Ricardo Muñoz Munguía
Con profundo cariño a la memoria de Guadalupe Muñoz, mi hermano de todas las batallas.
Las imágenes que nutren la infancia terminan por ser el vigor en la edad adulta, y es precisamente en esta edad que en ciertos momentos se llega a reclamar el abrigo de la niñez, mas no es otra cosa que el aprendizaje de la respuesta ante esa lista interminable de embates que se irá desahogando conforme cada paso de los días.
Así, por el contrario, el significado de una tumba, la que inyecta ese sabor lúgubre, a ese sentir del nuevo vacío al interior de nuestro cuerpo y que, si le intentamos poner figura a esta idea, es perder una enorme porción del alma. Es sepultar también a nosotros mismos, es atender el sonido de los ladrillos que caen uno sobre otros como escenas que arrojamos a un vacío. Por ello mismo, el muro levantado es definir una frontera que nos ubica es la indefinición de la vida y de la muerte, es la habitación que cada vez deja de ser menos temible por terrible.
Y ante el fallecimiento del hermano mayor es atravesarnos con la inminente daga de muchos filos, es palear hacia varias tumbas para sepultar al hombre admirado en la infancia, al hermano rival, al que nos guió, al que nos protegió, al que nos dio, al que se equivocó por igual. Mas su fallecimiento nos hace aferrarnos a los instantes que la memoria —la mayoría por mucha fortuna— nos ha tatuado. Por ejemplo, al irnos despidiendo de Guadalupe; mi otro hermano, Antonio —el más cercano a Lupe, no sólo por la edad, sino por sus innumerables vivencias—, sólo le bastó decirle: “¿Te acuerdas del cometa?”, el que les avivó la imaginación y que creyeron que sólo ellos dos lo veían en esas madrugadas, para después pedirle: “no vayas a olvidarlo”.
Imágenes y símbolos (otro ejemplo: ahora tengo la edad de mi padre cuando yo nací, y mi hermano Lupe tenía la edad que ahora tengo cuando murió mi papá) que nos provocan la muerte, porque ésta ante la falta de respuestas siempre nos traerá preguntas y especulaciones. En otro orden paralelo, las narraciones o los poemas de Garibay, Sabines, Vallejo, Neruda, Hölderlin…, nos hacen voltear irremediablemente a los instantes que sus padres o hermanos les abrieron la vena de dolor y ahora se volvieron como un camino de espadas clavadas a lo largo del camino del cortejo fúnebre.
Antes de cerrar esta colaboración, le pido perdón, amable lector, por mostrar un episodio personal pero cierto es que en algunos momentos la circunstancias nos rebasan y, parece, no permitirnos continuar.
¡Descanse en paz Guadalupe Muñoz (1956-2015)!
