas del planeta, y con la humanidad. Lo cual lo colocó ante los demás, como el humanista, como el hombre que estaba ante todo, interesado en el bienestar de sus semejantes, de los pueblos desheredados de la historia, y con su propio país.

Jaime Torres Bodet fue, es un personaje en el que “todo surgió temprano”. En 1918, al contar con tan sólo 16 años de edad publica su primer libro de versos titulado Fervor, el cual aparece con un prólogo escrito por el ya consagrado autor de La muerte del cisne, Enrique González Martínez; su precocidad es deslumbrante, pues a los 19 años desempeña cargos de alta responsabilidad; entre 1921 y 1924, se desenvuelve como secretario de la Escuela Nacional Preparatoria y como secretario particular del entonces Rector José Vasconcelos.

Del apóstol, Don Jaime en su magnífico Tiempo de Arena (primer volumen de sus memorias) cita unas líneas de un poema en prosa (“de ímpetu muy genuino” hasta nuestros días) que dice: “Aprovecha la lección del sol. No basta resplandecer. El ser a quien buscas… ha de ser capaz de deslumbrar”. Y Don Jaime, cumplió a cabalidad con lo dicho por Vasconcelos en su poema, durante su vida y su gran labor, pues no sólo como escritor sino también como el gran educador y maestro que fue, deslumbró y supo dar lecciones altamente significativas.

Jaime Torres Bodet, personaje de “asombrosa ubicuidad”, se procuró tiempo para todo. En 1922 como jefe del Departamento de Bibliotecas, impulsó la revista El Libro y el Pueblo, y varios tipos de bibliotecas populares; junto con Bernardo Ortiz de Montellano, fundó y dirigió la revista literaria La Falange (1922-1923); formó parte de la creación (según José Luis Martínez) “de uno de los más hermosos libros mexicanos”, Lecturas clásicas para niños (1925); en 1928 publica su primer libro de crítica literaria, el cual le diera nombre al grupo al que perteneció: Contemporáneos; entre 1928 y 1931 aparece como codirector, precisamente de la revista que le daría nombre a su generación, la cual representaría a uno de los grupos de escritores más importantes y fundamentales para el desarrollo de las letras nacionales del siglo XX mexicano.

Don Jaime, debe ser considerado no solamente el poeta o intelectual de espíritu disciplinado y laborioso, sino además, uno de los educadores más destacados de nuestra historia patria, tarea que por cierto, lo eleva al nivel de dos grandes impulsores y verdaderos fundadores y formadores de nuestra educación: el positivista Justo Sierra y el filósofo José Vasconcelos. Son estos tres grades, los únicos que nuestra historia educativa deberá perpetuar como ejemplo de verdadera vocación pedagógica y que habrá de avergonzarnos ante los malos resultados emprendidos en los últimos 20 años por nuestro sistema educativo y por los vicios y componendas de una parte del magisterio sin vocación educativa y entregado al interés político y beneficios particulares de sus “líderes” y aduladores.

Considerado junto con su generación un divulgador del arte nuevo dentro de nuestras entonces, rezagadas letras nacionales, Torres Bodet se abrió y decidió (contrario a lo que hicieran sus compañeros de generación) mostrar su poesía, la del aprendizaje, la cual, es animada por su ímpetu de madurez.

Su predilección por las letras francesas, acaso heredada por su madre, y su temperamento reflexivo, culto, imbuido de curiosidad de intelectual, le permitió en sus primeros trabajos literarios demostrar las “huellas de sus lecturas y de sus admiraciones”, mientras iba cincelando con su pluma las partituras de su particular estilo.

Aunque Torres Bodet entró a la literatura por la poesía, desde su primera juventud la prosa sería su compañera y parte de su “espíritu crítico”, y se plantearía como un problema de educación literaria, “el placer de amar la prosa”.

“El prosista para afirmarse, debe acudir a una magia más invisible que la del versificador. Frente a determinados párrafos de Quevedo o de Cervantes, la malicia misma de un Góngora resulta a veces demasiado ostensible…” decía Don Jaime.

