Racismo, brutalidad y xenofobia
Alfredo Ríos Camarena
Estados Unidos de Norteamérica arriba al mundo democrático como paladín de un nuevo modelo que se fundamenta en el presidencialismo y el federalismo; la libertad y la igualdad fueron sus principales divisas.
Sin embargo, la sombra ominosa de la discriminación corre a lo largo de su historia como un fantasma inexpugnable; Estados Unidos fue uno de los últimos países en abandonar la institución del esclavismo en la guerra de secesión; pero el odio racial contra los negros ha sido una constante, particularmente de los norteamericanos medios a los que se denominan como WASP (White, Anglo-Saxon and Protestant) es decir, Blancos Anglosajones y Protestantes, también llamados peyorativamente Redness. Esta clase de norteamericano medio ha vivido a la sombra del odio racial, a pesar del maravilloso milagro que fue una utopía en el libro El hombre, de Irving Wallace, que consiste en que un afroamericano alcanzara la Presidencia de Estados Unidos. Ante los asombrados ojos de la humanidad, surgió la figura de Barack Obama, quien con su oratoria y su personalidad le dio un giro inesperado a la historia norteamericana.
Pero la brutalidad contra los negros y la lucha por los derechos civiles no cambió, el pensamiento de Martin Luther King siguió proscrito y el crecimiento exponencial de latinos, y en especial de mexicanos, ha producido un nuevo síndrome de discriminación y xenofobia.
La organización civil Fuerza Migrante Sin Fronteras que dirige Pedro Fernández señala que de 2007 a la fecha las autoridades mexicanas y los organismos migrantes dan cuenta de 76 asesinatos de connacionales y centenares de violaciones, que se han documentado con filmaciones, y donde los familiares han denunciado, es decir, no se consideran los casos no denunciados; por su parte, la Secretaría de Relaciones Exteriores ha revelado que desde 2006 a la fecha el abuso policiaco o el uso desproporcionado de la fuerza ha derivado en la muerte de 74 mexicanos a manos de elementos de la Patrulla Fronteriza o de autoridades policiacas locales, de los 74 homicidios, 47 no han tenido consecuencias y únicamente nueve resultaron favorables, es decir, han implicado el resarcimiento del daño a los familiares, aunque no necesariamente una sanción a los oficiales que participaron, aún quedan 18 casos por resolver, uno de ellos desde 2006.
¡Basta ya! de estos asesinatos brutales que permanecen sin castigo; la muerte de Antonio Zambrano se da en el norte de Estados Unidos, en el estado de Washington, en Pasco, eso ha propiciado una reacción más intensa de las fuerzas democráticas internas y externas en Estados Unidos y también en la Organización de Estados Americanos (OEA), y por supuesto la reacción de la Cancillería mexicana y del consulado respectivo.
Es urgente poner un ¡hasta aquí! a esta altanera y estúpida actitud de la brutalidad policiaca que refleja un pensamiento que debe desaparecer del país que se autoconsidera “paladín de la democracia”, es el momento en que la protesta externa e interna ponga el dedo en la llaga, haciendo reflexionar no sólo a los órganos gubernamentales norteamericanos, sino al pueblo de Estados Unidos.
¿Qué haría Estados Unidos sin la participación productiva de los mexicanos y sin el socio comercial más cercano e importante como lo es México? No se trata de remover los odios del pasado donde fuimos mutilados, sino que con la nueva relación política y comercial se abra una conciencia de solidaridad, que elimine la brutalidad y la discriminación.
Los sucesos de Pasco deben ser una lección que no debemos olvidar ni los mexicanos ni los norteamericanos; nuestras relaciones no pueden ser normales y correctas si persiste esta acción de xenofobia colectiva.
Aunado a esto, la injusta determinación del juez Andrew S. Hanen de la Corte Federal para el Distrito Sur de Texas complica seriamente la situación de los mexicanos en Estados Unidos.
