Charla con Fabio Morábito/Autor de El idioma materno

 

 

Eve Gil

Fabio Morábito es uno de los autores más pulcros y perfeccionistas de la reciente literatura mexicana. Sus libros tienden a la brevedad, pero no se engañen: la lectura de sus impecables líneas, relatos o microensayos o artículos, son caudales de información, sabiduría y deleite. Su más reciente libro, El idioma materno, se suma a su interesante obra.

Los textos que componen El idioma materno, explica el propio Morábito, empezaron como una columna en el suplemento cultural Ñ, del periódico argentino El Clarín de Buenos Aires.

 

Escribir tiene un grado de traición

“Era una colaboración mensual de 2 mil caracteres —explica Fabio, con voz suave, cadenciosa, que parece brotar de sus propios libros—. Ese era el único requisito pues me dieron completa libertad de escribir sobre lo que yo quisiera. No tardé en descubrir que con ese formato, esa extensión, podría completar un libro de artículos breves. Desde el primer texto que envié, que está incluido en el libro y se titula «El libro en llamas» le encontré el modo”.

“El tema —agrega— era el libro, no en general, sino el libro en mi vida y, sobre todo, mi vocación de escritor. Colaboré durante dos años con este periódico, pero en realidad yo ya estaba mentalizado en un libro, es decir, para cuando me pidieron la tercera colaboración ya tenía unas veinte terminadas. Por eso tienen un carácter un poco híbrido entre ensayo y cuento. Algunos son cuentos muy hechos, y otros tienen rasgos autobiográficos que dispararon alguna ficción”.

Uno de los temas de El idioma materno es la calidad del escritor como un traidor… ¿En qué momento, le pregunto a Fabio, se perpetra esta “traición”?

“Siempre he pensado —responde— que hay un grado de traición contra los demás en el hecho de escribir. Traicionar para apartarse del rebaño, para crearse un espacio propio en el que los demás no pueden entrar. Se encierra uno a reflexionar, y no necesariamente significa que no vivan la vida, pero sí reflexiona sobre ella mucho más de lo que la vive, y eso es traicionar la vida como la viven los demás. Por supuesto, el escritor tiene que trabajar para comer, al igual que todos, pero siempre con una actitud reflexiva, universalista, que lo desdibuja como persona”.

El título del libro, El idioma materno, le sugiero a Fabio, ¿tiene que ver con que escribe en una lengua adquirida y no nativa?

“Me reconozco doblemente traidor —responde—. La lengua extranjera por excelencia es la literaria, que siempre nos mete zancadillas, que creemos dominar pero no es así. En ese sentido somos eternos aprendices”.

El escritor busca su espacio

“La lengua literaria —continúa Morábito— es artificiosa y pelea con la lengua de todos los días, la llamada lengua coloquial”.

“En ese sentido, el que uno sea extranjero, el que originalmente haya empezado hablar en una lengua extranjera, ya no lo hostiga tanto —y tras un largo silencio, agrega—: Me obsesiona mucho entender si el estilo es una forma de escribir o una forma de ser”.

Roberto Bolaño decía que la verdadera patria del escritor es su biblioteca, le digo a Fabio.

“Yo creo —dice— que el escritor siempre anda buscando su espacio, pero ese espacio se le escapa. Muchas veces surgen escritores con alergia a los libros. Por más que los amen, por más que les deban y tengan tanto de ellos, sobre todo el libro de biblioteca, supongo, pueden suscitar una reacción de rechazo. Si la escritura es perversa, la biblioteca es la perversión elevada al cubo. Esos mundos que se empolvan, tan alejados de sus destinatarios tienen algo de siniestro”.

¿Tiene eso que ver, le pregunto a Fabio, con que su biblioteca es más bien pequeña, como lo dice en El idioma materno?

“No deja de ser —dice— una biblioteca, pero procuro que sea lo menos invasora posible. Alguna vez fue una reportera a entrevistarme a mi casa y noté su decepción al toparse con dos estantes pequeños. Seguro estaba acostumbrada a las bibliotecas monumentales de otros escritores y tuve que explicarle que eventualmente hago «purgas»; que procuro conservar solo aquellos libros que quiero que formen parte perpetua de mi vida, ¡aunque a veces me equivoco! De repente he querido releer algún libro y me doy cuenta de que lo «condené»”.

No he leído El Quijote

Fabio no es, como muchos de sus colegas, un gran discriminador de libros, y dice que le atrae la literatura clásica, pero “lo que más leo es literatura reciente, y si se puede, recientísima. Me interesa mucho estar enterado de qué están escribiendo generaciones más jóvenes que la mía. No digo que sea un actualizado de tiempo completo, ni mucho menos, pero me interesa muchísimo. Reconozco que no he leído El Quijote. Lo quiero leer y lo tengo a la mano, pero siempre me distraen otras cosas. Los que me han marcado mucho han sido los rusos”.

“Al que leo y releo —agrega— y cada vez me parece más perfecto es a Primo Levi. Hasta su forma de hablar era precisa, perfecta. Leo sobre todo cuentistas, y celebré mucho que el Nobel más reciente fuera a dar a manos de una cuentista (Alice Munro). Ante tanta novela mediocre que se publica, creo que el cuento puede adquirir un nuevo auge. Por supuesto, la novela es un género maravilloso, pero por las exigencias de tiempo de las editoriales el resultado es todo ese material prescindible que vemos en las librerías”.

Para terminar, dice Fabio, “en México se lee poco, y en consecuencia los escritores mexicanos no tienen una relación tan entrañable con los lectores como en otros países, y si hablamos de poesía, pues tampoco hay muchos países donde sea el género predominante. En otras culturas el escritor se siente acompañado. En México siempre se escribe esperando que pase algo con el libro y todo eso produce en el lector una sensación de soledad bastante frustrante y, por supuesto, son escasos los escritores que pueden vivir de sus libros”.

El idioma materno está publicado por Sexto Piso, México, 2014, y su autor nació en 1955 en Alejandría y es mexicano por naturalización.