Juan Antonio Rosado
El origen de la riqueza no es sólo la abundancia de recursos naturales. Eso acaso suceda en naciones independientes, parasitarias o imperialistas. Desgraciadamente, en las economías dependientes y explotadas, ocurre lo contrario: donde hay riqueza de recursos, existen abusos y, por lo tanto, pobreza. ¿Cómo es posible que Centroamérica, tan rica en recursos naturales, haya sido una región tradicionalmente pobre? Todos recordamos a trasnacionales como la United Fruit Company, que sembró miseria en la región, para no hablar de otras empresas. En México, estados tan ricos en recursos, como Guerrero, Oaxaca y Chiapas, han sido tradicionalmente pobres. ¿Quién disfruta de sus riquezas naturales?
No es, sin embargo, objetivo de esta nota profundizar en aquellas no tan misteriosas paradojas. Desde hace meses se oye el nombre de Tixtla, ciudad del estado de Guerrero, a raíz de los tristes acontecimientos de la región, que todos conocemos y que dejarán correr tinta de ahora en adelante. Mi objetivo es más modesto: recordar que en Tixtla nació nuestro quizá primer gran artista del arte literario en México: Ignacio Homobono Serapio Altamirano, mejor conocido como Ignacio Manuel Altamirano porque prefirió cambiar sus nombres Homobono y Serapio por el de su padrino Manuel Dimas Rodríguez.
Hay discrepancias sobre la fecha real de su nacimiento. En la fe de bautismo, del 13 de diciembre de 1834, se afirma que el niño tiene un día de nacido, pero Altamirano dijo en una ocasión que esa fe “estaba errada” y que él había nacido el 13 de noviembre. A él le gustaba decir: “En 13 nací, en 13 me casé y en 13 me he de morir”. Murió en efecto el 13 de febrero de 1893. Sin duda, el escritor tiene razón, ya que es costumbre en los pueblecitos poner al niño el nombre del santo del día en que nace. El 13 de noviembre se celebra San Homobono; el 14 del mismo mes, San Serapio. Así lo consigna el Calendario de Galván, de moda en la época. En consecuencia, Altamirano nació un 13 de noviembre y fue bautizado el 14. Fernando Tola de Habich, no sin razón, afirma: “¿Por qué no continuar dándole gusto, aunque ahora sea póstumamente, a este supersticioso capricho del maestro?”.
En cuanto al sitio de su nacimiento (Tixtla), el futuro autor de Clemencia, El Zarco, Antonia, Julia y otras tantas obras, considera que el también lugar donde vio la primera luz el insurgente Vicente Guerrero “se enorgullece de haber sido una de las poquísimas ciudades militares de la república que jamás pisaron los franceses, ni los imperiales, ni los reaccionarios”. En su ameno relato de corte histórico “Morelos en Tixtla”, Altamirano reconstruye la toma de esta ciudad por Morelos y sus hombres, basándose en los testigos oculares con quienes alcanzó a hablar en su juventud. En dicha obra, publicada en 1886, el escritor aprovecha para describir la geografía y la gente de Tixtla. ¿Qué opinaría este enemigo de la corrupción, este modelo de honradez a toda prueba, sobre la podredumbre en que su estado se vio inmerso el año pasado, y qué diría de la falta de educación y de la pobreza en que, a pesar de lo rico de sus recursos, se le tiene sumergido?
