Eve Gil

Aunque recientemente publicado en español, Underground, de Haruki Murakami (Tusquets, México, 2014), se publicó en 1997 en su natal Japón, cuando las heridas emocionales de los involucrados en el atentado del 20 de marzo de 1995 con gas sarín, en el metro de Tokio, estaban frescas aún. Se trata de un libro atípico en la producción del autor japonés más popular del mundo, que aborda cuatro vertientes: la entrevista, el ensayo, la autobiografía y la crítica social y que, reunidos, concretan un espléndido retrato de la sociedad japonesa y del leit motiv de la narrativa de Murakami. Para ciertos críticos que lo han leído traducido al español y lo han tildado de poco centrado en problemáticas de la vida real, e incluso lo creen “influenciado” por el realismo mágico, este libro desbaratará por completo cada uno de esos argumentos, y no por este libro en concreto, sino por su propia declaratoria respecto a cómo este acontecimiento trastocó su visión del mundo y, por ende, su escritura. Esta experiencia se ve reflejada muy particularmente en El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas y Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. En el primero aparecen unos seres imaginarios —los tinieblos— que viven bajo la ciudad; horribles criaturas sin ojos que se alimentan de carroña y emergen —y no es casualidad— en la estación más afectada por el atentado: Aoyama Itchome, en la línea Ginza. Me aventuraría a afirmar que también en 1Q84 existen reminiscencias de estos ingratos personajes.

Murakami, que al momento de iniciar la redacción de este libro era un recién llegado a su propio país, tras varios años de vivir en Occidente, particularmente en Estados Unidos, deseaba entender hasta qué punto la reacción de los japoneses ante sucesivas tragedias —poco antes del atentado en el metro se dejaron sentir dos terremotos— se relacionaba con su cultura, de modo que al entretejer este coro de voces diversas que parten de una sola coincidencia —sobrevivir al atentado— termina montando un muro casi visual de lo que representa ser japonés. Llama la atención, de entrada, que exista una secta de las características de Aum, para quienes invariablemente vinculan el terrorismo con el Islam y el fundamentalismo con la incultura. Aunque parezca surgida de la imaginación de Murakami, Aum Shinrikyo fue y sigue siendo absolutamente real. Todavía opera bajo otra identidad: Aleph. Su nombre original significa “Verdad suprema”, y se regía por los fundamentos del budismo Vajrayana. Su líder de entonces, Shoko Asahara, cuenta actualmente 59 años y está a la espera aún de su fecha de ejecución en la horca. Contrario a lo que ocurre con otras religiones sectarias, Aum reclutaba miembros ansiosos de conocimientos trascendentes, universitarios en su gran mayoría. Quienes perpetraron el atentado eran ingenieros y químicos calificados que previamente realizaron experimentos con gas sarín para medir su eficacia como arma mortal. Pero lo más asombroso de todo, y esto solo se sabe tras las entrevistas a ex miembros de la secta, son los motivos por los que decidieron llevar a cabo esta locura que ninguno de los afectados logró comprender, y no es para menos: ¿Puede alguien imaginar a terroristas bien intencionados que desean brindar a sus semejantes la grandiosa oportunidad de ascender al cielo? De lo que no cabe duda, es que los deudos de las trece víctimas mortales no se sienten en lo absoluto agradecidos, y todos, por unanimidad, claman pena de muerte para los implicados.

Para perpetrar el atentado, se elige un día feriado: 20 de marzo. Uno esperaría un descenso notorio en la afluencia de usuarios, pero al parecer la mayoría de los japoneses —los entrevistados por Murakami al menos— aprovechan esas fechas para adelantar trabajo pendiente, por lo que queda descartado que Asahara haya previsto dañar a la menor cantidad de gente posible. El metro, pues, estaba atestado aquel 20 de marzo a las 8:10 a.m. Las entrevistas se dividen según las líneas empleadas por las víctimas, como para establecer la magnitud de los daños. Los menos tuvieron malestares mínimos, aunque en cada uno de los casos se hace hincapié en el principal síntoma de quienes quedan expuestos al gas: dilatación de pupilas. La mayoría fueron a dar al hospital, al menos por un rato, pero hay quienes quedaron con secuelas irreversibles que van desde migrañas crónicas hasta invalidez. El único extranjero entrevistado para el libro, un profesor irlandés que tuvo la mala suerte que tomar una de las líneas principales del metro justo ese día, manifiesta su total asombro: Japón era el último país del mundo donde uno esperaría verse afectado por unos locos fanatizados. Como señala el señor Kozo Ishino, otra víctima: “(…) Hasta aquel día, en Japón nunca había sucedido nada parecido. Yo estudié en el extranjero durante un tiempo, en Francia, y recuerdo que allí me sentía afortunado de vivir en un país tan seguro como Japón (…)” (p. 181).

Todos los entrevistados, sin excepción, afirman haber tenido “una corazonada”, “un presentimiento”. Una chica, incluso, cuenta con naturalidad absoluta que su abuelo muerto se le apareció para pedirle que no saliera ese día, pero tenía algo importante qué hacer. Pese a otorgarle gran importancia a su intuición y no pestañear ante los aparecidos, pareciera que, para los japoneses, el sentido del deber, incluso en días feriados, es superior a cualquier cosa, incluida su propia integridad. Lástima que no se pueda entrevistar a los que sí cedieron ante este tipo de avisos, que debió ser una ínfima minoría.

Prácticamente todos claman la pena de muerte para los perpetradores, cierto… pero también se manifiestan seriamente indignados contra las autoridades. Y esa es otra de las preocupaciones que el autor comparte con sus entrevistados: la ineficacia de las autoridades policiales, vergonzosamente expuesta tras el atentado. Por alguna razón que Murakami no alcanza a discernir, nadie se tomó en serio a Aum a pesar de que ya habían mostrado de lo que eran capaces. Se les responsabilizaba, por lo pronto, de algunos asesinatos, entre otros las de un ilustrador que ridiculizó a la secta en un manga, por no contar sus experimentos previos con gas sarín que afectaron a algunas personas.

Respecto a cómo funcionaba Aum al interior, se da cuenta de algunas prácticas que remiten, irremediablemente, a las reportadas por ex miembros de la llamada Cienciología, como el empleo de detectores de mentiras y los chantajes contra aquellos que se separaran o no se sometieran a los “trabajos forzados” —no sé de qué otra manera llamarle— decretados por Asahara. Bajo la identidad de Aleph, este grupo sigue funcionando bajo estricta vigilancia policial desde el año 2000. Cuando Murakami escribió el libro que nos ocupa, no imaginó ni remotamente que tras el escándalo Aum podría renacer de sus cenizas, con la venia de lo que parece ser la desmemoria. Sería interesante conocer qué opina al respecto.