Carmen Aristegui
Teodoro Barajas Rodríguez
Libertad de expresión es un tema que inspira piezas dramáticas acompasadas por la retórica más excelsa, salta la más ramplona demagogia desde los múltiples sitios gubernamentales para recitar discursos que dicen casi lo mismo que hace treinta o veinte años. Se postulan los valores eminentes, los juegos de palabras, casi todos en el poder dicen, enfáticos mientras miran las cámaras, prefiero excesos a poner candados, sólo que la realidad nos ha enseñado que el príncipe desdeña la crítica porque desearía uniformidad, unanimidad a su favor.
Deplorable lo que sucede en México, el caso Carmen Aristegui con su despido de la empresa MVS ha motivado una reacción numerosa de colegas, políticos y diversos actores que reprochan el acto porque es una voz crítica e incómoda que tiene un espacio, una presencia meritoria que no puede pasar inadvertida.
En nuestro país son numerosos los casos de comunicadores reprimidos, censurados por sus propias empresas, perseguidos o desaparecidos, no se registra mayor diferencia de un gobernante de un determinado partido político con el de otra extracción. Las críticas, cuestionamientos y señalamientos contra el ente gubernamental nunca causan gracia, al contrario, generan irritación en la mentalidad autoritaria.
El poder suele igualar a todos, en la cúpula no existe gran diferencia entre izquierda o derecha, se resaltan virtudes y defectos de la clase gobernante.
Antes se le llamaba cuarto poder a la prensa, fue un vivo reflejo de concepciones ahora primarias y anecdóticas, no perdamos de vista que en el pasado reciente hubo unanimidad en torno al todopoderoso presidente imperial, aquella especie de mesías a quien en los días de la llamada “libertad de expresión” se le agradecía a través de sus corifeos esa concesión.
La prensa, lejos de constituirse como aliada incondicional de los gobiernos de la extracción que fuese, debe más bien comportarse como un contrapoder, en esa especial coadyuvancia por transparentar y combatir los abusos, las críticas alientan el debate, la sumisión de medios de comunicación no favorece a nadie más que a sus dueños, aunque al final del día la credibilidad se esfume como recurso no renovable.
La prensa se ha diversificado, ya no sólo ocupa los espacios tradicionales, las nuevas plataformas llegaron para plegarse a las redes sociales, el debate de los temas públicos se expande porque la convocatoria se amplía con todos sus riesgos porque suele cundir la desinformación en muchos casos, también es evidente que en muchos casos las campañas de odio ahí han encontrado un vehículo ideal por lo laxo de los medios modernos.
Los debates públicos no deben ser excluyentes, la participación de muchas voces legitiman, no se puede concebir en un sistema democrático la prevalencia de una sola voz, un solo estilo, una sola voluntad; porque si así fuera estaríamos dando pasos a un estilo totalitario que resulta contrario a los signos de los tiempos.
