Asumir la realidad sería muestra de madurez

Raúl Jiménez Vázquez

Anna Freud, hija del padre de la corriente del psicoanálisis, postuló que la negación, la no aceptación de algo que existe, es un mecanismo de defensa del yo ante aquello que lo cuestiona severamente, resulta en extremo doloroso o bien no cabe dentro de sus parámetros de interpretación e interacción con la realidad.

Los avances de las neurociencias han demostrado que se trata de una respuesta anclada en la fascinante estructura del cerebro humano cuya finalidad es disminuir o bloquear la atención y aminorar el impacto del choque cognoscitivo con lo existente. Sin embargo, tal como se destaca en el libro El punto ciego, escrito por Daniel Goleman, difusor de la formidable teoría de la inteligencia emocional, en grados excesivos el mecanismo de la negación puede propiciar el afloramiento de una genuina patología mental: el autoengaño.

De hecho, el autoengaño es uno de los síntomas psicológicos y conductuales que dan forma al síndrome de hybris, la enfermedad que con frecuencia afecta a los que ostentan el poder, según la muy interesante explicación dada por David Owen en su obra señera En el poder y en la enfermedad, quien asimismo asevera que el cuadro del extravío de la salud mental de los gobernantes se complementa con una inclinación narcisista a ver el mundo como un escenario en el que pueden ejercer su poder y buscar la gloria, una forma mesiánica de hablar de lo que están haciendo y una tendencia a la exaltación.

Sólo con el prisma de esta patología es factible entender la actitud de abierta confrontación con la realidad que ha asumido la administración de Peña Nieto en relación con la tragedia de Ayotzinapa. Si no es en ese contexto mórbido, ¿cómo se explica que la PGR haya descalificado brutalmente los señalamientos formulados por el equipo argentino de antropología forense, al que la propia dependencia invitó a colaborar en la integración de la indagatoria penal como garantía de objetividad ante los padres de los jóvenes desaparecidos?

Autoengaño, y no otra cosa, es la fuente del rechazo oficial de las críticas emitidas por el Comité de la ONU contra las Desapariciones Forzadas y el relator especial sobre la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes, en el sentido de que las desapariciones forzadas y las torturas son una práctica generalizada en México.

La línea del alejamiento del aquí y ahora permea en la declaración hecha por la nueva procuradora en términos de que la investigación de su antecesor fue “profunda, seria y exhaustiva”. Si así fuere, ¿entonces cuál es el sentido de la intervención del grupo de expertos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos? Además, cabría preguntarse: ¿las observaciones de este equipo supranacional también serán ninguneadas?

Desistir del autoengaño gubernamental y asumir la realidad, además de una muestra de madurez, es un imperativo categórico que no puede ser eludido, so pena de contribuir al agravamiento de la inédita crisis de derechos humanos en la que se halla inmerso el país.