La vastedad y riqueza del patrimonio arqueológico, histórico y artístico de la nación constituye un ejemplo, quizás el más palpable, de la pluralidad cultural de México. Así, monumentos, edificios y bienes culturales de diversos órdenes ofrecen testimonios de nuestro panorama histórico, signo del rostro múltiple de la identidad nacional. De ahí que la preocupación por investigar, conservar y restaurar y difundir tal patrimonio tenga una larga tradición en el país.

En la actualidad la responsabilidad principal en la preservación del patrimonio mexicano corresponde al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), en lo que toca a la custodia del patrimonio paleontológico, arqueológico e histórico de los periodos prehispánico, virreinal y siglo XIX; y al Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), en cuanto al patrimonio artístico del siglo XX; además junto con la coordinación de la Dirección General de Sitios y Monumentos del CONACULTA, la Secretaría de la Contraloría y Desarrollo Administrativo y el Centro Nacional de Conservación y Registro del Patrimonio Artístico Mueble (Cencropam).

Este último –Cencropam- tiene como objetivo fundamental conservar y restaurar del patrimonio artístico de la nación, así como capacitar en términos de conocimientos y destrezas al personal del Instituto, para desempeñar las funciones de correo de obras de arte con elevada calidad, eficacia y eficiencia de acuerdo a estándares internacionales.

Este organismo dio a conocer en 2011 a través del diario la Jornada, que pasaban por momentos preocupantes; su directora Gabriela Gil Verenzuela, explicaba que el Instituto no se daba abasto para atender las solicitudes de restauración y conservación de las más de 60 mil obras de arte que conforman su catálogo. Razón por la cual, para atender proyectos, en particular relacionados con obra mural, muchas veces se buscan contrataciones de talleres de restauración privados. Situación que hasta la actualidad se sigue viviendo.

¿Funcionan los servicios privados para realizar restauraciones?

Hace un par de año, la escultura ecuestre del rey Carlos IV, conocida como “El Caballito”, sufrió una intervención irreversible que abarca 35 por ciento de su superficie. El daño de la obra de Manuel Tolsá –que se ubica frente al Museo Nacional de Arte y el Palacio de Minería- fue causada durante los trabajos de restauración que realizaba personal contratado por el Fideicomiso Centro Histórico de la Ciudad de México, para el mejoramiento de pavimentos y mobiliario urbanos.

El daño fue confirmado tras la visita de especialistas restauradores de la Coordinación Nacional de Conservación del Patrimonio Cultural del INAH, que al inspeccionar el lugar y los tratamientos efectuados a la escultura, determinaron que los tratamientos realizados por el despacho “Marina, Restauración de Monumentos”, eran inadecuados, puesto que se hizo una limpieza total con un método sumamente agresivo (ácido nítrico) al 30 por ciento lo que elimina la pátina que ha protegido de manera natural al metal original desde su creación. Hasta el momento, la controversia de estos hechos no ha tenido una solución clara, ni mucho menos la fecha para realizar la restauración correcta de la pieza.

Otras piezas que han pasado también por una desacertada intervención, ha sido el Vitral Apolo y las musas -realizado en 1924 por Gezá Maroti-, así como una cierta afectación a los murales que se encuentran distribuidos en el Palacio de Bellas Artes. En el 2010, restauradores adscritos al Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), determinaron que la mala calidad en el trabajo que realizó la empresa privada de “José Sol Rosales y Rosalía Cuevas” en el remozamiento de la sala principal del Palacio de Bellas Artes, así como el apresuramiento en los tiempos de entrega, provocaron, entre otros aspectos, daños en dichas piezas. En la propuesta de restauración presentada por los propios trabajadores del Cencropam, explicaron que lo único que tenían que hacer eran trabajos de conservación preventiva, no una restauración profunda, es decir, solo limpieza.

Actualmente, el pasado miércoles 4 de enero de este año, a través de una conferencia de prensa, se dio a conocer los trabajos de conservación que se realizarán a los 17 murales del Palacio de Bellas Artes. El proyecto estará patrocinado por el Bank of America Merrill Lynch; y en este caso estarán en manos de ocho especialistas del Cencropam del INBA. El proyecto de conservación consiste en darles limpieza para quitar el polvo adherible y restablecerlos en sus soportes. Estos trabajos serán concluidos aproximadamente durante seis meses.

Sin embargo, los dos murales que en 1927 Roberto Montenegro creó en el que se conoce como Foro Lindbergh, ubicados en el Parque México, no corrieron con las misma suerte. Nuevamente los trabajos de restauración que hizo la empresa privada, en este caso la constructora “Sackbé” a los murales no fue lo más propicio. Ya que las declaraciones que expresó el arquitecto y restaurador Jaime Ortiz Lajous, señaló que a los murales se les quitó la capa superficial de color, provocando daño en los matices de color, lo que ocasionó que ahora los restauradores no cuenten con la documentación científica para hacer las pruebas de color y establecer cuáles fueron los colores originales que utilizó Montenegro. Esta situación suscitó que por el momento se le pidiera a la empresa Sackbe detenga su trabajo hasta definir con Cencropam la manera como sería intervenido, para así restituir la imagen original de los murales.

Ejemplos como los anteriores podríamos mencionar otros casos, no solo en obra contenida en la capital mexicana, sino en todo el país, como es el caso de la escultura de Benito Juárez, en Nuevo León. Por ello, es indispensable que el Centro Nacional de Conservación y Registro del Patrimonio Artístico Mueble (Cencropam), así como todas las instituciones que tienen la responsabilidad de conservar y restaurar del patrimonio artístico de la nación, realicen un óptimo trabajo de investigación por parte de sus especialistas a obras que serán intervenidas por empresas o constructoras privadas, para que tengan el adecuado manejo, y no cometer errores que podría costar la vida de la obra de arte.