Ricardo Muñoz Munguía
En cualquier escena cotidiana parecen estar colgadas las esferas de la ficción, sólo basta detenerse para retratar la anécdota, el tiempo, alguna persona…, la historia que deberá abrazar el círculo que obliga el género del cuento; esa mirada única que permite entrar en la intimidad de las cosas, en el lenguaje de lo que nos rodea, y nos habita.
En La novela zombi (conaculta [Tierra Adentro] / Gobierno de Coahuila, México, 2014), libro de relatos, es un amplio mosaico en donde la espera, el desengaño, la fe, la inestabilidad emocional…, señalan los rumbos de los treinta y seis relatos que ha conjuntado el narrador y poeta Ériq Sáñez (Ciudad de México, 1986), quien ha sido merecedor del Premio Nacional Punto de Partida en el año 2010 y, ahora, con este libro que hoy nos ocupa, le fue otorgado el Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2014.
Los personajes, así como diversos panoramas cotidianos, se vuelven protagonistas, en algunos casos de la descomposición del ser al aprehenderse del interés propio que deja el sabor de una vida actual donde impera la sinrazón. Y no necesariamente los personajes sean seres vivos, como es el caso de “La mesa del bar”, en el que la mesa describe la angustia que le comparte un hombre que llega seguido a un bar y ella lo describe no sólo con lo que deja ver, sino con que le transmite a ella con los sudores de sus manos.
En la brevedad de los relatos no sólo se trata de la economía de sus palabras, y aparentemente sea esto lo menos importante, aunque también lo más complicado, sino el poder jugar con el universo de lo que está a simple vista y lo que desgaja a cada quien. Los casos que atiende Sáñez descubren lo hondo de la condición humana o la pasión que guarda cada ser. Se trata, pues, de un libro de cuentos que pocos tienen ese sorpresivo final pero más allá de eso, el contexto general es lo que permite el sabor del género literario. Para el autor, parece bastarle el solo hecho de estar frente a un escena cotidiana para, de ahí, estructurar un relato y así poder imprimirle el gesto necesario del cuento, como el que le da título al libro, con el que cerramos esta colaboración, y cabe todo ese relato en una línea, la que se extiende en la imaginación: “No velar a los muertos fue permitirles el regreso”.