Dentro de sus primeros relatos se cuenta Margarita de Niebla (1927), la cual junto con la muy breve Dama de corazones, de Xavier Villaurrutia, son libros (según Rafael Solana) “hijos del mismo momento, de sensibilidades muy parecidas y tal vez de lecturas idénticas”. Resultan estos dos relatos, un magnífico ejemplo de (para mi gusto) rebuscada y tal vez elegante prosa de aquellas primeras décadas del siglo XX mexicano. Es un estilo más bien plagado de ornamentos literarios. Es tal vez, con Sombras, Nacimiento de Venus, Entrada en materia, Parálisis y Antonio Arnoux, que el escritor se encuentra ya más madurado y con más cuerpo en sus trabajos narrativos.

Y cuando digo “tal vez”, lo señalo así, porque en los extraordinarios ensayos que Torres Bodet escribió sobre Balzac, Tolstoi, Proust, Galdós, Dostoievski y Stendhal muestra grandes dotes de prosista consumado, elegante y sabio conocedor de personajes, novelistas cumbre de la literatura universal que mediante la prosa analiza “científicamente” y demuestra conocimientos variados.

Nuestro país ha tenido grandes poetas que nunca lograron un dominio de la prosa, pongamos por caso a Othón, a Nervo o al mismo González Martínez. Y ha habido otros en cambio, que dominaron de forma admirable tanto el verso como la prosa, tenemos como ejemplo al Duque Job, al grande José Martí, un innovador en la América de habla española. Urbina, López Velarde, a Villaurrutia y Novo, contemporáneos de Torres Bodet, y más recientemente el mismo Rulfo (aunque sólo en la prosa), Rafael Solana, José Emilio Pacheco, en fin, grandes prosistas de acendrada calidad narrativa.

En cuanto al dominio y calidad de la prosa de Don Jaime, podemos decir que ocupa un lugar de primera fila entre los escritores modernos de nuestras letras, y que es sólo comparable a la fina y bien pulida prosa de Martín Luis Guzmán o a la bien labrada narrativa del maestro Altamirano, lo que en cualquiera de los dos casos Don Jaime Torres Bodet no es inferior a ninguno de estos dos grandes escritores.

Es menester replantearse de manera más crítica y sin apasionamiento alguno, aquello que en uno de sus acalorados arrebatos, señalará Octavio Paz, acerca de la madurez poética de nuestro autor: “…la vida pública terminó por devorar al poeta”.

Me parece que esa visión de Paz, carece de sentido real, simplemente porque la poesía es y fue el impulso primario dentro de la vida literaria de Don Jaime. Es decir, la poesía fue la más “alta y la más permanente” de sus vocaciones literarias, pero además no olvidemos que él y otros de su generación, si por algo se distinguieron fue por su alto dominio en el manejo de la versificación y la prosa: Torres Bodet, Salvador Novo y Xavier Villaurrutia.

Esto fue posible no sólo a su capacidad intelectual, sino además a la influencia de su ambiente, pues era cuando el escritor se dividía entre la actividad creadora y la reflexión crítica. Requisito sin el cual el poeta no crece, no evoluciona para alcanzar como lo hizo Torres Bodet la perfección versificadora. El poeta es el crítico más severo de sí mismo. Es así que en Torres Bodet el poeta permanece aún a pesar de “su vida pública”; su realidad intima, incluso la del hombre público, alimentó más vivamente su lírica y le permitió mejores poemas de más sólida y bella manufactura: ¿Ejemplos?: El corazón delirante y Los días; Biombo y Trébol de cuatro hojas.

La obra de Don Jaime abarcó casi todos los campos de la literatura: poesía, prosa narrativa, ensayo, crítica, notas de viaje y de lectura, discursos y memorias. Del último son dignos de destacar Tiempo de Arena y Años contra el tiempo; de sus discursos México y la cultura 1946 y los pronunciados en la UNESCO, cuando fungió como presidente de dicho organismo internacional.

Sigue siendo el trabajo literario y humanista de Don Jaime Torres Bodet, un ejemplo, un baluarte para el mundo y una necesidad para este México que hoy está ávido de hombres de deslumbrante inteligencia y guía como él, de incondicional y desinteresada entrega en favor de la Patria y que a pesar de todo, hasta ahora, afortunadamente se reconoce gracias al Premio UNESCO-UNAM Jaime Torres Bodet en nivel internacional (aunque en el interior del país, siga siendo ignorado por el mundillo intelectual y la burocracia cultural, pues sigue pendiente el gran reconocimiento pos mortem de su obra tanto literaria como humanista), el cual será entregado por vez primera el próximo 20 de noviembre de 2015, en el Día Internacional de la Filosofía.