Eve Gil

El aspecto más destacable de la obra cuentística de Mauricio Molina (Ciudad de México, 1959) es su carácter ecléctico. Imposible etiquetarla, menos aún clasificarla. Su más reciente libro, La puerta final (Cuadrivio, México, 2014) conforma un panorama mucho más amplio de lo que sugieren la brevedad de la mayoría de sus textos. Abre con “La entrega”, un relato en tono realista, que plantea no obstante una situación anómala: una joven presenta a su novio con un padre celoso que en realidad no es su padre. Este magnífico relato caleidoscópico, que a través del pensamiento del narrador, también protagonista/víctima de las circunstancias fabricadas por él mismo, parece irse borrando a sí mismo hasta alcanzar un remate engañosamente manso. Mucho se habla acerca de la imposibilidad del cuento, en tanto género, de abrir las entrañas y la psique de los personajes.

La anécdota, dicen, es el centro. Pero Mauricio Molina empieza por saltarse tales premisas, atendiendo a la capacidad del escritor de oficio para derribar los límites, y nos expone una circunstancia harto compleja en la que convergen pasiones, parafilias, traumas, adicciones, etcétera. “…Los hombres —dice el narrador— somos seres primitivos en cacería perpetua. Cuando aparecen el talento y la inteligencia (en la presa) entonces salimos huyendo (…)”.

A continuación, “Orfeo” se nos presenta como una de las piezas más inteligentes y emotivas de la ciencia ficción mexicana. El ingeniero Tomás Mireles experimenta con un programa cibernético que lleva el nombre del relato, y lanza, desde el 2015, un e-mail al pasado. La respuesta demora tanto —habituado como cualquiera de nosotros a la velocidad— que cree haber fracasado, pero algunos días más tarde, Dora Cervera le responde desde el año 1997. Imposible iniciar un “chat” dada la lentitud del proceso. Pero una vez la mujer del pasado queda convencida de la insólita procedencia de los correos, se da, inevitable, la amistad. Probablemente: el amor. Pactan una cita que representa años para Dora pero sólo unas horas para Tomás. Una vez más, el autor nos envuelve en la complejidad de los sentimientos y los deseos de dos personajes separados por una valla temporal. ¿Valió la pena pagar el precio por el descubrimiento?

La experimentación es leit motiv también de “Proyecto Origenes”, donde científicos del futuro optan por enmendar el pasado, pues sólo perfeccionando la obra divina es posible aspirar no a un mejor futuro, sino al Futuro per se, y empiezan por re-diseñar un big-bang a la altura de su conveniencia y ambiciones. ¿Este flagrante desafío a Dios logrará, en verdad, una supremacía del raciocinio humano?, más aún, ¿son los humanos seres realmente racionales, o están condenados a tropezar, una y otra vez, con la misma piedra?

El elemento fantástico está presente en prácticamente todos los relatos reunidos en La puerta final, en mayor o menor medida. “Cadáveres y ballenas” es una alegoría de los tiempos actuales que sacuden a nuestro país. Alude a muertos vivientes que no son zombis sino vampiros, sino —¡ése es el punto!— seres resignados, indiferentes y tan familiarizados con el dolor que ya no lo sienten. ¿Hasta qué punto logra que nos reflejemos en ese relato que dura lo que un tajo de aliento? “Para llegar al barrio chino” sigue más o menos la misma premisa. Ese inefable Barrio Chino que se clona en varios rincones del mundo; esa China omnisciente donde palpitan promesas, vericuetos y laberintos, “El Barrio Chino es una daga con un dragón de plata en la empuñadura, un par de zapatos negros de tacón afilado, una falda entallada de prostituta ebria, una moneda con un hoyo en el centro”.

Oscilando de una época a otra. De un país a otro. Del muerto viviente a la muñeca inflable. De la ciencia a la magia. Del amor al odio. Y viceversa. Lo que vuelve posible y, sobre todo, verosímil cada una de estas historias, es, sin duda, la habilidad en el manejo del lenguaje. A través de este recurso, Mauricio Molina insufla vida a sus improbables personajes y manipula los hilos del lector que se desliza por la hipnótica narrativa, casi contra su voluntad. En la brillantez de este lenguaje reside, en gran medida, la realización plena de la vigorosa imaginación de Molina: “(…) los sueños, como todas las formas que transcurren en el tiempo, son una especie y tienen sus formas, sus géneros, sus variantes, pesadillas, fantasías, deseos ocultos (…)”. “El sueño repetido”, p. 61.